Nadie notó que sonreía.
Para ellos, aquella sonrisa significaba resignación.
Para mí, era una despedida.
Serena dejó lentamente la taza sobre la mesa y caminó hacia mí con los ojos enrojecidos.
—Ivy… no quería que las cosas terminaran así.
Negué suavemente con la cabeza.
—No importa.
Mi respuesta fue tan tranquila que todos quedaron desconcertados.
Elliot frunció el ceño.
—¿Qué significa “no importa”?
No respondí.
Subí las escaleras sin volver la vista atrás.
Jason seguía apoyado en la puerta con la pierna vendada.
Quiso detenerme.
—Ivy…
Pero Mason le sujetó el brazo.
—Déjala.
Escuché cómo Adrian suspiraba con impaciencia.
—Siempre hace lo mismo.
Pensé que, efectivamente, tenía razón.
Durante dieciséis años siempre había hecho lo mismo.
Esperarlos.
Perdonarlos.
Creer que algún día volverían a elegirme.
Pero esa Ivy ya había desaparecido.
Entré en mi habitación.
La cerré con llave.
Entonces la voz mecánica volvió a sonar dentro de mi cabeza.
“Nivel emocional del protagonista detectado.”
“Estado actual: indiferencia.”
“Condición para el regreso: muerte del anfitrión.”
Me dejé caer sobre la cama.
—¿Cuánto tiempo queda?
“La sincronización entre ambos mundos ya comenzó.”
“El cuerpo sufrirá un deterioro progresivo.”
Miré mis manos.
Temblaban.
Una ligera punzada atravesó mi pecho.
El sistema continuó.
“Cada episodio reducirá la estabilidad vital.”
“Cuando llegue a cero, el regreso será irreversible.”
Cerré los ojos.
—Entendido.
No sentí miedo.
Solo alivio.
A la mañana siguiente desperté con fiebre.
El médico militar habló de agotamiento.
Yo sabía que no era eso.
El sistema estaba cumpliendo su promesa.
Mientras desayunaban, escuché las voces desde el comedor.
Serena reía.
Jason le preparaba café.
Mason discutía con Elliot sobre el torneo militar.
Adrian revisaba documentos sin levantar la vista.
Nadie preguntó si yo había desayunado.
Como siempre.
Tomé una manzana.
Antes de salir, Adrian habló por primera vez.
—Ivy.
Me detuve.
—Esta noche habrá una ceremonia para felicitar a Serena por el torneo.
Asentí.
—Bien.
—Necesito que asistas.
—Está bien.
Esperó alguna protesta.
Algún reproche.
Alguna escena.
No llegó.
Cuando cerré la puerta, los cuatro intercambiaron una mirada.
Jason habló primero.
—¿No les parece rara?
Elliot respondió sin levantar la vista.
—Solo está haciendo un berrinche más largo.
Sin embargo, Mason permaneció en silencio.
Algo empezaba a incomodarlo.
Esa tarde fui al cementerio militar.
Llevé flores al comandante Morgan.
Me arrodillé frente a su tumba.
—Papá…
Era la primera vez que utilizaba esa palabra desde que llegué a este mundo.
Él me había adoptado.
Me enseñó a montar.
A disparar.
A no bajar nunca la cabeza.
Y, aun así, no pudo protegerme de las personas que más quería.
Permanecí allí casi una hora.
Cuando me levanté, una fuerte punzada atravesó mi pecho.
Caí de rodillas.
La sangre apareció en mi palma.
El sistema habló de nuevo.
“Estabilidad vital: 70 %.”
Sonreí.
Más rápido de lo que esperaba.
Aquella noche la base militar estaba llena de música.
Serena recibió una medalla por obtener el primer lugar en el torneo.
Todos aplaudían.
Jason sostenía el ramo de flores.
Elliot pronunciaba el discurso oficial.
Mason grababa fotografías.
Adrian observaba a Serena con un orgullo imposible de ocultar.
Yo permanecía al fondo del salón.
Nadie parecía notar mi presencia.
Hasta que un soldado entró apresuradamente.
—¡General Walsh!
Adrian giró la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos el dispositivo utilizado para editar el video difundido la noche de su boda.
Toda la sala quedó en silencio.
Adrian se puso de pie.
—¿Quién fue?
El técnico entregó una tableta.

—Logramos recuperar los registros eliminados.
En la pantalla aparecieron varias secuencias.
La habitación donde originalmente se grabó el video.
La fecha.
La hora.
Y una persona manipulando la edición.
No era Ivy.
Tampoco Adrian.
Era Serena.
Jason dio un paso atrás.
—Eso…
Mason dejó caer la cámara.
Elliot arrebató la tableta.
Revisó los archivos una y otra vez.
No había duda.
El video había sido manipulado para convertir una grabación privada en una humillación pública.
Serena palideció.
—Iba a explicarlo…
Adrian la miró como si fuera una desconocida.
—¿Fuiste tú?
Ella rompió a llorar.
—Solo quería que Ivy dejara de interponerse.
—Pensé que después de esto aceptarías divorciarte.
El salón entero quedó en silencio.
Jason recordó inmediatamente aquella noche.
Recordó cómo había obligado a Ivy a disculparse.
Cómo la acusó de querer llamar la atención.
Sintió un dolor insoportable en el pecho.
Mason bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez comprendía por qué Ivy había dejado de defenderse.
Solo Elliot seguía inmóvil.
Observaba la puerta del salón.
Como si esperara que Ivy apareciera en cualquier momento.
Pero ella no estaba allí.
En ese mismo instante yo caminaba sola por el viejo campo de entrenamiento.
El viento era frío.
Respirar empezaba a costarme trabajo.
El sistema anunció:
“Estabilidad vital: 55 %.”
Sonreí con cansancio.
Faltaba poco.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Primero Jason.
Después Mason.
Luego Elliot.
Finalmente Adrian.
Los cuatro llamaban sin descanso.
Apagué el teléfono.
Ya no tenía nada que decirles.
Cuando regresaron a la residencia descubrieron que mi habitación estaba completamente ordenada.
No había fotografías.
Ni cartas.
Ni regalos.
Solo encontraron un sobre blanco sobre la cama.
Adrian lo abrió.
Dentro había una única hoja.
Escrita con mi letra.
“Gracias por haberme acompañado durante estos dieciséis años.”
“Cumplí la promesa que hice cuando llegué a esta familia.”
“Ahora también voy a cumplir la última.”
“No vuelvan a buscarme.”
“Porque cuando lean esta carta… ya habré empezado el camino de regreso a casa.”
Jason dejó caer la hoja.
—¿Qué significa eso?
Nadie pudo responder.
Porque ninguno de ellos sabía que la mujer a la que habían despreciado durante años nunca había pertenecido realmente a ese mundo.
Y cuando por fin empezaban a descubrir toda la verdad…
El tiempo que les quedaba para pedir perdón ya casi se había agotado.