Las sirenas se escucharon cada vez más cerca.
Mateo seguía rodeado por los trabajadores, respirando con dificultad y buscando una salida entre la multitud.
—Déjenme pasar —ordenó—. Soy el supervisor de esta planta.
Nadie se movió.
Carlos continuaba arrodillado junto a Julián, sosteniéndole la cabeza con cuidado.
—Resiste, muchacho.
—La ayuda ya viene.
Julián abrió apenas los ojos.
Sus labios se movieron, pero al principio no salió ningún sonido.
Carlos se inclinó para escucharlo.
—La máquina… no estaba dañada.
Mateo se tensó.
—No hables —gritó desde el otro lado del círculo—. Estás confundido.
Julián respiró con dificultad.
—Él desconectó la alarma.
Los trabajadores se miraron entre sí.
Carlos levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué alarma?
Julián señaló con una mano temblorosa hacia el panel de control.
—La que detiene la máquina cuando se calienta.
Mateo golpeó el suelo con el pie.
—Está delirando.
—Lleva tres turnos sin dormir.
—Y precisamente por eso lo obligaste a seguir trabajando —respondió Carlos.
La ambulancia entró finalmente en la fábrica.
Dos paramédicos bajaron con una camilla y corrieron hacia Julián.
Mientras lo examinaban, uno de ellos frunció el ceño.
—Tiene fiebre alta, deshidratación severa y el pulso muy débil.
Miró a Mateo.
—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando?
El supervisor evitó responder.
Carlos habló por él.
—Más de treinta horas.
El paramédico levantó la vista con incredulidad.
—¿Sin descanso?
—Amenazó con despedirlo si se iba —dijo una trabajadora.
—También le negó permiso para ir al médico —añadió otro obrero.
Las acusaciones comenzaron a surgir una tras otra.
Mateo retrocedió.
—Todos están mintiendo porque quieren quedarse con mi puesto.
Carlos se acercó al panel de control.
Observó los cables.
Después abrió una pequeña tapa metálica.
En el interior había un puente improvisado entre dos conexiones.
—Esto fue manipulado.
Un técnico veterano se aproximó y lo revisó.
—Desactivaron el sistema de seguridad.
—La máquina podía haber explotado.
Toda la fábrica quedó en silencio.
Mateo intentó caminar hacia la salida.
Tres trabajadores bloquearon su camino.
—No puedes irte —dijo Carlos.
—No hasta que expliques por qué pusiste nuestras vidas en peligro.
El supervisor comenzó a sudar.
—La empresa exigía aumentar la producción.
—Yo solo cumplía órdenes.
En ese instante, Julián agarró débilmente la manga del paramédico.
—Mi mochila.
Carlos la recogió del suelo.
Dentro encontró un pequeño cuaderno lleno de fechas, horarios y cantidades.
Cada página mostraba turnos ilegales, descuentos inventados y pagos exigidos por Mateo para conservar los puestos.
—¿Qué es esto? —preguntó Carlos.
Julián respondió casi sin voz.
—Me cobraba cada semana.
—Decía que, si no pagaba, pondría mi nombre en la lista de despidos.
Los trabajadores comenzaron a protestar.
Varios confesaron que también habían entregado dinero.
Una mujer sacó su teléfono.
—Tengo comprobantes de transferencias.
Otro obrero abrió una conversación guardada.
—Aquí me amenaza con quitarme el seguro médico de mi hija.
Mateo perdió por completo la arrogancia.
—Podemos arreglarlo.
Carlos lo miró con desprecio.
—Eso mismo decías cuando estábamos solos y asustados.
—Ahora somos todos.
La ambulancia se llevó a Julián.
Antes de que las puertas se cerraran, el joven miró a Carlos.
—No dejes que borre las cámaras.
Mateo giró de inmediato hacia la oficina de seguridad.
Pero ya era demasiado tarde.
Una trabajadora sostenía el disco donde se almacenaban las grabaciones.
—Lo retiré cuando comenzó la huelga.
—Aquí está todo.
Pocos minutos después llegaron varios inspectores laborales acompañados por agentes.
Mateo intentó culpar al director de la fábrica.
—Yo recibía instrucciones.
—Nunca tomé una decisión solo.
Entonces una camioneta de lujo se detuvo frente a la entrada.
Un hombre mayor descendió acompañado por dos abogados.
Todos reconocieron al propietario de la empresa.
Mateo corrió hacia él.
—Señor, menos mal que llegó.
—Estos empleados se rebelaron y detuvieron la producción.
El dueño no respondió.
Caminó hasta el panel manipulado, revisó el cuaderno de Julián y observó los comprobantes de las extorsiones.
Después miró a Mateo.
—Queda despedido.
El supervisor palideció.

—Usted no puede hacerme esto.
—Sé demasiadas cosas sobre esta empresa.
El propietario se acercó lentamente.
—Y yo sé algo sobre ti que todavía ignoras.
Sacó una carpeta del vehículo.
Dentro había fotografías, contratos y varias transferencias.
—Llevamos meses investigando quién desviaba el dinero destinado a reparar las máquinas.
Mateo dejó de respirar.
—No fui yo.
—Todas las cuentas terminan en una empresa registrada a nombre de tu esposa.
Los agentes se acercaron.
El supervisor intentó correr, pero fue detenido antes de alcanzar la puerta.
Carlos pensó que la verdad había salido finalmente a la luz.
Entonces uno de los abogados abrió la última página de la carpeta.
—Hay un problema más grave.
—El dinero no desapareció únicamente de esta fábrica.
Miró hacia la ambulancia que acababa de marcharse.
—Alguien utilizó la identidad de Julián para firmar las transferencias.
Carlos apretó el cuaderno contra el pecho.
—¿Por qué escogerían a un simple obrero?
El propietario bajó la voz.
—Porque Julián no es un trabajador cualquiera.
Sacó una fotografía antigua donde aparecía junto a un niño pequeño.
—Es mi hijo desaparecido.
—Y Mateo lo reconoció desde el primer día que entró a esta fábrica.