Teresa no miraba a Mateo.
Miraba la pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda.
La misma marca que Nicolás había tenido desde niño después de caer de una bicicleta frente a aquella casa.
—No puede ser… —susurró.
Arturo se volvió hacia ella.
—¿Qué cosa no puede ser?
Teresa comenzó a temblar.
Valeria lo entendió de inmediato.
—Tú sabías que Nicolás era el padre.
Arturo giró lentamente hacia su esposa.
—¿De qué está hablando?
Teresa retrocedió hasta apoyarse en la pared.
—Yo solo quería evitar una tragedia.
Valeria apretó los puños.
—La tragedia ocurrió cuando me dejaron en la calle embarazada.
Mateo permanecía junto a su madre, confundido.
Arturo miró a Teresa con furia.
—Habla ahora.
Ella rompió a llorar.
Tres días antes de morir, Nicolás había ido a buscarla.
Llevaba una carpeta azul y un anillo pequeño.
Le confesó que Valeria estaba embarazada y que quería pedir su mano.
Pero también le reveló algo que podía destruir a ambas familias.
Nicolás había descubierto que Arturo y su propio padre llevaban años desviando dinero de una empresa de transporte.
—Eso es mentira —rugió Arturo.
Teresa negó.
—Traía documentos. Dijo que primero te daría la oportunidad de devolver el dinero.
Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Y qué hiciste con esa carpeta?
Teresa bajó la cabeza.
—La escondí.
Arturo golpeó la puerta con la palma.
—¿Durante diez años?
—Tuve miedo. Nicolás murió esa misma noche en un supuesto accidente. Pensé que alguien lo había silenciado.
La sala quedó en absoluto silencio.
Valeria abrazó a Mateo.
Durante una década había creído que Nicolás nunca llegó porque la había abandonado.
Ahora sabía que había intentado protegerla.
Teresa caminó hasta un viejo armario del pasillo.
Sacó una caja metálica cubierta de polvo.
Dentro estaba la carpeta azul.
También había una carta dirigida a Valeria.
Ella la abrió con manos temblorosas.
“Si estás leyendo esto, significa que no pude cumplir mi promesa. No dudes nunca de que quería a nuestro hijo. Tampoco creas que me alejé de ti. Lo único que temo es que Arturo descubra demasiado pronto lo que encontré.”
Valeria levantó la vista.
Su padre estaba pálido.
Dentro de la carpeta había transferencias, contratos falsificados y fotografías de reuniones secretas.
En una de ellas aparecía Arturo recibiendo dinero.
Pero no estaba solo.
A su lado se encontraba el padre de Nicolás.
Arturo se dejó caer en una silla.
—Yo no provoqué su muerte.
—Pero sabías que estaba investigando —dijo Valeria.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Mateo, que había permanecido en silencio, tomó una de las fotografías.

—Mamá, este hombre estuvo ayer afuera de nuestra casa.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuál hombre?
El niño señaló al padre de Nicolás.
Teresa palideció.
—Eso es imposible. Murió hace seis años.
Mateo negó con firmeza.
—Era él. Me preguntó si yo me llamaba Mateo Salgado.
En ese instante sonó el teléfono de Valeria.
Era un número desconocido.
Al contestar, una voz masculina habló con absoluta calma.
—Ya era hora de que llevaras al niño a Querétaro.
Valeria apretó el aparato.
—¿Quién eres?
El hombre soltó una risa breve.
—Soy el abuelo de Mateo.
Y antes de que abras el resto de la carpeta, será mejor que sepas una cosa.
Nicolás no murió en aquel accidente.