Parte 2: EL SOBRE QUE EDUARDO ESCONDIÓ DURANTE VEINTE AÑOS

Ramón Cortés ya me estaba esperando cuando llegué al último piso de Grupo Arcadia.

No sonrió.

Ni siquiera me ofreció la mano.

Se limitó a cerrar la puerta de su despacho con llave y bajar las persianas automáticas.

Aquello hizo que el corazón me golpeara con fuerza.

—Señora Bravo… antes de enseñarle nada necesito hacerle una pregunta.

Asentí en silencio.

—¿Su hijo sabe que está aquí?

—No.

Ramón dejó escapar un leve suspiro de alivio.

—Entonces aún llegamos a tiempo.

Sacó una pequeña caja fuerte escondida detrás de un cuadro y marcó una combinación.

Dentro había un único sobre color marfil.

En el frente estaba escrita la letra de Eduardo.

“Solo para Marisa.”

Sentí un nudo en la garganta.

Reconocería aquella caligrafía entre miles.

Ramón colocó el sobre delante de mí.

—Su marido me pidió que no se lo entregara hasta tres días después de su funeral.

—¿Por qué?

Me miró fijamente.

—Porque sospechaba que alguien intentaría controlar todo lo que dejaba atrás.

Mis manos comenzaron a temblar mientras rompía el sello.

La carta empezaba con pocas palabras.

“Marisa, si estás leyendo esto significa que ya no puedo protegerte personalmente.”

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

Continué leyendo.

“No confíes en nadie hasta terminar esta carta. Ni siquiera en Javier.”

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Levanté la vista hacia Ramón.

Él no dijo nada.

Solo me indicó que siguiera.

“Sé que esto te romperá el corazón, pero prefiero que me odies por callar antes que dejarte indefensa.”

Pasé la página.

Eduardo explicaba que durante casi dos años había descubierto movimientos extraños en varias de sus cuentas personales.

Al principio creyó que eran errores del banco.

Después comprendió que alguien cercano utilizaba sus claves para mover pequeñas cantidades de dinero.

Siempre importes discretos.

Nunca lo bastante grandes para despertar sospechas.

Pero suficientes para acumular cientos de miles de euros.

Mi respiración se aceleró.

Seguí leyendo.

“Contraté a un investigador privado sin decirte nada.”

Debajo aparecía una fotografía.

Era Javier.

Entrando en una sucursal bancaria.

Sentí un escalofrío.

Había otra imagen.

Javier y Paula reunidos con un hombre al que no conocía.

Luego otra.

Los tres saliendo de una notaría.

Miré a Ramón completamente desconcertada.

—¿Qué significa todo esto?

Abrió una carpeta gruesa.

—Su marido descubrió que llevaban meses preparando la transferencia de varios bienes familiares.

Negué con la cabeza.

—Eso no puede ser…

Ramón deslizó varios documentos hacia mí.

Reconocí inmediatamente mi firma.

O eso creí durante un segundo.

Después observé con atención.

No era mi firma.

Era una imitación.

Muy buena.

Pero falsa.

—Intentaron obtener un poder notarial usando documentación falsificada.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Entonces recordé todas las veces que Paula insistía en acompañarme al banco.

Las ocasiones en que Javier me pedía firmar “unos papeles sin importancia”.

Siempre encontraba una excusa para posponerlo.

Eduardo lo había visto mucho antes que yo.

Continué leyendo la carta.

“No los denuncié inmediatamente porque necesitaba saber hasta dónde estaban dispuestos a llegar.”

Cada palabra pesaba más que la anterior.

“Y descubrí algo mucho peor.”

Pasé la siguiente hoja.

Había una lista.

Fechas.

Cantidades.

Transferencias.

Ventas.

Movimientos bancarios.

Todo cuidadosamente anotado.

Ramón señaló el último documento.

—La semana pasada intentaron vender esta casa.

Abrí mucho los ojos.

—¿Nuestra casa?

—Sí.

Sin que usted lo supiera.

Me quedé completamente inmóvil.

Recordé la conversación del día anterior.

La residencia.

Las escaleras.

Los riesgos.

No intentaban protegerme.

Intentaban sacarme de mi propia casa.

Eduardo ya lo sabía.

Por eso escribió aquella carta.

Por eso insistió en que solo yo debía leerla.

Mis ojos llegaron al último párrafo.

“Si Javier intenta convencerte de abandonar la casa, no aceptes bajo ningún concepto. Allí permanece la única prueba que todavía no han encontrado.”

Levanté la cabeza inmediatamente.

—¿Qué prueba?

Ramón negó lentamente.

—Eso solo lo sabía Eduardo.

Volví a mirar la carta.

La última frase estaba escrita con tinta diferente, como si la hubiera añadido poco antes de morir.

“Busca donde cada Navidad escondíamos el belén antes de que Javier aprendiera a caminar.”

Sentí un vuelco en el corazón.

Sabía exactamente de qué lugar hablaba.

Un viejo altillo sobre el garaje.

Hacía más de veinte años que nadie subía allí.

Eduardo siempre insistía en guardar personalmente las cajas de Navidad.

Nunca entendí por qué.

Ahora sí.

Guardé cuidadosamente la carta en mi bolso.

—Tengo que volver a casa.

Ramón asintió.

—No vaya sola.

—¿Por qué?

Su expresión se volvió grave.

Abrió una carpeta más.

Dentro había una fotografía tomada apenas dos horas antes.

Era mi casa.

Y frente al portón aparecían Javier y Paula.

No estaban entrando.

Estaban acompañados por dos hombres desconocidos que forzaban discretamente la cerradura del garaje.

Ramón me sostuvo la mirada.

Creo que ellos también han comprendido que Eduardo escondió algo dentro de la casa… y están intentando encontrarlo antes que usted.

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