PARTE 2 – LA VÍCTIMA NÚMERO 7

Alejandro no regresó a casa aquella noche.

Dejó la camioneta en el estacionamiento de un hotel cercano, se cambió el traje por una sudadera vieja, unos pantalones manchados y unos tenis gastados que Andrés había comprado en una tienda de segunda mano.

Después se afeitó mal a propósito, se despeinó y guardó el reloj en la guantera.

—Esto es una locura —dijo Andrés mientras lo observaba—. Podemos contratar investigadores.

—Ya lo hiciste.

—Y encontramos suficiente para cancelar la boda.

Alejandro miró otra vez la fotografía de Rebeca abrazando al empresario de Monterrey.

—No quiero saber solo si miente. Quiero saber cómo elige a sus víctimas.

Andrés soltó un suspiro.

—¿Y piensas descubrirlo fingiendo que vives en la calle?

—Ella presume que ayuda a personas necesitadas. Si todo es mentira, no podrá ocultarlo durante mucho tiempo.

A la mañana siguiente, Alejandro se sentó frente al café donde Rebeca desayunaba todos los jueves con sus amigas.

Colocó una mochila vieja a sus pies y sostuvo un vaso vacío entre las manos.

A las 10:15, Rebeca apareció usando lentes oscuros, un vestido crema y el anillo de compromiso que Alejandro había mandado diseñar en Nueva York.

Sus amigas la recibieron con abrazos.

—Te ves radiante —dijo una de ellas.

—Es el brillo de una mujer que está a punto de casarse bien —respondió Rebeca.

Alejandro bajó la cabeza.

Desde aquella distancia escuchaba cada palabra.

—¿Y ya firmó la casa? —preguntó otra mujer.

—Mañana.

—¿A tu nombre?

Rebeca sonrió.

—Primero al de una sociedad. No pienso cometer el mismo error que con Esteban.

Alejandro apretó el vaso entre los dedos.

—¿Cuál error? —preguntó la primera amiga.

—Confiar en que un hombre arruinado se quedaría callado.

Las tres rieron.

Rebeca sacó el celular y mostró una imagen.

—Miren. Este es Alejandro. Cree que me encontró por casualidad.

—¿No fue así?

—Claro que no. La caída frente a su camioneta me costó 2 semanas de práctica. Tenía que calcular la velocidad, el ángulo y la cámara de la esquina.

Alejandro sintió que la respiración se le detenía.

Una de las amigas negó con admiración.

—Eres una enferma.

—Soy cuidadosa.

—¿Y por qué él?

Rebeca bebió un sorbo de café.

—No tiene padres vivos, no tiene hijos y confía demasiado en su mejor amigo. Además, la empresa está casi totalmente a su nombre.

—¿Casi?

—El director financiero posee una pequeña parte. Pero eso se arregla después de la boda.

Alejandro sintió un frío en la espalda.

No solo hablaban de quitarle la casa.

También habían estudiado su compañía.

—¿Y los otros? —preguntó una de las mujeres.

Rebeca dejó la taza sobre el plato.

—El primero era médico. Muy arrogante. Bastó con acusarlo de maltrato para que me cediera un departamento.

—¿Y el empresario?

—El de Monterrey fue más difícil. Tardé 1 año en separarlo de su familia.

—¿Cuántos van?

Rebeca levantó 6 dedos.

—Alejandro será el séptimo.

El vaso se dobló en la mano de Alejandro.

Durante un instante sintió ganas de levantarse, entrar al café y enfrentarla delante de todos.

Pero se obligó a permanecer quieto.

Todavía no tenía todo.

Necesitaba escuchar el plan completo.

Una de las amigas se inclinó hacia ella.

—¿No te preocupa que descubra algo antes de la boda?

—Alejandro cree en las historias tristes. Le dije que mi ex me golpeaba, que mi familia me abandonó y que dedico mi vida a ayudar a otros. Cuando un hombre quiere sentirse salvador, deja de hacer preguntas.

Las tres volvieron a reír.

Entonces Rebeca miró hacia la ventana.

Sus ojos se encontraron brevemente con los de Alejandro.

Él bajó la cabeza y fingió buscar algo dentro de la mochila.

Rebeca se levantó.

—Ahora vuelvo.

El corazón de Alejandro comenzó a latir con fuerza.

La puerta del café se abrió.

Los tacones se acercaron lentamente.

Rebeca se detuvo frente a él.

—¿Qué quieres?

Alejandro mantuvo el rostro inclinado.

—Un poco de comida, señora.

—Busca trabajo.

—No me contratan así.

Rebeca lo observó con una mezcla de asco y desconfianza.

Luego miró hacia el interior del café, donde sus amigas seguían conversando.

—Te daré 500 pesos si haces algo por mí.

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—¿Qué cosa?

Rebeca sacó una fotografía de su bolso.

Era Andrés.

—Quiero que sigas a este hombre.

Alejandro sintió que se le helaban las manos.

—¿Por qué?

—No es asunto tuyo.

—¿Y qué tengo que averiguar?

Rebeca se agachó frente a él y habló en voz baja.

—Dónde vive, con quién se reúne y qué documentos guarda en su oficina.

Alejandro fingió dudar.

—Eso puede meterme en problemas.

Ella sacó otros billetes.

—Mil ahora. Cinco mil cuando termines.

—¿Por qué no contrata a alguien?

—Porque alguien profesional deja registros.

Alejandro tomó el dinero.

—¿Cómo le entrego la información?

Rebeca escribió un número sobre una servilleta.

—Llámame desde un teléfono público.

Él guardó el papel.

—¿Y si ese hombre me descubre?

La expresión de Rebeca se volvió completamente fría.

—Entonces dile que solo querías robarle.

Regresó al café sin mirar atrás.

Alejandro esperó 15 minutos antes de levantarse.

Cuando llegó al hotel, Andrés estaba revisando documentos en la computadora.

—¿Encontraste algo?

Alejandro dejó los billetes y la fotografía sobre la mesa.

Andrés se quedó inmóvil.

—¿Por qué tiene una foto mía?

—Quiere saber dónde vives, con quién hablas y qué guardas en tu oficina.

Andrés palideció.

—Esto ya no es una estafa matrimonial.

—No.

Alejandro sacó la servilleta con el número.

—Está intentando entrar a la empresa.

Andrés tecleó el teléfono en una base privada.

Unos minutos después aparecieron 9 registros vinculados.

Sociedades fantasma.

Cuentas en Panamá.

Dos despachos jurídicos cerrados.

Y el nombre de un hombre.

Sergio Alcántara.

—¿Pariente de Rebeca? —preguntó Alejandro.

Andrés negó lentamente.

—Su hermano.

Abrió otro archivo.

Sergio había trabajado como asesor financiero en las empresas de 4 de los 6 hombres arruinados.

Alejandro observó la pantalla.

—Entonces ella seducía a los dueños y él entraba a las compañías.

—Eso parece.

—¿Qué pasó con los otros 2?

Andrés tardó unos segundos en responder.

—Uno desapareció.

—¿Desapareció?

—Su familia reportó que salió de viaje después del divorcio. Nunca volvió.

Alejandro sintió un peso en el pecho.

—¿Y el otro?

Andrés abrió una noticia antigua.

Un empresario de 47 años había muerto al caer desde el balcón de un hotel.

La investigación concluyó que se trató de un accidente.

Rebeca había recibido 3 propiedades semanas después.

—Tenemos que ir a la policía —dijo Andrés.

—Todavía no.

—Alejandro, 2 hombres podrían estar muertos.

—Y si vamos ahora, ella negará todo y destruirá las pruebas.

Andrés se levantó.

—¿Qué quieres hacer?

Alejandro miró el mensaje que Rebeca le había enviado aquella mañana.

«No olvides las escrituras. Mañana comienza nuestra vida».

—Quiero que crea que su plan funcionó.

Al día siguiente, Alejandro llegó a la notaría con el mismo traje que pensaba usar para la firma.

Rebeca ya lo esperaba.

Llevaba un vestido rojo, el cabello suelto y una sonrisa dulce.

—Pensé que llegarías tarde.

—No podía perderme esto.

Ella lo besó.

Alejandro tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarse.

Sobre la mesa había varios contratos.

El notario comenzó a explicar la transferencia de la casa a una sociedad llamada Horizonte Blanco Capital.

—¿Esta empresa es tuya? —preguntó Alejandro.

Rebeca tomó su mano.

—Nuestra. Es para proteger el patrimonio cuando nos casemos.

—¿Por qué no aparece mi nombre?

—Es temporal.

Alejandro sonrió.

—Claro.

Firmó la primera hoja.

Rebeca apenas pudo contener su satisfacción.

Firmó la segunda.

Luego la tercera.

Cuando terminó, ella cerró la carpeta.

—Ya está.

—No exactamente —dijo el notario.

Rebeca frunció el ceño.

La puerta de la sala se abrió.

Entraron Andrés, 2 abogados y un hombre mayor con el rostro agotado.

Rebeca retrocedió.

—¿Qué significa esto?

Alejandro se puso de pie.

—Significa que acabas de firmar una declaración vinculante donde reconoces ser beneficiaria de Horizonte Blanco Capital.

La sonrisa de Rebeca desapareció.

—Eso ya lo sabías.

—No.

El hombre mayor dio un paso adelante.

—Pero yo sí.

Rebeca lo reconoció.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Esteban…

Era el empresario de Monterrey.

El supuesto exesposo que, según ella, se había vuelto loco después de perder su fortuna.

Esteban dejó una carpeta sobre la mesa.

—Durante 3 años creí que habías destruido todas las pruebas.

Rebeca miró hacia la puerta.

Los abogados bloquearon la salida.

Alejandro continuó.

—Horizonte Blanco también recibió dinero de las cuentas de tus otros matrimonios.

—No puedes demostrar nada.

—Tú acabas de hacerlo.

El notario giró los documentos.

La transferencia de la casa no era real.

Los papeles que Rebeca había firmado autorizaban una auditoría completa de la sociedad y confirmaban que ella controlaba sus cuentas.

—Esto es una trampa —gritó.

—Como la caída frente a mi camioneta —respondió Alejandro.

Rebeca lo miró fijamente.

Por primera vez, el rostro dulce desapareció.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde que intentaste contratarme afuera de un café.

Ella dio un paso atrás.

—No entiendo.

Alejandro sacó la sudadera vieja de una bolsa.

La dejó sobre la mesa.

Rebeca abrió mucho los ojos.

—Tú…

—Yo era el hombre de la calle.

La puerta se abrió de nuevo.

Esta vez entraron 2 agentes.

Rebeca comenzó a respirar rápidamente.

—Alejandro, escúchame. Todo tiene una explicación.

—Entonces explícales a ellos por qué tu hermano trabajó en las empresas de 4 hombres que terminaron arruinados.

—Sergio actuaba solo.

—¿Y los 2 que murieron?

El rostro de Rebeca cambió.

Solo durante un segundo.

Pero fue suficiente.

Esteban la señaló.

—Tú sabías que Marcos no cayó por accidente.

—Cállate.

—Lo drogaste.

—¡Cállate!

La confesión incompleta dejó la sala en silencio.

Uno de los agentes se acercó.

—Señora Alcántara, necesitamos que nos acompañe.

Rebeca miró desesperadamente a Alejandro.

—Nos casamos en 6 días. No puedes hacerme esto.

—No habrá boda.

—Te amo.

Alejandro recordó a Lucía pagando una botella de agua con las pocas monedas que tenía.

Recordó la cena a la que nunca llegó.

Recordó a Barón escondiéndose debajo de la cama.

—Tú no amas a nadie.

Los agentes se llevaron a Rebeca.

Antes de cruzar la puerta, ella se volvió.

—Crees que ganaste porque me atrapaste.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Ya terminaste.

Rebeca sonrió.

No era la sonrisa de una mujer derrotada.

Era la de alguien que todavía guardaba una última arma.

—Pregúntale a Andrés quién me dio acceso a tus cuentas.

Alejandro giró lentamente hacia su mejor amigo.

Andrés había perdido todo el color del rostro.

Y en ese instante, Alejandro entendió que la víctima número 7 no había sido elegida únicamente por Rebeca.

Alguien dentro de su propia empresa la había estado esperando.

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