PARTE 2: LA CARPETA QUE LOS DEJÓ SIN UNA SOLA PALABRA.

Rodrigo entró a la casa como un huracán.

Detrás de él venían Beatriz, Renata y Sebastián, convencidos de que bastaría con gritar un poco para recuperar el control.

En cuanto me vieron sentada en la sala, Rodrigo golpeó la mesa de centro.

—¡Devuélveme las cuentas ahora mismo!

Di un sorbo a mi café antes de responder.

—Buenos días.

—¡No juegues conmigo!

Deslicé lentamente la carpeta notarial hacia él.

—Ábrela.

Sebastián fue el primero en tomarla.

Su seguridad desapareció apenas leyó la primera hoja.

—Eso… eso no puede ser.

Rodrigo le arrebató los documentos.

Mientras avanzaba página tras página, su rostro perdió el color.

—¿Qué significa esto?

—Significa que nunca leíste lo que firmabas.

Saqué otra carpeta.

—Cuando RutaNova estaba al borde de la quiebra hace siete años, ningún banco quiso financiarte. Todos rechazaron tu proyecto por el nivel de riesgo.

Beatriz cruzó los brazos.

—Nosotros levantamos esa empresa.

Negué con tranquilidad.

—No. La levanté yo.

Coloqué sobre la mesa los contratos originales.

—El fideicomiso que aportó el capital inicial fue creado con una herencia que recibí de mi abuelo. Ochenta millones de pesos salieron de ese patrimonio.

Rodrigo levantó la voz.

—¡Era dinero de la familia!

—No.

Le mostré el acta notarial.

—Era exclusivamente mío.

El silencio comenzó a incomodarlos.

Continué.

—Como garantía exigí una cláusula muy sencilla. Mientras el crédito existiera, todas las marcas, patentes, acciones preferentes y derechos tecnológicos quedarían prendados al fideicomiso.

Sebastián empezó a revisar desesperadamente las últimas páginas.

Su respiración se aceleró.

—Rodrigo…

Él no respondió.

—Rodrigo… ella dice la verdad.

Renata soltó una risa nerviosa.

—¿Y eso qué importa? Nosotros somos los accionistas.

Los miré fijamente.

—Lo eran.

Saqué un sobre sellado.

—Hace treinta minutos el banco declaró vencido el financiamiento por incumplimiento.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—Eso no puede hacerse tan rápido.

—Claro que sí, cuando el garante retira su respaldo.

Empujé hacia él la última hoja.

Era la notificación bancaria.

—Al no pagar el crédito, el fideicomiso ejecutó automáticamente las garantías.

Beatriz dejó caer su bolso.

—¿Qué garantías?

—Toda la propiedad intelectual de RutaNova.

Rodrigo empezó a leer frenéticamente.

Su voz temblaba.

—No… no…

Levantó la vista.

—¿Estás diciendo que la empresa ya no es mía?

—Estoy diciendo que desde las ocho de esta mañana el activo más valioso de tu compañía pertenece legalmente al fideicomiso.

—¿Y quién controla ese fideicomiso?

Lo miré directamente a los ojos.

—Yo.

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces sonó el teléfono de Sebastián.

Contestó de inmediato.

—¿Sí?

Del otro lado se escuchaban gritos.

El director jurídico.

—¡Acaban de suspender la firma con los inversionistas! ¡Exigen confirmar quién es el propietario de las patentes antes de transferir los mil setecientos millones!

Sebastián cerró los ojos.

—Entiendo…

Colgó lentamente.

Rodrigo comenzó a caminar de un lado a otro.

Por primera vez desde que lo conocía, tenía miedo.

—Valeria… podemos arreglar esto.

—¿Ahora sí quieres hablar?

Él dio un paso hacia mí.

—Fue un error. Estaba enojado.

Sonreí con una calma que lo desesperó.

—No. Arrojar mi pastel fue un impulso.

Traicionarme durante dos años con tu asistente mientras usabas mi patrimonio para mantener tu empresa… eso fue una decisión.

Rodrigo quedó inmóvil.

Nunca le había mencionado a Ximena.

Jamás.

—¿Cómo… cómo sabes eso?

Saqué mi teléfono.

Presioné reproducir.

La sala se llenó con una grabación de voz.

Era Ximena.

Pero la confesión que acababan de escuchar era apenas el comienzo.

Porque el siguiente audio no pertenecía a la amante de Rodrigo.

Pertenecía a Sebastián… explicando con detalle cómo llevaban más de tres años desviando millones de pesos de la empresa sin que Rodrigo lo supiera.

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