Carlos soltó al anciano de inmediato.
Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿A qué hospital la llevaron?
—Al Hospital Central.
El anciano apenas terminó la frase cuando Carlos ya corría hacia su automóvil.
Arrancó sin pensar en multas ni semáforos.
Solo podía repetir una idea.
“Ojalá no sea tarde.”
Veinte minutos después llegó a urgencias.
Encontró al anciano sentado frente al quirófano, con las manos cubriéndose el rostro.
Un médico salió apresuradamente.
—¿Familiares de Sofía Herrera?
El abuelo se levantó de golpe.
—Soy su abuelo.
—Necesitamos autorizar una cirugía de inmediato. Tiene una hemorragia interna. Si esperamos más, las posibilidades disminuyen.
El anciano tomó la pluma, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla.
Carlos dio un paso al frente.
—Yo pagaré todo.
El abuelo lo miró sorprendido.
—No necesito tu dinero.
—Lo sé… pero necesito hacer lo correcto.
La operación comenzó minutos después.
Las siguientes cuatro horas fueron eternas.
Carlos permaneció sentado sin apartarse del pasillo.
No revisó el teléfono.
No respondió llamadas.
Solo esperaba.
Finalmente, el cirujano salió.
—La cirugía fue un éxito. Llegó con muy poco tiempo de margen, pero logramos estabilizarla.
Carlos cerró los ojos con alivio.
El abuelo comenzó a llorar.
Cuando Sofía despertó esa misma noche, pidió hablar con Carlos a solas.
Él entró despacio en la habitación.
—Perdóname.
Fue lo primero que dijo.
Sofía negó lentamente.
—Tú no provocaste el accidente.
Carlos levantó la vista.
—¿Cómo dices?
Ella respiró con dificultad.
—Alguien cortó los frenos de mi automóvil.
El silencio llenó la habitación.
—¿Qué?
—La policía encontró que los tubos estaban manipulados.
Carlos sintió un escalofrío.
—¿Quién querría hacerte eso?
Sofía miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchaba.
—Porque descubrí algo en la empresa donde trabajo.
Sacó un pequeño sobre que la enfermera había guardado entre sus pertenencias.
Dentro había una memoria USB.
—Aquí están las pruebas.
Carlos tomó el dispositivo.
—¿Pruebas de qué?
—Durante meses investigué desvíos millonarios dentro del Grupo Altamira.
Carlos dejó de respirar.
Ese era el nombre de la empresa que dirigía su propio padre.

Sofía continuó hablando.
—Pensé que solo era corrupción financiera. Pero hace una semana descubrí que alguien estaba usando ambulancias privadas para transportar dinero y documentos falsificados.
Carlos sintió que las piernas le fallaban.
—Eso es imposible.
—También lo creí.
Sofía lo miró directamente.
—Hasta que vi una firma.
Carlos tragó saliva.
—¿De quién?
Ella respondió con la voz casi quebrada.
—De tu padre.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió.
Dos hombres con traje entraron sin anunciarse.
Uno de ellos colocó una credencial sobre la mesa.
—Fiscalía Anticorrupción.
El otro miró fijamente a Carlos.
—Señor, necesitamos que nos acompañe.
Su padre acaba de desaparecer… y usted es la última persona que puede ayudarnos a encontrarlo.