Mateo sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.
Aquella voz le resultaba imposible de confundir.
—¿Julián…?
El silencio al otro lado duró apenas un segundo.
Después llegó una respuesta fría.
—Pensé que nunca tendrías que enterarte.
El teléfono roto seguía transmitiendo la llamada entre chispazos y ruido estático.
El anciano abrió los ojos con desesperación.
—¡Te lo dije, muchacho!
—¡El verdadero traidor siempre estuvo dentro de tu familia!
Mateo retrocedió un paso.
Su mente se negaba a aceptar lo que estaba escuchando.
Julián era su hermano mayor.
El hombre que lo había criado desde la muerte de sus padres.
El único en quien había confiado toda su vida.
El jefe enmascarado soltó una carcajada.
—Ya no tiene sentido ocultarlo.
Se quitó lentamente la máscara.
Mateo reconoció de inmediato a uno de los empresarios más cercanos a Julián.
Trabajaban juntos desde hacía más de diez años.
Todo encajó de golpe.
Las falsas acusaciones.
Los documentos desaparecidos.
Las amenazas.
Nada había sido una casualidad.
Todo estaba preparado desde el principio.
El anciano señaló desesperadamente una carpeta escondida bajo una estantería metálica.
—Las pruebas…
—Todo está ahí…
El matón levantó nuevamente el tubo de hierro.
Antes de que pudiera golpearlo, Mateo se lanzó sobre él.
Los dos cayeron violentamente al suelo.
El tubo salió despedido varios metros.
El anciano aprovechó el instante para arrastrarse hasta la carpeta.
Con manos ensangrentadas la lanzó hacia Mateo.
—¡No dejes que la destruyan!
Mateo la sujetó justo antes de que uno de los hombres intentara arrebatársela.
La abrió rápidamente.
Dentro había contratos, fotografías y registros bancarios.
En la primera hoja aparecía una firma que le hizo temblar las manos.
Julián Herrera.
Debajo había decenas de transferencias millonarias realizadas durante los últimos cinco años.
El teléfono volvió a escucharse entre interferencias.
—Mateo…
La voz de Julián sonaba ahora mucho más seria.

—Entrégales esa carpeta.
—Todavía puedo sacarte de esto.
Mateo sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Todo este tiempo fingiste protegerme?
—¿Fuiste tú quien me convirtió en el culpable?
Al otro lado hubo un largo silencio.
Finalmente llegó la respuesta.
—Nunca fue algo personal.
—Solo eras el único al que podía sacrificar.
Aquellas palabras destrozaron el último vínculo entre los dos hermanos.
Mateo cerró lentamente la carpeta.
Miró al anciano.
Después observó la salida del almacén.
Sabía que solo tenía una oportunidad.
Corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta mientras los hombres comenzaban a perseguirlo.
Los disparos resonaron detrás de él.
Cuando logró salir al exterior, varias patrullas aparecieron doblando la esquina con las sirenas encendidas.
Los perseguidores se detuvieron en seco.
Mateo creyó que, por fin, todo había terminado.
Pero el inspector que descendió del primer vehículo tomó la carpeta, revisó la primera página y levantó lentamente la vista.
Su expresión cambió por completo.
—Esto no puede ser…
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurre?
El inspector cerró la carpeta con manos temblorosas.
—Si estos documentos son auténticos…
—El hombre que ordenó todo esto no es Julián.
—Julián solo recibía órdenes de alguien que lleva más de veinte años oficialmente muerto.