Sebastián no cerró los ojos en toda la noche.
Esperó a que Lorena se durmiera.
A las seis de la mañana tomó el frasco donde había guardado el licuado y salió de la casa con la excusa de una revisión médica.
Pero no fue al hospital.
Fue directamente al despacho de su abogado.
—Necesito que esto se analice hoy mismo —dijo dejando el frasco sobre el escritorio—. Y que nadie sepa que vine.
El abogado, Ricardo Montalvo, comprendió la gravedad de su expresión.
—¿Sospechas de tu esposa?
Sebastián tardó unos segundos en responder.
—Necesito pruebas antes de creer algo tan terrible.
Aquella misma tarde, el frasco llegó a un laboratorio privado.
Mientras tanto, Sebastián regresó a casa fingiendo no sospechar de nada.
Lorena lo recibió con una sonrisa perfecta.
—¿Cómo te fue con el oftalmólogo?
—Dice que debo seguir exactamente el mismo tratamiento.
Ella pareció respirar aliviada.
—¿Ves? Yo solo quiero ayudarte.
Durante la cena volvió a servirle otro licuado.
Esta vez Sebastián fingió beberlo delante de ella.

Cuando Lorena fue a contestar una llamada, cambió discretamente el vaso por otro que había preparado antes con la misma apariencia.
Ella nunca lo notó.
Tres días después sonó el teléfono del abogado.
—Ya tenemos los resultados.
Sebastián acudió solo.
El especialista colocó un informe sobre la mesa.
—Encontramos varias sustancias que no forman parte de ningún tratamiento para mejorar la vista.
El corazón de Sebastián comenzó a acelerarse.
—¿Qué provocan?
—Administradas durante meses pueden producir visión borrosa progresiva, desorientación, dependencia del cuidador y, con el tiempo, daños neurológicos permanentes.
El mundo pareció detenerse.
—¿Fue intencional?
El perito lo miró fijamente.
—Es imposible que esa mezcla haya llegado al vaso por accidente.
Sebastián cerró los ojos.
Ocho años de matrimonio.
Cuatro meses creyendo que estaba perdiendo la vista.
Todo había sido provocado.
El abogado deslizó otro documento.
—Hay algo más.
—¿Qué ocurre?
—Mientras esperábamos los resultados, revisamos algunos movimientos patrimoniales.
Sebastián frunció el ceño.
—Lorena solicitó hace dos meses un poder notarial para administrar tus empresas alegando incapacidad visual.
Sintió un nudo en el estómago.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sabemos. La solicitud fue rechazada porque faltaba tu firma.
Ricardo respiró hondo antes de continuar.
—Pero también encontramos una póliza de seguro de vida contratada hace seis meses.
Sebastián sintió un escalofrío.
—¿Por cuánto?
—Cincuenta millones de pesos.
El beneficiario principal era Lorena.
En ese instante, el teléfono de Sebastián vibró.
Era un mensaje de Ximena.
Solo contenía una fotografía.
En la imagen aparecía Lorena entrando a una cafetería del sur de la ciudad.
Sentado frente a ella estaba el mismo médico con quien había hablado aquella noche desde el balcón.
Pero lo que dejó a Sebastián completamente inmóvil no fue reconocer al médico.
Fue ver que, entre ambos, había una niña de unos siete años… idéntica a Lorena.
Y debajo de la fotografía, Ximena escribió una sola frase:
“Ella no es su sobrina… es su hija.”