PARTE 2 – EL EXPEDIENTE DE LA CAMA OCHO

Gabriel cerró la puerta del archivo detrás de él.

El golpe seco resonó entre los estantes metálicos.

Mateo permaneció agachado junto a las carpetas que habían caído al suelo.

En la primera página aparecía el nombre de su padre.

Debajo había una anotación escrita con tinta roja:

“Paciente fallecido después del protocolo ocho.”

Mateo levantó la mirada.

—Tú lo mataste.

Gabriel sostuvo la jeringa frente a su pecho.

—Tu padre sabía demasiado.

Lucía apareció detrás del médico.

—Deja la jeringa, Gabriel.

Él giró apenas la cabeza.

—Tú también me traicionaste.

La enfermera mantenía un teléfono oculto junto a su uniforme.

La conversación estaba siendo grabada.

—¿Cuántos pacientes murieron por ese protocolo? —preguntó ella.

Gabriel sonrió.

—Los suficientes para financiar este hospital.

Mateo sintió que el estómago se le revolvía.

Las carpetas contenían informes alterados, firmas falsas y transferencias a una empresa farmacéutica.

Gabriel había probado medicamentos no autorizados en pacientes sin familia.

Si alguno sufría complicaciones, cambiaba su expediente y declaraba que había muerto por la enfermedad original.

—Mi padre descubrió las pruebas —dijo Mateo.

—Y quiso entregarlas a la policía —respondió Gabriel—. Por eso terminó en la cama ocho.

Lucía palideció.

—Entonces esa cama nunca fue una casualidad.

Gabriel negó lentamente.

La cama ocho estaba conectada a una bomba de medicación especial.

Desde el despacho del médico podían cambiar la dosis sin entrar en la habitación.

Así nadie veía quién provocaba las emergencias.

Mateo miró la carpeta roja.

Su nombre también aparecía allí.

Había ingresado al hospital con un dolor leve.

Pero Gabriel había ordenado mantenerlo internado.

—Querías hacerme lo mismo que a mi padre.

—Debiste dejar de investigar.

Gabriel avanzó con la jeringa.

Mateo tomó uno de los archivadores y lo arrojó contra la luz.

La habitación quedó casi a oscuras.

Lucía abrió la puerta y gritó:

—¡Seguridad!

Gabriel intentó escapar por el pasillo trasero.

Pero dos agentes aparecieron frente a él.

La enfermera había avisado a la policía antes de darle la llave a Mateo.

El médico retrocedió.

—No pueden arrestarme por unos documentos sin verificar.

Mateo levantó el teléfono de Lucía.

—También tenemos tu confesión.

Gabriel perdió la sonrisa.

Los agentes le quitaron la jeringa y lo esposaron.

Dentro contenía una dosis capaz de detener la respiración de Mateo en pocos minutos.

Mientras revisaban el archivo, encontraron expedientes de diecisiete pacientes fallecidos.

Todos habían ocupado la cama ocho.

El director del hospital llegó poco después.

Miró las carpetas con una expresión de horror perfectamente ensayada.

—No sabía nada de esto.

Lucía lo observó en silencio.

Después sacó una segunda llave de su bolsillo.

—Entonces explique por qué esta llave estaba dentro de su oficina.

El director se quedó inmóvil.

La llave abría un cajón oculto en el archivo.

Dentro había contratos firmados por él, pagos de la farmacéutica y fotografías de Gabriel recibiendo instrucciones.

Gabriel comenzó a reír.

—¿De verdad pensaron que yo dirigía todo?

El director intentó retroceder, pero los policías le bloquearon la salida.

Mateo abrió el último expediente.

No pertenecía a ningún paciente muerto.

Era el historial del hombre que dormía originalmente en la cama nueve.

Su diagnóstico era leve.

Sin embargo, había una orden firmada para trasladarlo esa misma madrugada a la cama ocho.

Mateo comprendió entonces por qué Lucía le había pedido cambiarse.

Él no había ocupado la cama nueve solo para esconderse.

Había salvado sin saberlo al siguiente paciente de la lista.

Pero al dar vuelta la última hoja, encontró una fotografía reciente.

Mostraba a su madre entrando al hospital dos días antes.

Junto a ella aparecía una frase:

“Testigo pendiente. Ingresarla cuando el hijo sea eliminado.”

Mateo levantó la vista, aterrorizado.

Su madre no estaba en casa, como él creía.

La habían internado en otro piso con un nombre falso.

Y el sistema indicaba que acababan de trasladarla a la cama ocho.

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