El coche avanzó bajo la lluvia mientras Elena abrazaba a su hijo con todas sus fuerzas.
Todavía le costaba creer lo que acababa de escuchar.
Miró al hombre sentado frente a ella.
—¿Usted… es el dueño de ese edificio?
Él asintió con serenidad.
—Mi nombre es Gabriel Montenegro. Hace veinte años fundé el grupo empresarial al que pertenece esa oficina. Hoy fui a supervisar unas inversiones y terminé presenciando algo que jamás debió ocurrir.
Elena bajó la mirada.
—No quería llevar a mi hijo. Pasó toda la noche con fiebre. La guardería lo rechazó y mi vecina tuvo una emergencia. Si faltaba al trabajo, también me despedían.
El pequeño comenzó a toser.
Gabriel tomó el teléfono.
—Que el doctor Salinas nos espere en la residencia.
—Sí, señor.
—Y preparen una habitación para la señora Elena y su hijo. Permanecerán con nosotros el tiempo que sea necesario.
Elena abrió los ojos con sorpresa.
—No puedo aceptar tanto.
—Lo que no puedes hacer es volver a ese infierno.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien hablaba pensando en ella.
Mientras tanto, en la oficina, el director Víctor Salgado seguía caminando con arrogancia entre los escritorios.
—Que esto les sirva de ejemplo —dijo levantando la voz—. Aquí no se viene a traer problemas personales.
Nadie respondió.
Hasta que la recepcionista recibió una llamada.
Su rostro perdió el color.
—Señor… lo buscan de la presidencia corporativa.
Víctor tomó el teléfono con una sonrisa confiada.
—Habla el director Salgado.
Del otro lado solo escuchó una voz firme.
—En quince minutos habrá una reunión extraordinaria. Su presencia es obligatoria.
—¿De qué se trata?
—El propietario del grupo quiere hablar personalmente con usted.
La llamada terminó.
Víctor sintió un ligero escalofrío.
En cinco años de trabajo, jamás había sido citado directamente por el dueño.

La residencia Montenegro parecía un pequeño palacio.
El médico revisó al niño durante casi media hora.
—Solo es una fuerte infección respiratoria. Llegaron a tiempo. Esta noche permanecerá en observación y mañana estará mucho mejor.
Elena respiró aliviada.
Las piernas dejaron de sostenerla.
Gabriel alcanzó a sujetarla antes de que cayera.
Fue entonces cuando la manga de su blusa se levantó.
Los profundos moretones cubrían casi todo su brazo.
El empresario frunció el ceño.
—Esas marcas no son de hoy.
Elena intentó esconderlas.
—No es nada.
—¿Quién te hizo eso?
Ella guardó silencio.
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
Después de varios segundos, apenas logró susurrar:
—Mi esposo.
El rostro de Gabriel cambió por completo.
En ese instante comprendió que despedirla había sido apenas el comienzo de la tragedia.
Y decidió que, antes de que terminara la noche, no solo caería un director abusivo.
También el hombre que llevaba años destruyendo la vida de Elena.