Cuando Alejandro abrió los ojos, lo primero que buscó fue a Renata.
La habitación olía a desinfectante y analgésicos. Tenía tubos en el brazo y un dolor que le atravesaba el abdomen.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó con la voz quebrada.
Su mejor amigo, el doctor Ignacio Beltrán, permaneció en silencio unos segundos.
—Se fue.
—¿Fue a descansar?
Ignacio negó lentamente.
—Tomó un vuelo a París hace menos de una hora.
Los monitores comenzaron a acelerarse.
—No… ella iba a cuidarme.
—Eso mismo creíste tú.
Alejandro intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a caer nuevamente sobre la cama.
—Llámenla.
Ignacio respiró hondo.
—Apagó su teléfono después de abordar.
Mientras tanto, en el aeropuerto Charles de Gaulle, Renata encendía el suyo.
Solo había un mensaje.
Era de Adriana Ríos.
“Ya encontré algo.”
Renata abrió el archivo.
Durante los últimos tres años, Alejandro había realizado más de cuarenta transferencias a una empresa llamada Imagen Médica Integral.
La administradora única era Valeria Montes.
No eran regalos ocasionales.
Superaban los dieciocho millones de pesos.
También aparecían boletos de avión, hoteles en Italia, España y Argentina, joyas, vehículos y el departamento donde Valeria vivía desde hacía dos años.
Todo había sido pagado desde cuentas compartidas del matrimonio.
Renata sonrió con tristeza.
Por fin tenía pruebas.
Horas después, Adriana volvió a escribir.
“Hay algo todavía peor.”
Adjuntó un contrato.
Alejandro había utilizado la firma electrónica de Renata para hipotecar un edificio heredado por ella antes del matrimonio.
La deuda ascendía a treinta y dos millones de pesos.
La garantía respaldaba un préstamo solicitado para ampliar una clínica privada donde Valeria figuraba como socia.
Renata cerró los ojos.
Ya no era solo una infidelidad.
Era un fraude.
En la Ciudad de México, Valeria entró finalmente a la habitación del hospital.
Llevaba flores y una sonrisa cuidadosamente ensayada.
—Amor, ya pasó todo.
Alejandro la observó.
—¿Renata llamó?
—No vale la pena pensar en ella.
Valeria tomó su mano.
—Ahora debemos concentrarnos en nosotros.
Antes de que Alejandro respondiera, Ignacio entró acompañado de dos personas.
Una era Adriana Ríos.

La otra, un auditor externo del Consejo Médico del hospital.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué hacen aquí?
Adriana colocó varias carpetas sobre la mesa.
—Venimos a informar que esta mañana se presentó una denuncia por fraude patrimonial, falsificación documental y uso indebido de recursos económicos.
Valeria soltó una risa nerviosa.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
El auditor abrió uno de los expedientes.
—Entonces quizá pueda explicar por qué aparecen cuarenta y tres transferencias autorizadas desde las cuentas del doctor Salvatierra hacia empresas administradas por usted.
La sonrisa desapareció.
Alejandro tomó lentamente los documentos.
Cada transferencia llevaba su firma.
Pero junto a ellas aparecía otra columna.
La autorización digital pertenecía a Renata.
Él levantó la vista, confundido.
—Eso es imposible…
Adriana habló con calma.
—No lo es.
Alguien utilizó durante años la identidad electrónica de tu esposa sin su consentimiento.
El silencio inundó la habitación.
Alejandro volvió a mirar a Valeria.
Ella ya no podía sostenerle la mirada.
En ese instante comprendió que Renata no había comprado un boleto a París para huir de él.
Había viajado porque llevaba meses reuniendo pruebas… y sabía que, cuando todo saliera a la luz, el escándalo sería tan grande que ni el hospital más prestigioso del país podría proteger a los responsables.