Mi teléfono comenzó a sonar a las siete y doce de la mañana.
No reconocí el número.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Cuando contesté, una voz masculina habló con una calma extraña.
—¿Mariana Valcárcel?
Durante cinco años nadie me había llamado por ese apellido.
Sentí que el corazón se detenía.
—Se equivocó.
—No, Mariana. Soy Mateo Ferrer. Trabajé con su padre. Sé quién es usted… y también sé lo que ocurrió ayer.
Cerré los ojos.
Durante unos segundos no pude responder.
Miré a Renata, que todavía dormía abrazando el conejo de peluche que Paulina le había comprado aquella Navidad.
—No quiero volver a esa vida.
—No la llamo para convencerla de regresar. La llamo porque su padre ya vio el video.
Sentí un nudo en la garganta.
Cinco años.
Cinco años sin hablar con él.
Cinco años creyendo que había aceptado mi decisión.
—¿Qué dijo?
Mateo guardó silencio unos instantes.
—Lloró.
Nunca había escuchado esas palabras junto al nombre de mi padre.
Don Arturo Valcárcel jamás lloraba delante de nadie.
Era el hombre que negociaba contratos de miles de millones de pesos sin alterar la voz.
El empresario al que todos temían.
El padre que siempre parecía de piedra.
—Quiere verla.
—No.
Mi respuesta salió demasiado rápido.
—Mariana…
—No.
Colgué.
Apoyé el teléfono sobre la mesa y respiré profundamente.
Paulina apareció desde la cocina con dos tazas de café.
—¿Era él?
Asentí lentamente.
Ella dejó la taza frente a mí.
—¿Vas a esconderte toda la vida?
No respondí.
Porque ni yo misma conocía la respuesta.

Mientras tanto, Ernesto despertaba convencido de haber ganado.
Entró a Facebook.
El video ya superaba los tres millones de reproducciones.
Los comentarios se acumulaban por miles.
Muchos lo insultaban.
Pero él solo leía los que se burlaban de mí.
—¿Ves? —le dijo a Brenda mientras desayunaban juntos en un restaurante de Satélite—. Ahora todos saben lo ridícula que es.
Brenda sonrió.
—Hasta podríamos monetizar esto.
Los dos rieron.
Entonces sonó el teléfono de Ernesto.
Era Ricardo.
El supuesto inversionista que llevaba meses prometiéndole participar en un desarrollo inmobiliario.
—¿Qué pasó? —contestó Ernesto.
La voz del otro lado sonó nerviosa.
—Se cayó la reunión con Ferrer Capital.
—¿Por qué?
—Mateo Ferrer canceló todo.
Ernesto frunció el ceño.
—No importa. Buscaremos otro fondo.
Ricardo tragó saliva.
—No entiendes.
—¿Qué?
—No solo canceló.
También llamó a otras tres firmas.
Ninguna quiere reunirse contigo.
La sonrisa desapareció del rostro de Ernesto.
—¿De qué demonios hablas?
—Dicen que eres… un riesgo reputacional.
Brenda dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Eso es imposible.
Ricardo continuó.
—Y hay otra cosa.
—Habla.
—Alguien compró la deuda de tu empresa esta madrugada.
Ernesto sintió un escalofrío.
Aquella deuda llevaba meses negociándose.
Nadie sabía que estaba al borde de la quiebra.
—¿Quién la compró?
—No aparece el nombre.
Solo una sociedad administradora.
Pero pagaron todo de contado.
La llamada terminó.
Por primera vez en mucho tiempo, Ernesto sintió miedo.
A cientos de kilómetros de allí, en una oficina con vista al Paseo de la Reforma, don Arturo permanecía de pie frente a la enorme ventana.
Sobre su escritorio descansaba una fotografía.
Mi madre.
Sonriendo.
Con el mismo anillo de jacaranda entre los dedos.
Entró su asistente.
—Señor, ya están aquí los abogados.
—Que esperen.
—También llegaron los directores del grupo.
—Que esperen.
El hombre dudó.
—Hay una reunión con los bancos internacionales.
Don Arturo levantó lentamente la vista.
—Todo puede esperar.
Mi hija no.
Tomó nuevamente el teléfono.
Marcó un número.
—Necesito localizar a Ernesto Salinas.
—Sí, señor.
—Y quiero un informe completo.
Empresas.
Propiedades.
Deudas.
Cuentas.
Amantes.
Socios.
Todo.
El asistente tragó saliva.
—¿Con qué prioridad?
Don Arturo respondió sin apartar la mirada del anillo que aparecía congelado en la pantalla del video.
—Con la misma prioridad con la que encontrarían al hombre que acaba de declararle la guerra a mi familia.
Pero mientras el imperio Valcárcel comenzaba a moverse, nadie imaginaba que la persona que primero tocaría la puerta del pequeño departamento de Paulina no sería mi padre… sino alguien que llevaba cinco años buscándome en silencio y conocía un secreto sobre la noche en que desaparecí que cambiaría absolutamente todo.