PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE EL SEÑOR GU OCULTÓ HASTA EL DÍA DE SU BODA.

Las esposas apenas rozaron las muñecas de Valeria cuando ella comenzó a gritar.

—¡Yo no hice nada! ¡Todo fue culpa de Gu Jianhao!

Los oficiales se miraron entre sí.

—Eso tendrá que explicárselo al juez.

Valeria giró desesperada hacia la puerta.

—¡Jianhao! ¡No me dejes!

Pero el hombre ya no estaba.

Había abandonado el hotel cinco minutos antes por una salida de servicio, dejando atrás a la mujer con la que acababa de casarse.

Las cámaras de los periodistas captaban cada segundo del escándalo.

Yo recogí tranquilamente mi bolso.

Estaba a punto de marcharme cuando uno de los abogados de la familia Gu entró corriendo al camerino.

Tenía el rostro completamente pálido.

—¡No se la lleven todavía!

Todos lo miraron.

El abogado levantó una carpeta sellada.

—Acaba de aparecer un documento que cambia por completo este caso.

Los oficiales detuvieron el procedimiento.

—¿Qué documento?

El hombre respiró hondo.

—El testamento del antiguo señor Gu.

El silencio fue absoluto.

Incluso Valeria dejó de llorar.

El abogado abrió lentamente la carpeta.

—El fundador del Grupo Gu falleció hace tres meses. Antes de morir dejó instrucciones precisas para el heredero de la familia.

Comenzó a leer.

—”Mi fortuna solo podrá ser heredada por aquel descendiente que llegue al matrimonio sin ocultar deudas, procesos judiciales ni bienes embargados. Si incumple cualquiera de estas condiciones, perderá automáticamente todos sus derechos sucesorios.”

Los periodistas comenzaron a transmitir en directo.

Uno de los oficiales preguntó:

—¿Y qué significa eso?

El abogado tragó saliva.

—Que el señor Gu ocultó deliberadamente una deuda multimillonaria antes de casarse.

Cerró la carpeta.

—Desde el momento en que firmó el acta matrimonial, dejó de ser el heredero del Grupo Gu.

Valeria abrió los ojos con incredulidad.

—¿Entonces… él tampoco recibirá la fortuna?

—No.

El abogado negó lentamente.

—Lo perdió absolutamente todo hace menos de una hora.

Yo sonreí con tranquilidad.

—Por eso tenía tanta prisa por encontrar una esposa.

El abogado asintió.

—Necesitaba transferir la responsabilidad de ciertas obligaciones financieras antes de que el testamento fuera leído públicamente.

En ese momento, un asistente irrumpió en el camerino con el teléfono en la mano.

—¡Lo encontraron!

Todos voltearon.

—¿A quién?

—Al señor Gu.

Durante un instante, Valeria creyó que había ido a rescatarla.

Pero el asistente terminó la frase.

—Fue detenido en el aeropuerto cuando intentaba abordar un vuelo privado con destino a Singapur.

Valeria cayó de rodillas.

Comprendió que había destruido su propia vida por un hombre que jamás pensó regresar por ella.

Sin embargo, cuando los oficiales estaban a punto de salir, un anciano de cabello completamente blanco entró apoyado en un bastón.

Miró directamente hacia mí y dijo con una voz firme:

—Señorita… el verdadero heredero de la familia Gu nunca fue Jianhao.

Toda la habitación quedó en silencio.

Porque el anciano acababa de revelar un secreto que llevaba oculto más de treinta años y que convertiría a la verdadera dueña del imperio en la persona que menos imaginaban.

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