Sebastián esperó hasta escuchar la respiración tranquila de Lorena.
Después abrió los ojos.
La habitación seguía borrosa, pero por primera vez en meses podía distinguir el contorno de los muebles, la luz del reloj y la silueta de su esposa dormida a menos de un metro.
Se levantó sin hacer ruido, tomó el frasco escondido dentro de un zapato y salió de la casa antes del amanecer.
No fue a la policía.
Todavía no.
Primero llamó a Samuel Ortega, el abogado que había manejado las empresas de su padre durante veinte años.
—Necesito que analices una bebida sin que nadie se entere.
Samuel guardó silencio unos segundos.
—¿Lorena sabe que me llamaste?
—No.
—Entonces no regreses a casa hasta que hablemos.
Sebastián sí regresó.
Necesitaba que Lorena creyera que todo seguía bajo su control.
Durante los siguientes dos días fingió tropezar con las mesas, pidió ayuda para vestirse y dejó que ella le acercara cada plato a la boca.
Pero ya no consumió nada preparado por ella.
Guardó muestras del licuado, unas gotas que Lorena mezclaba en su café y dos cápsulas que aparecían cada noche junto a su cama.
Ximena también comenzó a observar.
Desde la banqueta frente a la casa vio entrar a un hombre con bata blanca y un maletín gris. No llevaba automóvil de hospital ni identificación médica.
Cuando salió, la niña lo siguió hasta una clínica pequeña en Coyoacán.
El letrero decía:
DOCTOR MAURICIO LEÓN
MEDICINA INTEGRAL
Ximena fotografió la fachada y envió la imagen a Sebastián desde el teléfono de su tía.
Él reconoció el nombre de inmediato.
Mauricio no era un médico cualquiera.
Era el antiguo novio de Lorena.
El mismo hombre que, según ella, había muerto hacía doce años en un accidente.
Aquella noche, Samuel llamó.
—Ya tengo los resultados.
La voz del abogado sonaba distinta.
—¿Qué encontraron?
—Un compuesto capaz de provocar inflamación ocular, visión borrosa, desorientación y debilidad. En dosis pequeñas puede confundirse con una enfermedad neurológica. En dosis mayores puede causar daño permanente.
Sebastián apretó el teléfono.
—¿Puede demostrarse que Lorena lo puso ahí?
—El laboratorio no basta. Pero revisé algo más.
Samuel le envió varios documentos.
Había cambios recientes en el seguro de vida de Sebastián.
Lorena aparecía como única beneficiaria de una póliza por treinta millones de pesos.
También existía un poder notarial preparado para entrar en vigor si dos médicos declaraban que Sebastián ya no podía tomar decisiones.
Uno de esos médicos era Mauricio León.
El otro nombre hizo que Sebastián dejara de respirar.
Doctor Álvaro Arriaga.
Su propio hermano.
Sebastián comprendió entonces que Lorena no solo intentaba enfermarlo para cobrar un seguro.
Planeaba declararlo incapaz, quedarse con sus empresas y entregar el control financiero a Álvaro.
Ocho años de matrimonio.
Ocho años compartiendo la mesa, la cama y los secretos de la familia.
Todo había sido una preparación.
Sin embargo, Samuel todavía no había terminado.
—Hay algo peor —dijo—. Revisé los archivos corporativos. Hace seis años, alguien empezó a vender acciones tuyas usando firmas digitales falsas.
—¿Quién recibió el dinero?
—Una sociedad vinculada a Mauricio.
Sebastián cerró los ojos.
Lorena no había comenzado a traicionarlo cuatro meses atrás.
Llevaba años robándole.
En ese momento escuchó pasos detrás de él.

Lorena estaba en la puerta, sosteniendo el vaso del licuado.
—¿Con quién hablas, amor?
Sebastián colgó lentamente.
Luego se puso los lentes oscuros y extendió la mano como si no pudiera verla.
—Con nadie. Estaba intentando llamar a la oficina.
Lorena se acercó y colocó el vaso entre sus dedos.
—Tómalo. Hoy te puse una dosis un poco más fuerte.
Sebastián sonrió.
—Perfecto.
Acercó el vaso a los labios, pero antes de beberlo sonó el timbre.
Lorena se quedó inmóvil.
Al abrir la puerta encontró a Ximena, a Samuel y a dos agentes de la Fiscalía.
La niña sostenía el maletín gris que Mauricio había dejado dentro de su clínica.
Samuel lo abrió frente a todos.
Dentro había frascos, recetas falsas y una fotografía antigua.
En la imagen aparecían Lorena, Mauricio y Álvaro brindando juntos.
La fecha estaba escrita en el reverso.
Era de apenas tres semanas antes de la boda de Sebastián.
Lorena nunca había reencontrado a Mauricio.
Jamás se habían separado.