La siguiente contracción me dejó sin respiración.
Apoyé la espalda contra la pared del baño y traté de concentrarme en la voz de Renata.
—Mariana, escúchame. La ambulancia ya salió. También va un equipo de apoyo.
—Mi bebé… ya viene.
—Resiste unos minutos más.
Intenté incorporarme.
No pude.
Sentí otro dolor atravesarme el vientre y luego un hilo de sangre sobre las piernas.
Golpeé la puerta.
—¡Ayuda!
Nadie respondió.
Solo escuchaba la música del salón.
Afuera seguían celebrando.
Mientras tanto, mi hija luchaba por vivir.
Cinco minutos después comenzaron los golpes.
Pero no eran los míos.
Alguien golpeaba la puerta desde el otro lado.
—¡Fiscalía! ¡Abran inmediatamente!
Escuché la voz alterada de Beatriz.
—Aquí no pasa nada. Es una zona privada.
—Tenemos una llamada de emergencia y una orden para ingresar.
El seguro no se movió.
Beatriz seguía sujetando la puerta.
Entonces escuché otro sonido.
Un fuerte impacto metálico.
La cerradura cedió de golpe.
La puerta se abrió.
Dos paramédicos entraron primero.
Detrás de ellos apareció Renata Torres acompañada por cuatro agentes de la Fiscalía.
Al verme en el suelo, empapada en sangre y apenas consciente, su expresión cambió por completo.
—¡Llévenla ya al hospital!
Los paramédicos comenzaron a colocarme en la camilla.
Beatriz dio un paso adelante.
—Esto es una exageración. Solo estaba descansando.
Renata se volvió lentamente hacia ella.
—¿La encerró aquí?
—Ella quiso quedarse.
—Hay una llamada grabada hace nueve minutos donde la víctima informa que usted bloqueó la puerta.
Beatriz perdió la sonrisa.
Andrés apareció corriendo desde el salón.
—Mariana…
Intentó acercarse.
Uno de los agentes le cortó el paso.
—Permanezca donde está.
—Es mi esposa.
—Hace diez minutos también era su responsabilidad pedir una ambulancia.
No respondió.
Solo bajó la cabeza.
Mientras me llevaban por el pasillo, las puertas del salón principal se abrieron.
Los trescientos invitados dejaron de bailar.
La orquesta dejó de tocar.
Todos observaron cómo la camilla cruzaba lentamente la pista de mármol.
Paulina seguía con el ramo en las manos.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
Los invitados comenzaron a grabar con sus teléfonos.
Renata levantó la voz.
—Por instrucción de la Fiscalía, nadie abandona el lugar.
Los murmullos recorrieron el viñedo.
El padre de Beatriz dio un paso al frente.
—Esto es una boda.
—También es una escena donde una mujer embarazada fue privada de recibir atención médica.
El silencio fue absoluto.
Me subieron a la ambulancia.
Antes de que cerraran las puertas, vi a Andrés intentar seguirnos.
Renata lo detuvo.
—Usted no viene.
—Necesito acompañar a mi esposa.
Ella sostuvo una carpeta sellada.
—Primero va a responder algunas preguntas.
Las puertas se cerraron.
La sirena comenzó a sonar.
Mientras la ambulancia avanzaba hacia el hospital, uno de los paramédicos tomó mi mano.
—Tu hija tiene buen ritmo cardíaco.

Respiré con alivio.
Por primera vez en toda la noche sentí que quizá ambas sobreviviríamos.
Tres horas después desperté en recuperación.
Lo primero que escuché fue un llanto.
Una enfermera sonrió.
—Es una niña.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—¿Está bien?
—Pesó dos kilos trescientos. Es pequeña, pero fuerte. Está en incubadora por precaución.
Cerré los ojos.
Todo había valido la pena.
Unos minutos después apareció Renata.
Traía la misma carpeta bajo el brazo.
—¿Cómo está la bebé?
—Estable.
Respiró aliviada.
Luego dejó la carpeta sobre la mesa.
—Ahora necesito decirte algo.
Asentí.
—Cuando recibimos tu llamada ya estábamos preparados para intervenir.
Fruncí el ceño.
—¿Por la investigación?
—Sí.
Abrió la carpeta.
Dentro estaban las empresas fachada.
Las cuentas bancarias.
Las transferencias.
Las firmas.
Todas las pruebas que yo había reunido durante nueve meses.
—Pero esta noche ocurrió algo inesperado.
—¿Qué?
Renata colocó una memoria USB junto al expediente.
—Mientras evacuábamos el salón, uno de los contadores intentó destruir los servidores del viñedo.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo logró?
Sonrió por primera vez.
—No.
Levantó la memoria.
—Alguien se adelantó.
—¿Quién?
—Un empleado de sistemas hizo una copia completa dos horas antes de la boda.
Mi respiración se detuvo.
—¿La tenemos?
—Toda.
Estados financieros.
Correos.
Conversaciones.
Contratos.
Transferencias internacionales.
No faltaba nada.
Pensé que aquello era la mejor noticia posible.
Hasta que Renata abrió el último documento.
—Hay algo que no esperábamos encontrar.
Giró la pantalla de la computadora hacia mí.
Aparecía una lista de empresas beneficiarias.
Una de ellas llamó inmediatamente mi atención.
Consultoría Rivera & Asociados.
Sentí un vacío en el estómago.
Conocía perfectamente ese nombre.
Era el despacho donde había trabajado mi padre antes de morir.
—Eso no puede ser.
Renata me observó en silencio.
—¿Lo conoces?
Asentí lentamente.
—Mi padre fue socio allí.
Ella respiró hondo.
—Entonces hay algo más que debes saber.
Abrió un correo electrónico recuperado del servidor.
El remitente era Andrés.
El destinatario, el director financiero del viñedo.
El asunto decía:
“Mariana ya sospecha.”
Debajo podía leerse:
“Si sigue revisando las cuentas, adelanten el plan antes del nacimiento. Después será demasiado tarde.”
Sentí que todo mi cuerpo se helaba.
—¿Qué plan?
Renata no respondió de inmediato.
Sacó una segunda hoja.
Era una póliza de seguro de vida.
Mi nombre aparecía como asegurada.
El beneficiario no era Andrés.
Ni siquiera era mi hija.
Era Beatriz Arriaga.
—Contrataron un seguro por cinco millones de pesos hace seis meses —dijo Renata en voz baja—. Si algo te ocurría durante el embarazo o el parto, tu suegra cobraba toda la indemnización.
El aire desapareció de mis pulmones.
Recordé la puerta cerrándose.
Las palabras de Beatriz.
“Este bebé no va a arruinar la boda de mi hija.”
De pronto entendí que nunca intentó retrasar mi atención médica por egoísmo.
Necesitaba que no llegara viva al hospital.
Pensé que aquello era el peor descubrimiento posible.
Pero Renata abrió la última página del expediente.
Había una autorización firmada electrónicamente para modificar el beneficiario del seguro apenas cuarenta y ocho horas antes de la boda.
Leí el nombre una vez.
Después otra.
No podía creerlo.
La persona que ordenó el cambio no era Beatriz.
Era Paulina.
La misma novia que seguía bailando mientras yo me desangraba al otro lado de la pared.