PARTE 2 – EL HOMBRE DE ROSA ERA LA PEOR PESADILLA DE LA BANDA

El callejón quedó completamente en silencio.

El líder seguía de rodillas, incapaz de liberar su brazo.

El joven de la camiseta rosa aflojó lentamente la presión.

—Te hice una pregunta.

El matón respiró con dificultad.

—¿Quién eres?

El desconocido sonrió apenas.

—Alguien que ustedes llevan años buscando.

Los otros dos hombres intercambiaron una mirada de desconcierto.

Uno de ellos observó con atención el rostro del joven.

De pronto abrió los ojos con terror.

—Jefe… creo que ya sé quién es.

El líder levantó la cabeza.

—Habla.

—Le dicen… El Fantasma Rosa.

El color desapareció del rostro del grupo.

Hacía cinco años circulaban historias sobre un hombre que aparecía cuando las pandillas atacaban a inocentes.

Nunca robaba.

Nunca mataba.

Pero cada criminal que se enfrentaba a él terminaba entregándose a la policía pocos días después.

Nadie conocía su verdadero nombre.

El joven soltó finalmente el brazo del líder.

—Ahora pueden marcharse.

Los tres permanecieron inmóviles.

El jefe sonrió con desprecio.

—Solo eres un hombre.

Sacó una navaja del bolsillo.

Los otros dos hicieron lo mismo.

La víctima gritó desesperada.

—¡Cuidado!

Los tres atacaron al mismo tiempo.

Todo terminó en menos de diez segundos.

El primero cayó tras un golpe preciso en el hombro.

El segundo perdió la navaja antes de poder acercarse.

El tercero, el líder, terminó nuevamente contra el suelo con la muñeca inmovilizada.

El joven de rosa ni siquiera había recibido un rasguño.

En ese instante comenzaron a escucharse sirenas.

Varias patrullas rodearon el callejón.

Los matones sonrieron.

—Llegan tarde. Él también nos golpeó.

Un inspector descendió del primer vehículo.

Al ver al muchacho de rosa, hizo un leve gesto con la cabeza.

—Buenas noches, Daniel.

Los delincuentes quedaron paralizados.

—¿Lo conoce?

El inspector mostró una credencial.

—Trabaja con nosotros.

El joven negó inmediatamente.

—No exactamente.

El inspector sonrió.

—Nunca aceptó ser policía.

Prefirió colaborar como instructor de defensa para víctimas de violencia.

Daniel ayudó a levantar al muchacho que había sido atacado.

—¿Estás bien?

El joven asintió.

—Me llamo Adrián.

El inspector pidió revisar las mochilas de los detenidos.

Dentro encontraron decenas de teléfonos móviles, billeteras y cadenas robadas.

Pero también apareció una carpeta negra.

Daniel la abrió.

Había fotografías de varias personas.

Cada imagen tenía una dirección escrita al reverso.

Adrián comenzó a temblar.

—Esas fotos…

Señaló una de ellas.

—Es mi hermana.

Daniel levantó la mirada.

—¿Qué sabes de esto?

—Desapareció hace ocho meses.

El inspector revisó el resto de la carpeta.

Había más de cuarenta fotografías.

Todos eran jóvenes reportados como desaparecidos.

El líder comenzó a reír.

—Llegaron demasiado tarde.

Daniel lo tomó del cuello de la chaqueta.

—¿Dónde están?

El hombre respondió con absoluta tranquilidad.

—Nosotros solo los entregábamos.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿A quién?

El matón sonrió.

—Al hombre que paga por cada uno.

El inspector recibió una llamada en ese mismo instante.

Escuchó durante unos segundos antes de guardar silencio.

Luego miró directamente a Daniel.

—Acaban de identificar las huellas encontradas en esa carpeta.

—¿De quién son?

El inspector respiró profundamente.

—Del propietario de la cafetería que está justo frente a este callejón.

Daniel giró lentamente hacia el edificio.

Recordó que había pasado por allí decenas de veces.

Siempre lo atendía el mismo hombre amable.

Un anciano de cabello blanco que regalaba café a los niños del barrio.

Entonces Adrián comenzó a llorar.

—Mi hermana trabajaba allí…

Daniel volvió a mirar la carpeta.

Entre todas las fotografías encontró una que nunca había visto.

Era una imagen suya.

Había sido tomada esa misma mañana.

Al reverso solo había una frase escrita con tinta roja:

“OBJETIVO PRINCIPAL. CAPTURARLO ESTA NOCHE.”

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