PARTE 2: EL TESTAMENTO SE ABRIÓ… Y SUS NOMBRES HABÍAN DESAPARECIDO.

No regresé a la boda.

Conduje directamente al despacho del licenciado Arturo Cárdenas, el único hombre que conocía toda la verdad desde hacía ocho meses.

Cuando entré, todavía olía a comida podrida.

Él me miró en silencio.

Después me acercó una toalla limpia.

—¿Ya ocurrió?

Asentí.

—Mucho peor de lo que imaginábamos.

Le conté cada detalle.

La cubeta.

Las risas.

La forma en que Abril se burló de mí delante de casi trescientas personas.

El abogado cerró lentamente la carpeta que tenía sobre el escritorio.

—Entonces llegó el momento.

Sacó un sobre color marfil.

En la primera hoja aparecía el título que Mauricio llevaba meses esperando leer.

ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO DE ERNESTO GONZÁLEZ.

Abrí la última versión.

Abril ya no figuraba como heredera principal.

Tampoco Mauricio.

Toda mi fortuna, incluidos los bienes que ellos ni siquiera sabían que existían, había sido destinada a una fundación para niños que habían perdido a sus padres por cáncer.

Solo existía una cláusula relacionada con mi hija.

Si antes de mi fallecimiento demostraba un arrepentimiento sincero y reconstruía nuestra relación sin interés económico, el patronato podría entregarle una cantidad limitada.

Nada más.

—¿Cuánto creen ellos que van a heredar? —preguntó Arturo.

Sonreí con tristeza.

—Según Mauricio, casi treinta millones.

El abogado negó con la cabeza.

—Ni siquiera saben que el patrimonio real supera los noventa millones.

Miré sorprendido.

—¿Tanto?

—Las acciones que compraste hace veinte años multiplicaron su valor. Además, el terreno de Tlajomulco fue reclasificado hace tres meses para uso comercial.

Respiré profundamente.

Ni yo mismo terminaba de creer la cifra.

Entonces sonó mi teléfono.

Era Abril.

La dejé sonar.

Volvió a llamar.

Después Mauricio.

Luego otra vez Abril.

En menos de veinte minutos tenía treinta y siete llamadas perdidas y más de cincuenta mensajes.

El primero decía:

“Papá, fue una broma. No exageres.”

El siguiente era de Mauricio.

“Necesitamos hablar del testamento.”

Ni una disculpa.

Solo preocupación por el dinero.

Arturo deslizó otra carpeta hacia mí.

—Ahora viene la parte importante.

Dentro estaban las copias de los documentos que Abril me hizo firmar semanas antes.

El abogado señaló varias páginas.

—No eran papeles del seguro de tu esposa.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Entonces?

—Era un poder amplio para administrar tus bienes y una autorización para vender tu departamento mediante un representante.

Me quedé helado.

—¿Qué?

—Por fortuna sospechaste a tiempo y viniste conmigo antes de que el trámite concluyera. Alcanzamos a revocarlo todo.

Cerré los ojos.

Mi propia hija había intentado dejarme sin hogar mientras yo seguía ahorrando para comprarle unos aretes de perla.

En ese momento, el celular volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de voz de Abril.

La reproduje.

Escuché llanto.

—Papá… por favor… Mauricio dice que expliques qué quisiste decir con lo del testamento. Todos los invitados están preguntando. Dime que esto tiene arreglo.

No respondí.

Arturo sí habló.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

Levanté la vista.

—Hace una hora recibí una llamada del notario.

—¿Y?

—Mauricio ya había pedido una cita para iniciar el proceso de sucesión… creyendo que tu patrimonio ya estaba prácticamente asegurado para ellos.

Sentí una mezcla de tristeza y alivio.

Ni siquiera habían esperado mi muerte.

Ya estaban repartiendo mi vida.

Arturo guardó nuevamente el testamento en el sobre.

—Mañana leerán oficialmente la nueva versión.

—¿Crees que vendrán?

El abogado sonrió con serenidad.

—No tengo ninguna duda.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Porque esta noche todavía creen que perdieron una herencia.

—Lo que aún no saben es que, durante meses, también dejaron un rastro de documentos, audios y transferencias que puede convertir su ambición en un proceso penal del que les resultará mucho más difícil escapar que de la vergüenza de una boda.

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