Lucas levantó el teléfono sin apartar la vista del hombre elegante.
—¿Todavía quieres que pague la cuenta?
El sujeto sonrió con desprecio.
—Después de esto, también pagarás los daños por armar un escándalo.
Los dos guardias volvieron a acercarse.
Pero Lucas presionó el botón de reproducción.
La voz del estafador inundó todo el restaurante.
—Busquen a alguien que venga solo. Que tenga buena ropa y parezca tener dinero. Luego inflen la cuenta y, si se niega a pagar, lo amenazan.
Las sonrisas desaparecieron de la mesa.
El gerente del restaurante salió apresuradamente de la oficina.
—¿Qué está pasando aquí?
Lucas giró la pantalla hacia él.
—Su sistema de cámaras tiene grabado todo desde que entré.
El gerente ordenó detener a los guardias.
Mientras revisaban las imágenes, descubrieron que Lucas jamás había pedido un solo platillo.
Toda la comida había sido ordenada antes de su llegada.
Los desconocidos comenzaron a ponerse nerviosos.
Uno intentó salir por la puerta trasera.
Otro escondió discretamente varias tarjetas bancarias en el bolsillo.
El supuesto amigo golpeó la mesa.
—¡Todo esto es un montaje!
Lucas sonrió por primera vez.
—No. El montaje lo preparaste tú.
Sacó del bolsillo la carta que había recibido aquella mañana.
—Me citaste aquí diciendo que querías devolverme el dinero que me debías desde hace tres años.
El hombre guardó silencio.
—Pero en realidad necesitabas una víctima para cobrar una cuenta de más de doscientos mil pesos.
En ese momento llegaron dos patrullas.
Varios agentes entraron al restaurante.
El comandante saludó directamente a Lucas.
—Recibimos su denuncia hace dos horas.
Los estafadores quedaron inmóviles.
El supuesto amigo abrió mucho los ojos.
—¿Ya sabías que era una trampa?
Lucas asintió.
—Desde que recibí la carta.
—¿Entonces por qué viniste?
—Porque durante meses ustedes hicieron lo mismo con decenas de personas mayores y turistas.
El comandante mostró una carpeta llena de fotografías.
Había más de cuarenta denuncias.
Siempre el mismo método.
Siempre el mismo grupo.
Los agentes comenzaron a esposar a todos los presentes.
Cuando registraron al hombre elegante, encontraron el sobre que había escondido al principio de la reunión.
Dentro no había dinero.

Había pasaportes falsos, contratos de empresas inexistentes y una lista con más de cincuenta nombres.
Lucas tomó la hoja.
Su expresión cambió de inmediato.
En el último nombre escrito aparecía el suyo.
Pero junto a él había una nota escrita a mano.
“No estafarlo. Eliminarlo.”
El comandante frunció el ceño.
—Esto ya no era solo un fraude.
Lucas levantó lentamente la mirada.
—Lo sé.
Porque quien ordenó mi muerte… no fue él.
Fue el mismo socio con quien fundé mi empresa hace diez años y al que todos creen desaparecido desde hace seis meses.