Treinta minutos después, una caravana de camionetas negras se detuvo frente a la casa.
Nora corrió a abrir la puerta.
El primero en entrar fue un hombre de cabello completamente blanco, traje azul oscuro y una serenidad que imponía más respeto que cualquier grito.
Baltasar Zárate.
Renata no necesitó decir una palabra.
Su padre la abrazó con fuerza por primera vez en tres años.
—Ya terminó.
Ella cerró los ojos.
—Perdóname por haberme ido.
Baltasar negó lentamente.
—Una hija nunca tiene que pedir perdón por regresar a casa.
Una estilista, una maquillista y dos asistentes entraron detrás de él.
También traían varias cajas.
Dentro había un vestido color vino confeccionado especialmente para Renata, un collar de diamantes que había pertenecido a su abuela y unos discretos aretes de perlas.
—Pensé que jamás volverías a aceptar un regalo mío —dijo Baltasar.
Renata sonrió entre lágrimas.
—Hoy sí.
Mientras tanto, en el Castillo de Chapultepec, Esteban recorría el salón estrechando manos.
No dejaba de mirar la entrada.
Los inversionistas de Grupo Zárate aún no llegaban.
Abril sostenía una copa de champaña.
—Relájate.
Cuando firmes ese contrato, todos olvidarán a tu esposa.
Esteban sonrió con suficiencia.
Eso creía.
A las nueve en punto, el maestro de ceremonias anunció la llegada del presidente de Grupo Zárate.
Todo el salón se puso de pie.
Baltasar entró acompañado por varios directivos.
A su lado caminaba una mujer con un elegante vestido vino.
Durante unos segundos nadie la reconoció.
Después comenzaron los murmullos.
—¿No es…?
—Es Renata.
—La esposa de Esteban.
Abril dejó caer ligeramente su copa.
Esteban sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Baltasar avanzó directamente hasta el centro del salón.
Tomó el micrófono.
—Antes de hablar de inversiones, necesito presentar oficialmente a alguien.
Colocó una mano sobre el hombro de Renata.
—Mi hija.
El silencio fue absoluto.
Los asistentes de Esteban intercambiaron miradas de incredulidad.
Nadie imaginó que la mujer humillada unas horas antes perteneciera precisamente a la familia con la que todos querían hacer negocios.
Esteban intentó acercarse.
—Renata… yo…
Ella levantó una mano.
—No.
Hoy hablas cuando yo termine.
Por primera vez en años, él obedeció.
Baltasar abrió una carpeta negra.
—Durante ocho meses analizamos la posibilidad de asociarnos con Luján Desarrollos.
Pasó varias hojas.
—Sin embargo, nuestros auditores encontraron información preocupante.
En la pantalla principal aparecieron varios documentos.
Facturas duplicadas.
Presupuestos inflados.
Empresas proveedoras registradas a nombre de familiares de Esteban.
El murmullo recorrió el salón.

Uno de los inversionistas levantó la voz.
—¿Está diciendo que hubo desvío de recursos?
Baltasar respondió con absoluta calma.
—Estoy diciendo que nuestros auditores encontraron suficientes irregularidades para suspender cualquier negociación.
Y eso no es todo.
Mostró otra carpeta.
—También recibimos evidencia de que el señor Esteban Luján utilizó recursos de su empresa para adquirir regalos personales.
En la pantalla apareció la factura de los aretes de esmeraldas.
El comprobante indicaba claramente que habían sido pagados con fondos corporativos.
Abril llevó instintivamente una mano a sus orejas.
Los miembros del consejo de Luján Desarrollos comenzaron a levantarse de sus asientos.
Uno de ellos miró directamente a Esteban.
—¿Es cierto?
Él abrió la boca.
No encontró ninguna explicación.
Creyó que aquello era lo peor.
Entonces Renata dio un paso al frente.
Sacó una pequeña caja de terciopelo.
Dentro estaban los documentos originales de una patente de construcción antisísmica.
—Hace cuatro años desarrollé este sistema junto con un equipo de ingenieros.
Esteban aseguró ante todos que la idea había sido suya.
Yo guardé silencio porque era mi esposo.
Pero los derechos siempre estuvieron registrados únicamente a mi nombre.
Los representantes de varias constructoras comenzaron a revisar rápidamente la documentación.
Aquella patente era la base tecnológica del proyecto más rentable de Luján Desarrollos.
Sin ella, gran parte de los contratos podían quedar comprometidos.
En ese momento sonó el teléfono de uno de los consejeros.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—Acaban de notificarnos que tres bancos suspendieron las líneas de crédito mientras revisan las investigaciones financieras.
Otro directivo recibió una llamada similar.
Después otro.
Las noticias llegaban una tras otra.
El valor de la empresa comenzaba a desplomarse incluso antes de que terminara la gala.
Esteban intentó acercarse nuevamente a Renata.
—Podemos hablar.
Podemos arreglar esto.
Ella lo observó con una serenidad que él nunca había conocido.
—Cuando me escondiste por mi vestido, pensabas que eras demasiado importante para aparecer conmigo.
Ahora descubres que todo aquello que perseguías… siempre estuvo a mi lado.
Solo que nunca te molestaste en verlo.
Cuando todos pensaban que la historia había terminado, el director jurídico de Grupo Zárate se acercó rápidamente a Baltasar.
Le entregó un sobre sellado.
Baltasar leyó el contenido y frunció el ceño.
Después levantó lentamente la mirada hacia Esteban.
—Parece que nuestros auditores acaban de encontrar algo más.
Este documento demuestra que alguien falsificó la firma de Renata hace seis meses para utilizar su patrimonio como garantía de un préstamo empresarial por más de trescientos millones de pesos.
El salón entero quedó en silencio.
Baltasar cerró la carpeta con firmeza.
—Y la única persona autorizada para presentar esa garantía fue… su propio esposo.
Esteban comprendió entonces que no solo estaba perdiendo un contrato.
Acababa de enfrentarse a una investigación por fraude que podía destruir todo lo que había construido durante años.