Respiré hondo antes de contestar la alerta del sistema.
La pantalla mostró un mensaje que me hizo comprender que aquello apenas comenzaba.
Intento de eliminación detectado. Usuario: Javier Ortega.
La hora coincidía exactamente con el momento en que él permanecía de pie, a pocos metros del ataúd de Camila, fingiendo consolar a mi hermana.
Levanté la vista lentamente.
Javier sostenía el teléfono dentro del bolsillo del saco. Apenas movía los dedos, pero era suficiente. Estaba intentando borrar años de información mientras todos lloraban a una niña de ocho años.
Qué equivocado estaba.
Quince años como auditora forense me habían enseñado que jamás se trabaja sobre un único respaldo.
Tres meses antes había descubierto movimientos extraños dentro de la fundación creada por mi padre para financiar operaciones cardíacas infantiles. Donaciones desaparecidas, proveedores inexistentes y transferencias hacia empresas fantasma.
Por eso había activado un sistema de respaldo automático que guardaba cada documento en un servidor independiente.
Podían borrar una carpeta.
Pero nunca el historial.
Guardé el teléfono y me acerqué al féretro.
Acaricié la pequeña mariposa morada que descansaba junto a la fotografía de Camila.
—Te prometo que sabrán toda la verdad.
Mónica seguía llorando.
—Elena… yo no sabía que estaba tan grave.
La observé durante varios segundos.
—¿De verdad quieres seguir mintiendo delante de tu hija?
Su rostro perdió el color.
Saqué otra vez el celular.
—El hospital llamó ciento veintisiete veces. Pero no fueron las únicas llamadas.
Abrí el registro.
—A las once con treinta y dos recibiste un mensaje de la cardióloga diciendo que Camila estaba en estado crítico.
Mónica retrocedió un paso.
—Eso… eso no puede ser.
—Sí puede.
Deslicé otra imagen.
Era una captura recuperada de la nube.
El mensaje aparecía marcado como leído.
El salón quedó completamente en silencio.
Mi madre comenzó a llorar.
Javier intervino de inmediato.
—Eso está manipulado.
Lo miré sin alterar la voz.
—Curioso. Porque también tengo el registro de tu cuenta.

Abrí otra carpeta.
Reservación del hotel.
Dos boletos de avión.
Consumos en un restaurante frente al mar exactamente a la hora en que Camila entraba al quirófano de emergencia.
Un tío tomó el teléfono con manos temblorosas.
Leyó cada documento.
Luego levantó lentamente la cabeza.
—Las fechas coinciden.
Nadie dijo una palabra.
Javier tragó saliva.
Mónica comenzó a respirar con dificultad.
Entonces sonó mi teléfono otra vez.
No era una alerta.
Era una videollamada.
En la pantalla apareció el padre de Camila, recién aterrizado en México.
Tenía los ojos completamente rojos.
Y pronunció una sola frase que dejó inmóvil a todo el velatorio.
—Acabo de hablar con la policía… y encontraron algo dentro de la habitación del hotel de Cancún que cambia toda esta historia.