PARTE 2
A las 9:18 de la noche, Álvaro Castañeda levantó su copa en el comedor principal de la residencia de Zapopan.
Alrededor de la mesa estaban su hermano Federico, 3 sobrinos, 2 cuñadas, un primo abogado y varios familiares que habían estado presentes cuando Mariana fue atacada.
En total, faltaban 2 de los 11.
Nadie parecía preocupado.
—La muchacha exageró —dijo Federico—. En el video ni siquiera se ve quién empezó.
Su esposa soltó una carcajada.
—Además, ella firmó que entró voluntariamente a la casa.
Álvaro bebió un trago de whisky.
—Mañana nuestros abogados dirán que tuvo una crisis nerviosa. Verónica confirmará que su hija siempre ha sido inestable.
Todos miraron hacia ella.
Verónica estaba sentada al extremo de la mesa, con las manos juntas sobre el regazo.
No había brindado.
Desde la llamada de Esteban, una presión insoportable le cerraba el pecho.
—Yo nunca dije que Mariana estuviera inestable —murmuró.
Álvaro dejó la copa.
—Lo dirás.
—La lastimaron demasiado.
—Se cayó durante el forcejeo.
—Yo la vi en el piso.
Federico sonrió con desprecio.
—Entonces también viste que se negó a firmar y comenzó a insultar a la familia.
Verónica lo miró.
—Se negó porque esos documentos vaciaban su fondo universitario.
El comedor quedó en silencio.
Álvaro se levantó lentamente.
—Cuidado con lo que dices.
Verónica bajó la voz.
—Ese dinero lo creó Esteban para ella.
—Ese dinero debería pertenecer a este matrimonio —respondió Álvaro—. Somos una familia.
—Mariana no es tu hija.
Álvaro se inclinó sobre la mesa.
—Pero tú sí eres mi esposa.
Antes de que pudiera continuar, sonó el timbre.
Uno de los sobrinos miró las cámaras desde su teléfono.
—Son policías.
Álvaro no se alteró.
—Déjenlos pasar. Tenemos abogados.
La puerta principal se abrió segundos después.
Entraron 6 agentes de la Fiscalía acompañados por una mujer de traje oscuro y un perito informático.
La mujer mostró una orden.
—Venimos a asegurar dispositivos electrónicos, documentos financieros y grabaciones relacionadas con una investigación por lesiones, privación ilegal de la libertad, extorsión y falsificación.
Federico se levantó de golpe.
—Soy abogado. Esta orden es demasiado amplia.
La fiscal colocó una copia frente a él.
—Entonces sabrá leerla.
Los agentes comenzaron a recoger teléfonos, computadoras y tabletas.
Uno de los sobrinos intentó apagar el suyo.
El perito lo detuvo.
—No toque el dispositivo.
—Es propiedad privada.
—También es posible evidencia.
Álvaro seguía sonriendo.
—Todo esto se aclarará en unas horas.
La fiscal lo observó.
—Eso espero.
Mientras tanto, en el centro táctico, Mariana despertó sobresaltada.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Después sintió las vendas alrededor de las costillas y recordó las risas, las luces de los teléfonos y la voz de su madre pidiéndole que dejara de resistirse.
Esteban estaba sentado junto a la cama.
No llevaba uniforme.
Solo una camiseta oscura y el reloj viejo que Mariana le había regalado cuando cumplió 12 años.
—¿Ya los arrestaron? —preguntó ella.
—A uno.
—¿Solo a uno?
—Los demás están siendo investigados.
Mariana apartó la mirada.
—Van a salir.
—No esta vez.
—Tienen dinero.
—El dinero compra tiempo. No borra archivos bien preservados.
Ella cerró los ojos.
—Mamá estaba ahí.
Esteban tardó en responder.
—Lo sé.
—No me golpeó.
—Pero no te ayudó.
Una lágrima escapó por el lado menos hinchado de su rostro.
—Me sujetó la muñeca cuando intenté irme.
Esteban apretó la mandíbula.
—¿Estás segura?
—Dijo que si firmaba todo terminaría.
—¿Qué querían que firmaras exactamente?
Mariana señaló la mochila que habían recuperado de su automóvil.
La ingeniera Padilla la abrió con guantes.
Dentro encontraron una carpeta arrugada.
Había una renuncia al fondo universitario, una autorización para transferir el dinero a una empresa de Álvaro y una declaración donde Mariana admitía haber agredido primero a uno de los familiares.
Pero el documento más grave estaba al final.
Era una cesión de derechos sobre un terreno ubicado cerca de Puerto Vallarta.
Esteban reconoció la dirección.
—Ese terreno pertenecía a mi padre.
—Abuelo me lo dejó a mí —dijo Mariana—. Mamá dijo que necesitaban usarlo como garantía para salvar la constructora.
Mara Villaseñor revisó las hojas.
—La firma del notario parece escaneada.
La ingeniera Padilla tomó fotografías.
—Y el código de validación no corresponde al año del documento.
Esteban miró a su hija.
—¿Te golpearon para obligarte a entregar el terreno?
Mariana asintió.
—Álvaro dijo que si firmaba no publicarían un video mío.
—¿Qué video?
Ella comenzó a temblar.
—Uno que grabaron antes.
Esteban acercó la silla.
—No tienes que contarlo todo ahora.
—Sí tengo.
Mariana respiró con dificultad.
—Hace 2 meses, uno de los sobrinos de Álvaro puso algo en mi bebida durante una comida. Desperté en una habitación de esa casa. Estaba vestida, pero habían grabado imágenes para que pareciera que yo había consumido drogas.
Esteban no se movió.
Su quietud era absoluta.
—¿Te amenazaron con difundirlo?
—Dijeron que nadie creería en la hija problemática de una mujer respetable.
Mara dio un paso hacia la puerta.
—Voy a informar a la fiscal.
—Espera —dijo Mariana—. Hay algo más.
Todos la miraron.
—El teléfono con el que grabaron ese video no pertenece a ninguno de los 11.
—¿A quién pertenece? —preguntó Padilla.
Mariana cerró los ojos.
—A mi mamá.
En la residencia Castañeda, los agentes ya habían asegurado 14 dispositivos cuando el teléfono de Verónica vibró dentro de su bolso.
Ella intentó ignorarlo.
El perito extendió la mano.
—Entréguemelo.
—Es personal.
—Todos los dispositivos deben ser revisados.
Álvaro la miró con dureza.
—Dáselo.
Verónica sacó el teléfono.
Antes de entregarlo, apareció una notificación en la pantalla.
“Se completó la carga de 37 archivos en la nube”.
El perito vio el mensaje.
—¿Qué archivos?
—No lo sé.
Álvaro se levantó.
—Ese teléfono no tiene relación con el caso.
La fiscal giró hacia él.
—No le pregunté a usted.
Verónica desbloqueó el aparato con manos temblorosas.
El perito abrió la carpeta sincronizada.
Había fotografías de Mariana herida.
Copias de sus documentos personales.
Grabaciones realizadas dentro de su recámara.
Y varios videos con nombres y fechas.
Uno de ellos estaba titulado:
“Ensayo declaración Mariana”.
La fiscal lo reprodujo.
En la pantalla apareció Verónica sentada en una habitación, repitiendo frases mientras Álvaro la corregía desde fuera de cámara.
—Otra vez —ordenaba él—. Di que tu hija tiene ataques violentos desde adolescente.
Verónica miraba a la cámara.
—Mariana siempre ha tenido problemas emocionales.
—Más convincente.
—Mariana ha intentado golpearme varias veces.
—Ahora di que Esteban la entrenó para manipular a la policía.
Verónica comenzó a llorar frente a todos.
—Yo no quería grabar eso.
Álvaro golpeó la mesa.
—¡Cierra el video!
Dos agentes se acercaron.
—Señor, mantenga las manos visibles.
La reproducción continuó.
Al final del archivo, Verónica miraba directamente a la cámara y susurraba:
—Mariana, si algún día ves esto, perdóname. Álvaro tiene pruebas contra mí y dice que terminaré en prisión si no lo ayudo.
La fiscal pausó el video.
—¿Qué pruebas tenía contra usted?
Verónica se cubrió el rostro.
—Firmé facturas falsas para su constructora.
Álvaro soltó una risa seca.
—Está mintiendo para salvarse.
—Me obligaste.
—Tú administrabas las cuentas.
—Porque dijiste que eran movimientos legales.
Federico se levantó.
—Nadie debe seguir hablando sin representación.
La fiscal lo miró.
—Usted también aparece en varios documentos.
El rostro del abogado cambió.
—¿Cuáles documentos?
El perito abrió otra carpeta.
Había contratos, transferencias y mensajes del grupo familiar.
El último audio había sido enviado minutos después de que Mariana escapara.

La voz era de Federico.
—La dejamos llegar con Esteban. Cuando denuncie, presentamos la evaluación falsa y conseguimos que la internen. Después Verónica firma por ella.
Álvaro miró a su hermano.
—Eres un imbécil.
—Tú dijiste que el grupo era seguro.
—¡Cállense los dos! —ordenó la fiscal.
En el centro táctico, Esteban recibió una llamada de Mara desde la residencia.
Escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, miró a Mariana.
—Encontraron el video de la declaración falsa y los documentos del terreno.
Ella tragó saliva.
—¿Y mamá?
—Está colaborando.
Mariana soltó una risa amarga.
—Ahora que los agentes están ahí.
Esteban no la contradijo.
La ingeniera Padilla entró con una computadora portátil.
—Recuperamos una parte del video que grabaron esta madrugada.
Mariana se tensó.
—No quiero verlo.
—No tienes que hacerlo —respondió Esteban.
Padilla colocó la pantalla frente a él.
La grabación empezaba en el comedor de los Castañeda.
Mariana estaba rodeada por varios familiares mientras Álvaro sostenía los documentos.
Se escuchaban burlas y amenazas.
Después alguien decía:
—Que firme o llamamos al doctor para que prepare el ingreso.
Pero, 4 minutos antes del primer golpe, ocurría algo que nadie había mencionado.
Verónica se acercaba a Mariana y le entregaba discretamente una llave.
—Ve al despacho —susurraba—. Busca detrás del cuadro azul.
Mariana miró la pantalla, confundida.
—No recuerdo eso.
—Estabas aturdida —dijo Padilla.
El video mostraba a Mariana entrando al despacho.
Detrás del cuadro encontraba una caja fuerte abierta.
Dentro había una memoria externa.
Álvaro aparecía segundos después, le arrebataba el dispositivo y gritaba a los demás que cerraran las puertas.
Esteban pausó la grabación.
—No comenzó por el fondo universitario.
Mariana lo comprendió.
—Me golpearon porque encontré algo.
Padilla asintió.
—Revisamos el respaldo automático del despacho. La memoria contenía la contabilidad paralela de la constructora.
—¿Cuánto dinero? —preguntó Esteban.
—Más de 280 millones de pesos desviados mediante empresas fantasma.
Mariana abrió los ojos.
—Por eso querían el terreno.
—Lo necesitaban como garantía antes de que los bancos descubrieran el faltante.
El teléfono de Esteban sonó otra vez.
Esta vez era Verónica.
Él activó el altavoz.
La voz de su exesposa llegó quebrada.
—Esteban, escucha con atención. Álvaro ya sabe que encontraron la contabilidad.
—Está rodeado de agentes.
—El hombre que está en esa casa no es quien dirige todo.
Esteban frunció el ceño.
—¿Quién lo dirige?
Verónica respiró agitadamente.
—Uno de tus instructores.
Los 24 alumnos permanecían reunidos afuera de la enfermería.
Esteban miró a través del cristal.
—¿De qué estás hablando?
—Álvaro recibió una llamada antes de que llegara la Fiscalía. Alguien le avisó cada paso que ustedes estaban dando.
—Dime el nombre.
La comunicación se llenó de estática.
Después Verónica susurró:
—Mara Villaseñor.
Esteban levantó la vista.
Al otro lado del pasillo, Mara acababa de entrar al centro táctico.
Llevaba sangre en la manga.
Y sostenía en la mano la memoria externa que supuestamente seguía bajo custodia de la Fiscalía.