PARTE 2: EL NIÑO QUE CAMBIÓ TODO.

El lunes, Mariana llegó a las seis y media de la mañana.

El edificio corporativo todavía estaba casi vacío.

Se puso el uniforme gris, recogió su cabello en una coleta y comenzó a limpiar el piso ejecutivo con la misma dedicación con la que antes organizaba cuentas y conciliaciones bancarias.

No pensaba quedarse allí para siempre.

Solo necesitaba pagar la renta y que Emiliano siguiera desayunando todas las mañanas.

Mientras limpiaba la sala de juntas, escuchó pasos.

Era Gabriel.

Los dos se quedaron inmóviles.

—No tenía por qué venir tan temprano —dijo él.

—Los pisos no se limpian solos.

Gabriel intentó sonreír.

Ella siguió pasando el trapeador como si él fuera otro empleado más.

—Mariana… necesito explicarte lo que pasó hace quince años.

Ella levantó la vista por primera vez.

—¿Cambiaría algo?

Él guardó silencio.

—Eso imaginé.

Continuó trabajando.

Aquella respuesta le dolió más que cualquier reproche.

Durante toda la semana, Gabriel encontraba cualquier excusa para cruzarse con ella.

Le preguntaba si necesitaba mejores herramientas, si el uniforme le quedaba bien o si el horario era demasiado pesado.

Mariana respondía siempre igual.

—Estoy bien, señor Solís.

Ese “señor Solís” levantaba un muro entre los dos.

El viernes, al terminar su turno, Mariana recibió una llamada de la vecina.

Su voz sonaba alterada.

—¡Ven rápido! Emiliano tiene mucha fiebre.

Mariana salió corriendo sin siquiera cambiarse el uniforme.

Cuando llegó al cuarto que rentaban, encontró a su hijo ardiendo.

El termómetro marcaba casi cuarenta grados.

Lo envolvió en una cobija y salió desesperada a buscar un taxi.

No tenía suficiente dinero.

Las lágrimas empezaban a nublarle la vista cuando una camioneta negra se detuvo frente a ella.

La ventana descendió lentamente.

Era Gabriel.

—Sube.

—No.

—Mariana, el niño necesita un hospital.

Ella abrazó con más fuerza a Emiliano.

—No necesito tu compasión.

Gabriel abrió la puerta y bajó del vehículo.

Miró al pequeño apenas unos segundos.

El niño respiraba con dificultad.

—Si quieres odiarme, hazlo después. Pero no pongas en riesgo a tu hijo.

Mariana dudó.

Solo un instante.

Después subió.

Durante todo el camino nadie habló.

Gabriel condujo tan rápido como pudo hasta un hospital privado de Interlomas.

Los médicos recibieron de inmediato al pequeño.

Una enfermera se acercó con varios formularios.

—Necesitamos un depósito inicial de cincuenta mil pesos.

Mariana sintió que el mundo volvía a derrumbarse.

Abrió lentamente su cartera.

Tenía ciento veinte pesos.

Antes de que pudiera decir una palabra, Gabriel entregó su tarjeta.

—Cárguenlo todo a mi cuenta.

Mariana giró con rabia.

—No quiero tu dinero.

—No es por ti.

Miró hacia la puerta de urgencias.

—Es por él.

Las horas pasaron lentamente.

Cuando por fin el pediatra salió, ambos se levantaron al mismo tiempo.

—El niño está estable —explicó el médico—. Fue una infección fuerte, pero llegó a tiempo.

Mariana rompió a llorar por primera vez en muchos años.

Las piernas dejaron de sostenerla.

Gabriel dio un paso para ayudarla.

Ella retrocedió.

—No me toques.

El médico sonrió al ver la escena.

—Por cierto… el pequeño preguntó varias veces por su papá.

Mariana bajó la cabeza.

—No tiene.

El médico asintió y regresó a la habitación.

Gabriel permaneció inmóvil.

Minutos después, una enfermera salió con un dibujo hecho por Emiliano mientras esperaba los medicamentos.

—¿Quién es el familiar de Emiliano?

Mariana levantó la mano.

La enfermera le entregó la hoja.

En el dibujo aparecían tres personas tomadas de la mano.

Debajo, con letras torcidas, podía leerse:

“Mi mamá. Yo. Y el señor que nos salvó.”

Gabriel sintió un nudo en la garganta.

Pero todavía no imaginaba que la verdadera razón por la que aquel niño le resultaba tan familiar estaba a punto de cambiar su vida para siempre.

CONTINUARÁ…

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