Miré la fotografía durante varios segundos.
Serena sonreía dentro del auto de Adrian como si aquel lugar le perteneciera desde siempre. Llevaba puesta su chaqueta, la misma que él jamás me había ofrecido cuando yo temblaba de frío esperando un taxi bajo la lluvia.
Debajo de la imagen seguía el mensaje.
—Elena, creo que deberíamos hablar sobre el hombre con el que vas a casarte.
No respondí.
Simplemente bloqueé su número.
Si durante cuatro años había tenido que competir con un recuerdo, ya no pensaba competir con una mujer de carne y hueso.
Apagué el teléfono y abrí el armario.
Sobre la repisa superior seguía colgado mi vestido blanco.
Lo había comprado seis meses antes.
No era extravagante. Solo elegante, sencillo… exactamente como imaginaba nuestra boda.
Lo observé unos segundos antes de bajar la funda.
Después llamé a una organización que ayudaba a mujeres a conseguir ropa para entrevistas de trabajo.
—¿Aceptan vestidos de novia?
—Claro que sí.
—Mañana mismo lo llevaré.
Cuando colgué, sentí una tranquilidad extraña.
Era la primera decisión importante que tomaba sin esperar la aprobación de Adrian.
Al día siguiente llegué temprano a la oficina.
El director de Recursos Humanos me recibió con una sonrisa.
—La visa prioritaria ya está en trámite. En menos de dos semanas podrás instalarte en Seattle.
—Gracias.
—¿Tu prometido viajará contigo?
Guardé silencio unos segundos.
Luego sonreí.
—No.
Aquella única palabra fue suficiente para entender que mi vida acababa de cambiar.
Esa tarde, mientras regresaba a casa, pasé por la agencia benéfica y entregué el vestido.
La voluntaria acarició la tela con cuidado.
—Hará muy feliz a alguien.
—Eso espero.
Cuando llegué al departamento, Adrian ya estaba allí.
Tenía el ceño fruncido.
—¿Dónde estuviste?
—Trabajando.
—Fui a la tintorería. Perdí más de una hora por tu culpa.

Asentí con tranquilidad.
—Qué bueno que pudiste resolverlo.
Él parecía esperar una disculpa.
Como no llegó, cambió de tema.
—Mamá llamó. Quiere confirmar la comida familiar del domingo para hablar de la boda.
—No podré ir.
—¿Por qué?
—Tengo otros planes.
Frunció todavía más el entrecejo.
—¿Qué planes pueden ser más importantes?
Lo miré directamente.
—Los míos.
Su expresión cambió.
No estaba enfadado.
Estaba confundido.
Como si no entendiera por qué la mujer que siempre acomodaba su vida alrededor de la de él hubiera dejado de hacerlo.
En ese momento sonó el timbre.
Era un repartidor.
Traía varias bolsas de una cafetería.
—Pedido para Serena Walsh.
Adrian tomó las bolsas con naturalidad.
—Se equivocaron de dirección.
El repartidor revisó el teléfono.
—No, señor. Usted pidió que lo entregáramos aquí para que luego lo llevara personalmente.
El silencio que siguió fue incómodo.
Cuando el repartidor se marchó, pregunté con calma:
—¿También tiene problemas de estómago?
Adrian evitó mi mirada.
—No es lo que piensas.
—Ya no pienso nada.
Tomé un vaso de agua.
—Hace tiempo dejé de intentar entenderte.
Aquellas palabras parecieron golpearlo más que cualquier discusión.
Por primera vez desde que vivíamos juntos, fue él quien intentó detener la conversación.
—Elena… últimamente estás muy distante.
Sonreí con tristeza.
—No, Adrian.
Hice una breve pausa.
—Solo dejé de perseguir a alguien que nunca se giró para mirar si seguía caminando a su lado.
Él permaneció completamente inmóvil.
Y, por primera vez en cuatro años, no encontró ninguna respuesta.
Pero esa misma noche, mientras yo terminaba de preparar los documentos para mi viaje, su teléfono volvió a sonar.
Era Serena.
Y apenas vio su nombre en la pantalla, Adrian tomó las llaves y salió corriendo sin siquiera despedirse.
Observé cómo la puerta se cerraba lentamente.
Después abrí el correo de la aerolínea.
Vuelo confirmado.
Salida: 15 de octubre.
Exactamente a las nueve y veinte de la mañana.
La misma hora en la que Adrian estaría esperándome frente al registro civil… sin imaginar que la mujer con la que pensaba casarse ya estaría volando a más de tres mil millas de distancia.