PARTE 2: LA PUERTA QUE RODRIGO NUNCA DEBIÓ CERRAR.

Mi padre llegó exactamente veintisiete minutos después.

No vino solo.

Tres camionetas negras se detuvieron frente a la casa y varios escoltas descendieron primero. Detrás apareció don Aurelio Alcázar, impecable, con el mismo porte que hacía temblar consejos de administración enteros, pero con los ojos húmedos al verme parada en la puerta con aquel viejo vestido azul.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Fue él quien rompió el silencio.

—Perdóname por tardar tres años en venir por ti.

Las lágrimas que había contenido toda la noche amenazaron con salir, pero respiré hondo.

—La que se fue fui yo, papá.

Él negó despacio.

—Y aun así debí buscarte todos los días.

Sin decir una palabra más, me abrazó.

Doña Lupita lloraba en silencio desde el recibidor.

—Señorita Mariana… qué bueno que volvió su familia.

Mi padre le sonrió con gratitud.

—Gracias por cuidar de mi hija cuando otros no supieron hacerlo.

Después observó la casa.

No había rabia en su rostro.

Había decepción.

—¿Dónde está tu esposo?

—En la gala de Grupo Altamar.

—¿Con la mujer de las fotografías?

Asentí.

No hizo más preguntas.

Uno de sus asistentes se acercó con una carpeta.

—Señor, ya confirmamos la lista de invitados.

Mi padre abrió apenas la primera hoja y sonrió con tranquilidad.

—Perfecto. Entonces todavía estamos a tiempo.

Lo miré sin entender.

—¿Tiempo para qué?

—Para recordarle a Rodrigo con quién decidió jugar.


Al mismo tiempo, el Gran Salón Altamar brillaba bajo cientos de lámparas de cristal.

Rodrigo caminaba entre gobernadores, banqueros y empresarios mientras Valeria saludaba como si ya perteneciera a ese mundo.

—Esta noche cerramos el fondo de inversión más importante del año —presumía él—. Después de esto nadie podrá alcanzarnos.

Valeria levantó su copa.

—Y cuando todos descubran que Mariana desapareció, entenderán quién debe estar realmente a tu lado.

Los dos rieron.

Ninguno notó que, al otro extremo del salón, varios inversionistas comenzaron a revisar sus teléfonos al mismo tiempo.

Uno frunció el ceño.

Otro pidió repetir la información.

Un tercero salió apresuradamente hacia el pasillo.

Rodrigo apenas alcanzó a escuchar algunos murmullos.

—¿Es cierto?

—No puede ser…

—Si eso se confirma, el acuerdo se cancela.

Su director financiero llegó casi corriendo.

—Licenciado… tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Acaban de suspender la firma del convenio.

Rodrigo palideció.

—¿Quién dio esa orden?

El hombre tragó saliva antes de responder.

—Grupo Alcázar.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

Pero el director financiero no respondió.

Solo levantó lentamente el teléfono.

En la pantalla aparecía una noticia de última hora:

“Grupo Alcázar anuncia la cancelación inmediata de todas las negociaciones con Salvatierra Capital y convoca una conferencia extraordinaria antes del amanecer.”

Rodrigo sintió un escalofrío.

Por primera vez en toda la noche, pensó en Mariana.

Y una pregunta comenzó a perseguirlo.

¿Quién era realmente la mujer que acababa de humillar?

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