PARTE 2: LA NOVIA ENTRÓ AL ALTAR… SIN SABER QUE LA FISCALÍA YA LA ESPERABA.

Salí del hospital con Mateo en brazos al amanecer.

Dormía tranquilo, ajeno a la tormenta que estaba a punto de estallar.

Mi abogada, Camila Robles, cerró la puerta del automóvil y colocó sobre mis piernas una carpeta azul llena de documentos.

—Hoy no vamos a detener una boda —dijo con serenidad—. Vamos a detener un fraude.

Abrí la carpeta.

Había estados de cuenta, contratos simulados, empresas fantasma y más de treinta transferencias realizadas durante los últimos cuatro años.

Cada una llevaba la firma de Rodrigo.

Y varias también la de Renata.

—La Fiscalía aceptó nuestra denuncia anoche —continuó Camila—. Solo esperan que aparezcan para ejecutar las órdenes de cateo y aseguramiento de pruebas.

Miré por la ventana.

Durante años había pensado que mi peor error fue enamorarme de Rodrigo.

Ahora entendía que mi mayor acierto había sido conservar copias de todo cuando aún trabajaba como contadora de su empresa.

A las once de la mañana llegamos a la hacienda donde se celebraría la boda.

Más de doscientos invitados caminaban entre jardines decorados con orquídeas blancas.

Había violines.

Champaña francesa.

Fotógrafos.

Y una enorme pantalla donde proyectaban fotografías de los novios.

Nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir.

Entré con Mateo dormido en el portabebés.

Las miradas comenzaron a seguirme de inmediato.

Algunos me reconocieron.

Otros empezaron a murmurar.

—¿No es la exesposa?

—¿Qué hace aquí con un bebé?

Rodrigo me vio desde el altar.

Su sonrisa desapareció.

Bajó los escalones apresuradamente.

—¿Qué demonios haces aquí?

Sonreí con tranquilidad.

—Me invitaste.

Antes de que pudiera responder, Renata apareció tomada de su brazo.

Su vestido blanco brillaba bajo el sol.

—Seguridad —ordenó—. Sáquenla.

Dos guardias comenzaron a acercarse.

Pero alguien habló primero.

—Nadie se mueve.

Cinco agentes de la Fiscalía atravesaron la entrada principal mostrando sus identificaciones.

Detrás de ellos venían dos policías de investigación.

El murmullo se convirtió en un silencio absoluto.

El agente principal abrió una carpeta.

—¿Rodrigo Salvatierra?

Él tragó saliva.

—Sí.

—Queda usted formalmente notificado de una investigación por fraude financiero, falsificación documental, evasión fiscal y ocultamiento de activos.

Rodrigo dio un paso atrás.

—Esto es un error.

—También necesitamos hablar con la señorita Renata Moncada por su probable participación en los mismos hechos y por una agresión documentada contra la señora Valeria Montes que puso en riesgo la vida de un recién nacido.

Renata perdió completamente el color.

—¡Ella está mintiendo!

Camila levantó una memoria USB.

—Las cámaras del hospital no mienten.

Después mostró otra carpeta.

—Tampoco los movimientos bancarios firmados por ustedes.

Rodrigo giró lentamente hacia Renata.

—¿Qué movimientos?

Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

El agente continuó.

—Además, detectamos que hace cuarenta y ocho horas intentaron transferir diecisiete millones de pesos a una cuenta en Belice.

Rodrigo quedó inmóvil.

Miró a Renata con auténtico desconcierto.

—Dijiste que ese dinero seguía en la empresa…

Renata comenzó a retroceder.

—Yo… puedo explicarlo.

—No será aquí —respondió el agente.

Dos oficiales avanzaron hacia ella.

Los invitados empezaron a grabar con sus teléfonos.

Las damas de honor lloraban.

Los músicos dejaron de tocar.

Y el sacerdote cerró lentamente el libro que sostenía entre las manos.

Rodrigo me buscó con la mirada.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente asustado.

—Valeria… ayúdame.

Apreté con suavidad la mano diminuta de Mateo.

—Cuando me dejaste sola, embarazada y sin dinero, también te pedí ayuda.

Él bajó la cabeza.

—Cometí un error.

Negué despacio.

—No.

—Cometiste cientos.

En ese instante, otro agente llegó apresuradamente con un sobre sellado.

Lo entregó a Camila.

Mi abogada lo abrió, leyó apenas dos líneas y sonrió.

Luego levantó la vista hacia mí.

—Acaba de llegar el resultado de la auditoría internacional.

Fruncí el ceño.

—¿Y?

Camila cerró lentamente el expediente.

—Rodrigo todavía cree que hoy perdió una boda.

—Pero dentro de ese sobre está la prueba que puede enviarlo a prisión durante muchos años… y revelar que la persona que realmente robó toda su fortuna nunca fui yo.

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