PARTE 2: EL SELLO DE JADE REVELÓ UNA VERDAD QUE HIZO ARRODILLARSE A TODOS.

El anciano tomó el sello de jade con ambas manos como si sostuviera la vida misma.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Después de veinticinco años… por fin apareció.

Todo el patio quedó en silencio.

Ni siquiera la lluvia parecía hacer ruido.

El jefe tragó saliva.

—¿Qué… qué está pasando?

El anciano levantó lentamente la mirada.

—Este sello pertenece a la familia Liang. Sin él, ningún heredero puede asumir el control del grupo.

Los empleados comenzaron a mirarse entre sí.

Todos conocían el nombre de Grupo Liang.

Era el conglomerado empresarial más poderoso del país.

Con miles de empresas, bancos, hoteles y fábricas bajo su control.

El jefe empezó a retroceder.

—Eso… eso es imposible.

El anciano sonrió con serenidad.

—Nada es imposible.

Se volvió hacia Mateo.

—Joven maestro… por fin lo encontramos.

Mateo permanecía inmóvil.

—Debe haber un error. Yo solo soy un empleado.

El anciano negó con la cabeza.

—Hace veinticinco años, para protegerlo de quienes querían quedarse con la fortuna familiar, su abuelo ordenó que usted creciera lejos de todos. Solo este sello podía demostrar su verdadera identidad cuando llegara el momento.

Mateo sintió que las piernas le fallaban.

Recordó entonces una escena de su infancia.

Su abuela siempre le repetía:

—Nunca pierdas esa vieja mochila. Algún día entenderás por qué.

Jamás imaginó que el sello había permanecido oculto durante tantos años entre el doble fondo de aquella mochila desgastada.

El jefe intentó sonreír.

—Mateo… todo esto debe ser una confusión. Tú eres parte de esta empresa. Siempre te hemos considerado de la familia.

Nadie respondió.

Los empleados bajaron la mirada.

Todos recordaban las humillaciones.

Las horas extras sin pagar.

Los insultos delante de clientes.

Las amenazas de despido.

El anciano observó al jefe con frialdad.

—¿Es usted quien acaba de patear la mochila del joven maestro?

El hombre empezó a sudar.

—Fue… fue un malentendido.

Uno de los empleados dio un paso al frente.

—No, señor. Lo humilla casi todos los días.

Otro levantó la voz.

—Le quitó varios bonos diciendo que no los merecía.

Una mujer añadió con indignación.

—Y hace una semana lo obligó a limpiar el estacionamiento bajo la lluvia.

Cada testimonio era un golpe.

El rostro del jefe perdió completamente el color.

En ese momento, varios vehículos negros más entraron al estacionamiento.

De ellos descendieron abogados, directivos y miembros del consejo de Grupo Liang.

Uno de ellos caminó directamente hacia el jefe.

—Acabamos de adquirir el ciento por ciento de las acciones de esta empresa hace treinta minutos.

El hombre quedó petrificado.

—¿Qué… qué significa eso?

El directivo respondió sin levantar la voz.

—Que desde este instante usted ya no es el director general.

Después giró hacia Mateo e inclinó respetuosamente la cabeza.

—Joven maestro, el consejo está listo para recibir sus primeras órdenes.

Mateo miró su vieja mochila, todavía cubierta de barro.

Luego observó al hombre que durante años había disfrutado humillándolo.

Pero antes de pronunciar una sola palabra, una mujer elegantemente vestida descendió del último automóvil, lo vio de frente y, entre lágrimas, susurró una frase que dejó a todos sin respiración:

—Hijo… llevo veinticinco años buscándote.

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