El reservado quedó completamente en silencio.
Más de veinte personas dejaron los cubiertos sobre la mesa al mismo tiempo.
Beatriz fue la primera en ponerse de pie.
Su sonrisa había desaparecido.
—¡Señor Salas! No sabía que venía al restaurante.
Alejandro Salas, fundador y director ejecutivo de Grupo Alborán, apenas la miró.
Caminó directamente hacia mí.
—Perdona el retraso, cariño. La reunión con los inversores se alargó más de la cuenta.
Se inclinó y me besó con naturalidad.
Como si no hubiera veinte personas observándonos con la boca abierta.
Marcos dejó caer el tenedor.
—Madre mía…
Rubén parpadeó varias veces.
—¿Ese… es tu marido?
Sonreí.
—Sí.
El silencio se volvió incómodo.
Beatriz seguía inmóvil.
—Señor Salas… no sabía que la señora…
Alejandro la interrumpió con una cortesía impecable.
—¿Os conocéis?
Antes de que pudiera responder, Marcos levantó la mano.
—Éramos compañeros de universidad.
Alejandro sonrió.
—Con razón Clara insistió tanto en venir. Me dijo que tenía ganas de reencontrarse con viejos amigos.
Beatriz tragó saliva.
La llamada que había recibido minutos antes seguía iluminando la pantalla de su teléfono.
Era de la Dirección General.
Precisamente porque Alejandro había ordenado localizarla cuando supo dónde estaba cenando su esposa.
El camarero apareció.
—Señor Salas, ¿les preparo su mesa habitual?
—No hace falta.
Miró mi plato.
—¿Terminaste el bogavante?
Negué con una sonrisa.
—Todavía me quedan unas gambas.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces espero.
Aquella escena desconcertó todavía más a todos.
El hombre más poderoso de la empresa esperaba tranquilamente a que su mujer acabara de cenar.
Sin prisas.
Sin mirar el reloj.
Sin dar órdenes.
Beatriz rompió el silencio.
—Señor… nunca nos comentó que estaba casado.

Alejandro respondió con absoluta tranquilidad.
—Porque mi vida privada no forma parte de las reuniones de trabajo.
Después añadió:
—Y Clara tampoco tiene ningún interés en aparecer en revistas o eventos de empresa.
Rubén no pudo contenerse.
—Entonces… ¿es verdad que no trabaja?
Yo respondí antes que mi marido.
—No desde hace cinco años.
Marcos me miró confundido.
—¿Pero por qué?
Alejandro tomó una silla y se sentó a mi lado.
—Porque cuando fundé Grupo Alborán, trabajábamos los dos.
Todos volvieron la vista hacia él.
—Clara desarrolló conmigo el primer modelo financiero de la empresa, preparó los planes para los inversores y pasó noches enteras revisando contratos mientras yo programaba.
Nadie respiraba.
—Cuando la compañía empezó a crecer, alguien tenía que elegir.
Me tomó la mano.
—Yo quería que siguiéramos juntos en la oficina. Ella prefirió quedarse con nuestros hijos.
Las miradas cambiaron por completo.
Alejandro continuó.
—Nunca dejó de trabajar.
Solo dejó de cobrar un sueldo.
Beatriz sintió que el rostro le ardía.
Durante toda la cena había tratado de humillar precisamente a la mujer que había estado detrás del nacimiento de la empresa donde ella llevaba ocho años intentando ascender.
Entonces Alejandro giró lentamente hacia ella.
—Por cierto, Beatriz.
Ella levantó la cabeza de inmediato.
—Sí, señor.
—Hace unas horas recibí un informe sobre el ambiente dentro de tu departamento.
El color desapareció de su rostro.
—¿Perdón?
—Varias personas mencionan comentarios despectivos hacia compañeros, abuso de autoridad y humillaciones públicas.
La mesa entera quedó inmóvil.
Alejandro habló con el mismo tono sereno.
—Pensaba revisar ese informe el lunes.
Miró alrededor del reservado.
—Pero después de escuchar parte de esta conversación…
Hizo una breve pausa.
—Creo que ya no necesito esperar.
Beatriz dejó caer la copa.
El cristal se hizo añicos sobre el suelo.
Y comprendió que el ascenso con el que llevaba años soñando acababa de desaparecer delante de todos sus antiguos compañeros.
CONTINUARÁ…