PARTE 2 – EL COLLAR NO HABÍA SIDO ROBADO

Las sirenas se escucharon cada vez más cerca.

El hombre misterioso mantuvo al muchacho inmovilizado contra el suelo mientras la multitud exigía que la policía se lo llevara.

—¡Revisen sus bolsillos! —gritó la dueña del collar—. Seguro ha robado muchas cosas más.

El joven levantó el rostro con dificultad.

—Yo no robé ese collar.

Varias personas comenzaron a reírse.

La mujer herida avanzó sosteniéndose el brazo.

Vestía un abrigo elegante y tenía una pequeña herida cerca de la ceja.

—Lo arrancaste de mi cuello delante de todos.

—Porque alguien intentaba matarla por esa joya —respondió el muchacho.

La multitud quedó en silencio.

El hombre que lo había capturado apretó con más fuerza su hombro.

—Deja de inventar historias.

El joven señaló el collar, que permanecía sobre el pavimento.

—Miren detrás del diamante central.

La propietaria dudó.

Uno de los policías acababa de llegar y recogió la joya usando guantes.

Al examinarla, descubrió una diminuta luz roja escondida en el broche.

—Hay un dispositivo dentro —dijo el agente.

La mujer palideció.

—¿Un localizador?

El joven asintió.

—Vi a dos hombres siguiéndola desde que salió del hotel. Uno de ellos dijo que debían esperar hasta que llegara al callejón.

—¿Por qué no avisaste a la policía? —preguntó el agente.

—Lo intenté. Pero uno de ellos me vio.

El muchacho explicó que había arrancado el collar para alejar el localizador de la mujer.

Después corrió con la esperanza de que los perseguidores lo siguieran a él.

La víctima miró alrededor con miedo.

—Entonces, ¿quién me hirió?

—El hombre que intentó quitarme la joya antes de que yo pudiera escapar.

Todos buscaron con la mirada entre la multitud.

Pero ya no estaba.

El hombre misterioso que había atrapado al joven soltó lentamente su hombro.

—Eso no demuestra que seas inocente.

El muchacho se puso de rodillas.

Su cabeza estaba cubierta de cortes pequeños causados por la navaja.

—Revise mi teléfono.

Uno de los agentes tomó el aparato.

Dentro había un video grabado minutos antes.

Las imágenes mostraban a dos hombres siguiendo a la mujer.

Uno hablaba por teléfono.

—Cuando el collar entre al edificio, sabremos que ella también entró. Nadie debe salir con vida.

El rostro de la propietaria perdió todo el color.

—¿Qué edificio?

El joven la miró.

—El restaurante donde iba a reunirse con su hermana.

Ella retrocedió.

Nadie debía conocer aquella cita.

Ni siquiera su familia sabía que su hermana había regresado a la ciudad después de veinte años.

Los policías enviaron una patrulla al restaurante.

Minutos después recibieron una llamada.

Dentro encontraron un artefacto incendiario conectado a un receptor remoto.

Si la mujer hubiera entrado llevando el collar, la señal habría activado el mecanismo.

La multitud dejó de mirar al joven como a un ladrón.

En realidad, había evitado una tragedia.

El policía se volvió hacia el hombre misterioso.

—Necesitamos su identificación.

Él permaneció inmóvil.

—Solo intentaba ayudar.

—Entonces no tendrá problema en identificarse.

El sujeto miró hacia la salida del callejón.

Después intentó correr.

Dos agentes lo detuvieron antes de que avanzara varios metros.

Al registrarlo, encontraron un segundo receptor y una fotografía de la mujer marcada con una cruz roja.

La dueña del collar sintió que las piernas le fallaban.

—Él fue quien me persiguió.

El joven señaló la navaja.

—Y me rapó para destruir algo.

El agente observó el cabello esparcido por el suelo.

Entre los mechones había un pequeño objeto negro.

Era una microcámara.

El muchacho explicó que llevaba semanas investigando a una organización que usaba joyas modificadas para rastrear a sus víctimas.

Había escondido aquella cámara entre su cabello para grabar las entregas.

El hombre misterioso lo sabía.

Por eso no había intentado castigarlo.

Quería destruir la prueba antes de que llegara la policía.

Los agentes esposaron al verdadero agresor.

La mujer se acercó al muchacho con lágrimas en los ojos.

—Me salvaste y yo permití que todos te trataran como un criminal.

Él bajó la mirada.

—Todavía no estamos a salvo.

Sacó de su zapato una pequeña tarjeta de memoria.

—El video contiene los nombres de las próximas víctimas.

El policía introdujo la tarjeta en su computadora.

Apareció una lista de empresarios, jueces y periodistas.

Pero el último nombre dejó a la mujer sin poder respirar.

Era el de su hermana.

Y junto a él figuraba una hora:

Medianoche.

Faltaban menos de veinte minutos.

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