Elena no supo que la estaban vigilando.
Al menos no al principio.
Continuó trabajando en la empacadora, visitando a su madre todas las tardes y tomando el mismo camión de siempre.
Pero Marco Villaseñor sí comenzó a notar el patrón.
El mismo sedán gris aparecía cerca de la clínica.
Después frente al departamento.
Y dos noches seguidas permaneció estacionado frente a la empacadora hasta que Elena terminó el turno.
—No son periodistas —informó al día siguiente.
Gabriel dejó lentamente el expediente sobre el escritorio.
—¿Quiénes son?
—Todavía no lo sabemos. Pero no buscan a Sofía.
Marco señaló una fotografía.
—La siguen a ella.
Esa misma tarde, Elena llegó al asilo donde permanecía internada su madre.
La encontró inquieta.
Doña Carmen llevaba meses sin reconocer casi a nadie debido al avance del Alzheimer.
Sin embargo, apenas vio entrar a su hija, le sujetó con fuerza la muñeca.
—No abras la puerta… si vuelve ese hombre.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué hombre, mamá?
La mujer miró hacia la ventana.
—El del anillo negro…
Luego volvió a perderse en el silencio.
La enfermera se acercó.
—Esta mañana vino un señor preguntando por usted.
—¿Quién?
—No quiso decir su nombre. Solo preguntó si usted seguía viniendo todos los días.
Elena salió del asilo con el corazón acelerado.
No alcanzó a caminar media cuadra cuando un automóvil frenó a su lado.
Dos hombres descendieron.
—¿Señora Elena Cruz?
Ella retrocedió.
Antes de responder, una camioneta negra se atravesó entre ambos.
Cuatro escoltas descendieron al mismo tiempo.

Marco abrió la puerta.
—Suba.
—¿Quiénes son ustedes?
—Los hombres que intentan llevársela no trabajan para nosotros.
Los desconocidos escaparon antes de que alguien pudiera detenerlos.
Minutos después, Elena entró furiosa al despacho de Gabriel.
—¡Prometiste dejarme vivir tranquila!
Gabriel permaneció de pie.
—Lo intenté.
Marco colocó varias fotografías sobre la mesa.
Las imágenes mostraban a los mismos hombres siguiéndola durante toda la semana.
También aparecían frente al asilo.
Y cerca de la empacadora.
Elena sintió que las piernas le temblaban.
—¿Por qué me buscan?
Gabriel negó lentamente.
—Eso es lo que intento descubrir.
En ese momento sonó el teléfono de Marco.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué ocurrió?
Marco levantó la vista.
—Revisamos la camioneta donde ocurrió el accidente.
—¿Y?
—No fue un accidente.
El silencio llenó la oficina.
Marco dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Los frenos fueron manipulados antes de que Sofía subiera al vehículo.
Gabriel apretó los puños.
—¿Quién dio la orden?
Marco respiró profundamente antes de responder.
—Todavía no lo sabemos…
Hizo una pausa mientras abría la última fotografía.
—Pero encontramos otra cosa.
En una cámara de seguridad grabada diez minutos antes del choque aparece un hombre entregando dinero al conductor del tráiler.
Y, justo detrás de él, hablando tranquilamente con ese mismo hombre… aparece alguien que Gabriel conocía desde hacía más de veinte años.