Las luces del vagón se apagaron durante apenas tres segundos.
Pero fueron suficientes para que el corazón de Mateo se acelerara.
Cuando el sistema de emergencia volvió a iluminar el tren, Sofía seguía frente a él, respirando con dificultad.
—¿De dónde sacaste esa marca? —repitió Mateo.
Ella bajó lentamente la manga.
—Pensé que nadie volvería a reconocerla.
Los policías ya tenían esposado al hombre de la chaqueta de cuero.
Sin embargo, antes de que pudieran llevárselo, el detenido comenzó a reír.
—Ya es demasiado tarde.
Uno de los agentes registró la bolsa que Sofía había transportado.
No encontraron explosivos.
Solo varios teléfonos, documentos falsos y fotografías de distintos adolescentes.
En todas aparecía el mismo tatuaje.
Mateo sintió un escalofrío.
Conocía perfectamente aquel símbolo.
Quince años antes, su hermana menor había desaparecido cuando tenía dieciséis años.
La única pista encontrada entonces fue una fotografía donde llevaba dibujado aquel mismo emblema en la muñeca.
Nunca volvieron a verla.
Sofía observó el rostro de Mateo.
—Tu hermana se llamaba Laura… ¿verdad?
Él dio un paso atrás.
—¿Cómo sabes su nombre?
Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas.
—Porque ella me salvó la vida.
El vagón quedó completamente en silencio.
—Hace once años yo tenía nueve años. Nos tenían encerradas junto con otras niñas en una casa abandonada. Laura nos protegía, compartía su comida y siempre decía que algún policía terminaría encontrándonos.
Mateo dejó de respirar.
—¿Dónde está ella?
Sofía bajó la cabeza.
—La separaron de nosotras una noche. Nunca volvió.
El jefe del operativo se acercó rápidamente.
—Llévense al detenido.
El hombre sonrió con desprecio.
—Aunque me arresten, nunca encontrarán al jefe.
En ese instante, uno de los teléfonos decomisados comenzó a sonar.
La pantalla mostraba un solo nombre.
“DOCTOR”.
El agente contestó sin hablar.
Una voz masculina preguntó de inmediato:
—¿La chica ya entregó el paquete? ¿Y qué pasó con la otra? ¿Sigue viva la hermana del policía?
Mateo sintió que la sangre se congelaba.
Aquella organización no solo conocía a Laura.
También sabía perfectamente quién era él.
El agente activó el altavoz.
La voz continuó.
—El viejo almacén ya no es seguro. Trasladen hoy mismo a las tres muchachas que quedan.

Mateo levantó la mirada hacia Sofía.
—¿Tres muchachas?
Ella asintió lentamente.
—Todavía hay tres chicas secuestradas.
Los policías abandonaron el vagón a toda velocidad.
Pero antes de subir al detenido al vehículo oficial, este soltó una última carcajada.
—Si quieren encontrarlas, dense prisa.
Porque dentro de dos horas… ese almacén quedará reducido a cenizas.