Parte 2: LA CARTA QUE EXPLICABA POR QUÉ ME HABÍA BUSCADO DURANTE VEINTICUATRO AÑOS

Mariana tardó varios segundos en desplegar la carta.

Las manos le temblaban más que el día de la boda.

El licenciado Salcedo permaneció en silencio.

Todos los presentes observaban, incluso Verónica.

La letra de Tomás era irregular, pero perfectamente legible.

“Querida Mariana:

Si estás leyendo esto, significa que ya me fui.

Y también significa que por fin puedo contarte la verdad que prometí guardar durante veinticuatro años.”

Mariana frunció el ceño.

Veinticuatro años.

Ella solo tenía treinta.

Continuó leyendo.

“Tenías seis años cuando te vi por primera vez.

Llovía frente al Hospital General.

Tu mamá esperaba noticias de tu papá mientras tú intentabas hacer reír a todos los niños que estaban en la sala de espera.

Yo tenía dieciocho años y acababa de perder a mi hermana menor por la misma enfermedad que, muchos años después, terminaría conmigo.”

Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

“Recuerdo que llevabas un impermeable amarillo demasiado grande.

Todos lloraban.

Tú repartías galletas partidas por la mitad porque decías que, si cada uno tenía un pedazo, nadie estaría completamente solo.”

Mariana dejó escapar un sollozo.

Aquel recuerdo seguía vivo en su memoria.

“Ese día pensé que jamás volvería a verte.

Pero nunca olvidé tu nombre.”

El abogado abrió entonces una segunda carpeta.

Dentro había una fotografía antigua.

Una niña con un impermeable amarillo sonreía sosteniendo una caja de galletas.

Detrás, un joven muy delgado observaba desde una banca.

Era Tomás.

Mucho antes de conocerla.

Mariana llevó una mano a la boca.

—¿Todo este tiempo…?

El abogado asintió.

—Él nunca dejó de buscarla.

Durante años solo recordaba su nombre y el hospital.

Cuando tuvo estabilidad económica contrató investigadores.

Tardaron décadas en encontrarla.

Verónica soltó una risa incrédula.

—Eso es absurdo.

¿Para qué buscaría a una niña durante tanto tiempo?

El abogado la miró con firmeza.

—Porque aquella niña evitó que se quitara la vida.

La funeraria quedó completamente en silencio.

Mariana sintió que el aire desaparecía.

Salcedo continuó.

—Después de perder a su hermana, el señor Beltrán cayó en una profunda depresión.

Aquella tarde había decidido terminar con todo.

Pero la vio compartir sus galletas con desconocidos mientras decía: “Cuando alguien está triste, primero hay que sentarse a su lado.”

Guardó esas palabras durante veinticuatro años.

Nunca volvió a intentar hacerse daño.

Mariana rompió a llorar.

Ni siquiera recordaba haber dicho aquella frase.

El abogado sonrió con tristeza.

—Usted le devolvió las ganas de vivir sin saberlo.

Y cuando supo que su enfermedad ya no tenía tratamiento, solo pidió una cosa.

Encontrarla.

No para pagar una deuda.

No para dejarle una fortuna.

Solo para pasar el final de su vida junto a la persona que, sin conocerlo, le había regalado la mayor parte de ella.

Verónica bajó lentamente la cabeza.

Por primera vez no encontró ninguna burla.

El abogado entregó una pequeña caja de madera.

Dentro había un tablero de Scrabble.

En la tapa interior había una nota escrita por Tomás.

“No me casé contigo para que me cuidaras.

Me casé contigo porque durante diez días pude devolverte una mínima parte de los veinticuatro años que tú me regalaste sin darte cuenta.”

Mariana acarició las piezas del juego.

Entonces comprendió por qué Tomás nunca hablaba de herencias.

Porque jamás quiso comprar compañía.

Solo quiso despedirse de la única persona que había cambiado el rumbo de su vida.

Un mes después, Mariana convirtió la pequeña casa de la colonia Álamos en un centro de acompañamiento para pacientes terminales.

Lo llamó La Sala Amarilla, en recuerdo de aquel impermeable que un hombre nunca pudo olvidar.

En la entrada colocó una única fotografía.

No era la de su boda.

Ni la del funeral.

Era la imagen de dos personas riendo frente a un tablero de Scrabble.

Porque el mayor legado que Tomás Beltrán dejó no fue una casa ni una cuenta bancaria.

Fue demostrar que un acto de bondad, incluso el más pequeño, puede salvar una vida… aunque quien la salvó tarde veinticuatro años en descubrirlo.

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