Parte 2: LA LLAMADA QUE HICE BAJO LA MESA CONVIRTIÓ SU ASCENSO EN EL PRINCIPIO DE SU CAÍDA

Nadie en aquella mesa sabía a quién había llamado.

Solo Mariana sintió cómo apretaba suavemente su mano debajo del mantel.

Era la misma presión que le hacía cuando era niña antes de entrar a un quirófano o de presentar un examen importante.

Significaba una sola cosa.

“Ya estoy aquí.”

Rodrigo volvió a llenar su copa.

—¿Entonces conoces la empresa?

Asentí.

—Bastante bien.

Ofelia soltó una carcajada.

—Seguro la conoce por las noticias. Hoy cualquiera habla de empresas millonarias.

No respondí.

Miré discretamente el reloj.

Faltaban dieciocho minutos.


Mariana intentó levantarse para recoger los platos.

Rodrigo ni siquiera la miró.

—Más rápido.

Ella hizo un gesto de dolor al mover el hombro.

—No puedo…

Él golpeó la mesa con el tenedor.

—¿Ya vas a empezar otra vez?

Me levanté lentamente.

—Yo llevaré los platos.

Ofelia me bloqueó el paso.

—Las visitas no trabajan.

La observé unos segundos.

—Mi hija tampoco debería hacerlo con un brazo lesionado.

Su expresión se endureció.

—Las mujeres fuertes no se quejan.

La miré fijamente.

—Las mujeres fuertes tampoco golpean a otras mujeres con sus palabras para proteger a hombres violentos.

El comedor volvió a quedarse en silencio.


Sonó el timbre.

Exactamente treinta minutos después de mi mensaje.

Rodrigo sonrió.

—Debe ser mi padre.

Fue hacia la puerta con absoluta tranquilidad.

La abrió.

Y dejó de respirar durante un instante.

Frente a él no estaba su padre.

Había seis personas perfectamente alineadas.

El presidente del consejo de administración de Grupo Montemayor Tecnologías.

Dos consejeros independientes.

El director jurídico.

El comisionado de la Policía de la Ciudad de México.

Y detrás de todos ellos, Arturo Salgado, presidente del fideicomiso que administraba los asuntos corporativos de nuestra familia.

Rodrigo retrocedió un paso.

—¿Qué… qué hacen aquí?

Arturo no respondió.

Entró directamente a la casa.

Cuando me vio, inclinó ligeramente la cabeza.

—Buenas tardes, licenciada Herrera.

Todos los presentes miraron alternativamente mi rostro y el de Arturo.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Ustedes se conocen?

Arturo sonrió con respeto.

—Desde hace más de veinte años.


El presidente del consejo se acercó hasta el comedor.

Al verme, extendió la mano.

—Señora Herrera, gracias por recibirnos con tan poca anticipación.

La estreché.

—Gracias por venir.

Ofelia comenzó a ponerse nerviosa.

—Perdón…

¿podrían decirnos qué está pasando?

El presidente del consejo la observó.

—Estamos aquí porque recibimos una comunicación urgente de la administradora del Fideicomiso Herrera-Montemayor.

Rodrigo giró lentamente hacia mí.

Su expresión comenzó a cambiar.

—¿Qué fideicomiso?

Respiré con calma.

—El que posee el treinta y ocho por ciento de los derechos de voto de tu empresa.

Su rostro perdió completamente el color.

—Eso… eso es imposible.

Arturo abrió una carpeta.

Extrajo varios documentos certificados.

Los colocó sobre la mesa.

—No lo es.

Aquí están las actas.

Las escrituras.

Y el nombramiento vigente.

Todos indican exactamente lo mismo.

La única administradora con facultades para votar esas acciones es la licenciada Elena Herrera.

Yo.


Rodrigo comenzó a negar con la cabeza.

—No…

Mi ascenso ya fue aprobado.

El presidente del consejo respondió con absoluta serenidad.

—Fue propuesto.

Todavía faltaba la ratificación del accionista mayoritario con derecho preferente.

Levantó la vista hacia mí.

—Y esa ratificación nunca llegó.


El comisionado de policía permanecía en silencio.

Hasta que miró a Mariana.

—¿Es usted la señora Mariana Montemayor?

Ella asintió tímidamente.

—Sí.

—Necesito preguntarle algo.

Miró el cabestrillo.

—¿Esa lesión fue consecuencia de una agresión?

Mariana bajó la cabeza.

Rodrigo dio un paso adelante.

—No tiene por qué responder.

El comisionado lo interrumpió.

—Señor Rodrigo Montemayor.

A partir de este momento, usted no volverá a decidir quién puede responder.


Tomé suavemente la mano de mi hija.

—Mírame.

Ella levantó lentamente los ojos.

Todavía tenía miedo.

Pero ya no estaba sola.

—¿Quién te hizo esto?

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

Durante unos segundos pensé que volvería a guardar silencio.

Entonces respiró profundamente.

Y dijo cuatro palabras.

—Mi esposo me empujó.

El comedor entero quedó inmóvil.


El doctor Ramírez entró en ese mismo instante.

Traía un pequeño maletín.

Se acercó inmediatamente a Mariana.

Revisó el cabestrillo.

Después pidió permiso para examinar el hombro.

Cinco minutos más tarde levantó la vista.

—Esto no corresponde a una caída accidental.

Rodrigo comenzó a retroceder.

El médico continuó.

—La fractura y los hematomas son compatibles con una sujeción extremadamente violenta.

El comisionado hizo una seña discreta.

Dos agentes que esperaban fuera de la casa entraron inmediatamente.


Pensé que aquello era suficiente.

Me equivoqué.

Arturo volvió a abrir la carpeta.

Sacó un sobre sellado.

—Hay otro asunto que el consejo debe conocer.

Miré el documento.

No lo había visto antes.

—¿Qué es?

El presidente del consejo respondió con gravedad.

—Una auditoría interna terminada esta mañana.

La abrió delante de todos.

Las primeras páginas hablaban de contratos.

Transferencias.

Proveedores.

Después apareció repetidamente un mismo nombre.

Rodrigo Montemayor.

El director jurídico tomó la palabra.

—Existen indicios de que durante los últimos dieciocho meses se aprobaron pagos por más de cuarenta millones de pesos a empresas vinculadas indirectamente con su familia.

Rodrigo dejó caer la copa de vino.

El cristal se hizo añicos sobre el suelo.

Pero nadie volvió la mirada.

Porque todos comprendieron que el hombre que aquella mañana esperaba celebrar un ascenso histórico acababa de descubrir, frente a su propia esposa, su familia y el consejo de administración, que no solo estaba perdiendo el puesto con el que había soñado durante años, sino que también se había convertido en el principal investigado de un fraude corporativo que amenazaba con destruir para siempre el apellido Montemayor.

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