Parte 2: EL EXPEDIENTE QUE REVELÓ QUE YO ERA EL CUARTO MARIDO EN SU LISTA

No dormí en toda la noche.

Esperé a que Lorena conciliara el sueño.

A las seis de la mañana fingí salir rumbo al oftalmólogo.

En realidad conduje hasta el despacho de un viejo amigo.

Arturo Salinas.

Excomandante de la Policía de Investigación.

Ahora trabajaba como investigador privado.

Cuando terminé de contarle todo, permaneció varios segundos en silencio.

—Si tienes razón, no basta con sospechar.

Necesitamos pruebas.

Le entregué el frasco donde había guardado parte del licuado.

—Empieza por esto.


Dos días después recibí su llamada.

—Sebastián, ven solo.

Su tono era completamente distinto.

Cuando llegué, el frasco estaba sobre la mesa junto a un informe toxicológico.

Arturo respiró hondo.

—No eran vitaminas.

Encontramos varios compuestos capaces de provocar deterioro progresivo de la visión cuando se administran durante meses.

No eran suficientes para matar de inmediato.

Pero sí para volver dependiente a quien los consumiera.

Sentí un escalofrío.

Todo encajaba.

Mi ceguera.

Mi dependencia.

Mi aislamiento.


Arturo abrió entonces otra carpeta.

—Mientras investigábamos a Lorena encontramos algo más.

Mucho más grave.

Dentro había certificados de matrimonio.

Tres.

Todos a nombre de Lorena.

Tres apellidos diferentes.

Tres ciudades distintas.

Y tres actas de defunción.

El primer esposo murió oficialmente por una caída en una escalera.

El segundo sufrió una supuesta reacción alérgica.

El tercero falleció por una insuficiencia hepática de origen desconocido.

Los tres habían contratado seguros de vida millonarios pocos meses antes de morir.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Y yo?

Arturo deslizó una cuarta carpeta.

En la portada aparecía mi nombre.

Sebastián Arriaga.

—Hace tres semanas solicitaron información sobre todas tus pólizas de seguro.

La petición fue realizada utilizando un poder firmado por tu esposa.


Aquella misma tarde decidimos no enfrentarla.

Instalamos discretamente cámaras dentro de la casa.

También cambié el contenido del frasco del licuado por una mezcla inocua preparada por un laboratorio.

Lorena nunca notó la diferencia.

Seguía creyendo que cada vaso me acercaba un poco más a la ceguera.

Mientras tanto, yo comenzaba a recuperar lentamente la vista.


Tres noches después volvió a llamar al mismo médico.

Las cámaras grabaron toda la conversación.

—No entiendo por qué no empeora.

El médico respondió algo que apenas podía escucharse.

—Entonces aumenta la dosis.

Necesitamos que firme los documentos antes de que recupere completamente la visión.

Lorena suspiró.

—El seguro ya está listo.

Solo falta cambiar el testamento.


Con aquellas grabaciones acudimos a la fiscalía.

Creí que el caso estaba resuelto.

Me equivocaba.

El fiscal revisó los documentos y frunció el ceño.

—Conocemos dos de esas muertes.

Nunca pudimos demostrar que fueran homicidios.

Pero hay algo que ustedes aún no saben.

Abrió un viejo expediente.

Dentro había fotografías de una clínica privada.

Y una imagen del médico que hablaba con Lorena.

No era un simple especialista.

Había sido investigado años atrás por emitir certificados falsos de defunción.


Cuando parecía que todo apuntaba únicamente contra ellos, Arturo recibió un nuevo informe.

—Sebastián…

Hay otra persona involucrada.

Revisó los movimientos bancarios.

Los pagos realizados por Lorena terminaban siempre en una misma empresa.

Una consultora médica aparentemente legal.

Pero detrás de esa empresa aparecía un único accionista.

El notario que había redactado los testamentos de sus tres esposos anteriores.


Decidimos tender una última trampa.

Firmé un falso cambio de testamento.

En él dejaba toda mi fortuna a Lorena.

También fingí aceptar una nueva revisión médica en la clínica privada.

Las cámaras ocultas registraron la reunión.

El médico sonrió satisfecho.

—Después de la próxima dosis ya no podrá distinguir ni los rostros.

Será cuestión de semanas.

Lorena respondió con absoluta tranquilidad.

—Perfecto.

Después prepararemos el accidente.


Los agentes entraron en ese mismo instante.

Lorena quedó inmóvil.

El médico intentó huir.

Fue detenido antes de llegar a la puerta.

Creí que todo había terminado.

Hasta que el fiscal abrió el teléfono confiscado al médico.

Encontró un grupo de mensajería llamado “Proyecto Herencia”.

No tenía cuatro miembros.

Ni cinco.

Tenía diecisiete.

Había médicos.

Abogados.

Agentes de seguros.

Y un juez jubilado.

Todos relacionados con viudos y viudas que habían muerto dejando fortunas millonarias.

El último mensaje enviado al grupo llevaba mi fotografía.

Debajo aparecía una sola frase.

“Objetivo número 28. Ejecución programada para este mes.”

Comprendí entonces que Lorena nunca había actuado sola.

Solo era una pieza más dentro de una organización que llevaba años convirtiendo matrimonios en negocios mortales.

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