PARTE 2: LA FIRMA QUE ÉL NUNCA LEYÓ IBA A DESTRUIR TODO SU PLAN.

Regresé a la casa de Coyoacán antes que Daniel.

Durante todo el camino no lloré.

Las lágrimas podían esperar.

Lo primero que hice fue abrir la caja de madera donde mi padre guardaba los documentos importantes. Debajo de las escrituras originales encontré exactamente lo que buscaba: una copia del contrato que Daniel me había hecho firmar tres semanas atrás.

Lo coloqué sobre la mesa del comedor.

Respiré hondo.

Y sonreí.

Daniel había leído únicamente la primera página.

Yo lo sabía porque aquella noche fingió tener prisa.

—Firma aquí, aquí y aquí, amor. El notario ya cerró y mañana debemos entregar todo.

Mientras él hablaba por teléfono, yo había leído cada cláusula.

Mi padre me enseñó desde niña que nunca debía firmar un documento sin entenderlo.

Precisamente por eso encontré una condición que Daniel jamás imaginó.

La transferencia de la propiedad solo tendría efecto si ambos socios comparecían personalmente ante el notario el día de la protocolización definitiva.

Y esa cita era al día siguiente.

Todavía no era dueño de nada.

Tampoco Renata Holdings.

Saqué mi celular.

Llamé al licenciado Ignacio Robles, el abogado que había trabajado con mi padre durante casi veinte años.

Contestó al segundo tono.

—Valeria, ¿ocurrió algo?

—Necesito verlo hoy mismo. Es urgente.

Una hora después estábamos sentados en su despacho.

No hizo preguntas hasta escuchar el audio completo.

Primero el beso.

Después las risas.

Luego la frase que me atravesó el alma.

—”Vamos a destruirla antes de que tenga tiempo de defenderse.”

Cuando terminó la grabación, el abogado permaneció en silencio varios segundos.

Finalmente cerró la carpeta.

—No saben con quién se metieron.

Le entregué el contrato.

Lo revisó página por página.

Después levantó la vista.

—Tenías razón. Ellos solo prepararon la cesión. La propiedad aún sigue completamente a tu nombre.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones.

—¿Qué podemos hacer?

Ignacio acomodó sus lentes.

—Muchísimo.

Encendió su computadora.

En menos de veinte minutos redactó una solicitud para suspender cualquier trámite relacionado con la casa hasta verificar un posible fraude patrimonial.

Después preparó otra para revocar todos los poderes que Daniel tenía sobre nuestras cuentas y bienes.

—Mañana, antes de que él llegue a la notaría, todo estará bloqueado.

Asentí.

Pero aún no era suficiente.

—Quiero que él crea que ganó.

El abogado sonrió por primera vez.

—Entonces iremos a la firma.

—¿Los dos?

—Los tres.

Fruncí el ceño.

—¿Tres?

Ignacio abrió un cajón.

Sacó una pequeña memoria USB.

—Tu padre me pidió entregártela únicamente si algún día alguien intentaba quitarte esa casa.

Me quedé inmóvil.

—¿Mi papá sabía que esto podía pasar?

—Tu padre desconfiaba de cualquiera que se acercara demasiado a su patrimonio. Grabó una declaración y dejó instrucciones muy específicas.

Tomé la memoria entre los dedos.

Las manos me temblaban.

—¿Qué dice?

—Eso tendrás que descubrirlo tú.

Guardé la memoria en mi bolso.

Cuando regresé a casa, Daniel ya estaba ahí.

Preparaba dos copas de vino en la cocina como si hubiera pasado el día entero trabajando.

Se acercó, me besó en la mejilla y sonrió con la misma ternura falsa que había visto horas antes en el aeropuerto.

—¿Cómo estuvo tu día, amor?

Lo miré directamente a los ojos.

—Muy productivo.

Él no sospechó absolutamente nada.

Incluso levantó su copa para brindar.

—Mañana será un gran día para nuestro futuro.

Choqué mi copa contra la suya.

—Sí.

—Nuestro futuro cambiará para siempre.

Daniel bebió convencido de que al día siguiente se convertiría en el dueño de todo.

Lo que ignoraba era que, a esa misma hora, el notario, mi abogado y una memoria USB grabada por mi padre ya estaban esperando para convertir su mayor traición en la peor derrota de toda su vida.

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