Parte 2: LA CARTA QUE REVELÓ POR QUÉ SU MADRE NUNCA QUISO QUE CONOCIERA A ALEJANDRO

Valeria sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Nadie me pagó.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—¿Entonces cómo supiste llegar a esta casa?

La anciana golpeó el bastón contra el piso.

—Basta, Alejandro.

Yo la invité.

Ella me ayudó cuando confundí mis medicamentos.

No sabía quién era.

El silencio llenó la sala.

Alejandro seguía observando el bolso donde Valeria apretaba el sobre amarillento que su madre le había dejado.

—¿Qué escondes ahí?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé.

Nunca lo he abierto.


Esa noche, de regreso en su departamento, Valeria rompió por fin el sello del sobre.

La carta comenzaba con una frase escrita por Rosa.

“Si estás leyendo esto, significa que ya no puedo protegerte de la verdad.”

Las manos le temblaban.

Continuó leyendo.

“Hace veintiocho años trabajé como enfermera para una familia muy poderosa. Aquella noche presencié algo que nunca debí ver. Intentaron comprar mi silencio. Cuando me negué, tuve que desaparecer contigo antes de que nacieras.”

Valeria frunció el ceño.

Ella había nacido veintisiete años atrás.

La fecha no coincidía.

Siguió leyendo.

“La persona que ordenó todo llevaba el apellido Montemayor.”

El corazón comenzó a latirle con fuerza.


A la mañana siguiente llegó a la oficina decidida a renunciar.

No quería volver a cruzarse con Alejandro.

Pero antes de entregar la carta de dimisión recibió una llamada del hospital.

Era la doctora Mariana.

—Necesito verte.

Es urgente.

Media hora después estaba sentada frente a ella.

La doctora colocó una caja pequeña sobre el escritorio.

—Encontramos algo cuando revisamos la información que me diste sobre aquella pastilla.

Valeria abrió la caja.

Dentro había fotografías de diferentes medicamentos.

Mariana señaló una.

—Esto fue lo que probablemente tomaste.

Valeria la reconoció de inmediato.

—Sí.

Era exactamente igual.

La doctora respiró hondo.

—No era una pastilla para evitar un embarazo.

Era un suplemento de ácido fólico.

Valeria sintió un vacío en el estómago.

—Entonces…

—Alguien sustituyó deliberadamente el medicamento.


Mientras tanto, Alejandro ordenaba revisar las cámaras del hotel donde había pasado aquella noche con Valeria.

Las grabaciones mostraban algo inquietante.

Después de que él salió unos minutos para atender una llamada, una mujer entró en la habitación utilizando una tarjeta maestra.

No permaneció más de cuarenta segundos.

Fue directamente al cajón.

Abrió el blíster.

Cambió una tableta.

Y volvió a salir.

El jefe de seguridad amplió la imagen.

Alejandro apretó los puños.

Era Renata.

Su asistente personal.


Renata fue llevada inmediatamente a la oficina principal.

—¿Por qué entraste en mi habitación?

Ella intentó sonreír.

—Debe tratarse de un error.

Alejandro colocó las fotografías sobre el escritorio.

—Las cámaras no se equivocan.

Renata guardó silencio.

Durante casi un minuto nadie habló.

Finalmente murmuró:

—Solo seguía instrucciones.

—¿De quién?

Ella bajó la mirada.

—De Paula.

La hija del principal inversionista.

Quería asegurarse de que esa mujer nunca desapareciera de tu vida.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué sentido tiene eso?

Renata dejó escapar una risa nerviosa.

—Porque un escándalo destruiría tu reputación.

Y cuando perdieras el control del grupo, Paula sería la única candidata para ocupar tu lugar al frente de la empresa.


Esa misma tarde, Alejandro buscó a Valeria.

La encontró saliendo del edificio.

—Tenemos que hablar.

Ella retrocedió.

—Ya me humillaste bastante.

Él negó lentamente.

—Nunca te di un anticonceptivo.

Le mostró las grabaciones.

Valeria observó las imágenes sin decir una palabra.

Por primera vez comprendió que ambos habían sido utilizados.


Creían haber descubierto toda la verdad.

Se equivocaban.

Esa noche, Alejandro pidió leer la carta de Rosa.

Cuando llegó a la última página, quedó completamente inmóvil.

Había una fotografía antigua.

En ella aparecía un joven Ernesto Montemayor, padre de Alejandro.

Junto a él estaba Rosa, mucho más joven, sosteniendo en brazos a un bebé recién nacido.

Al reverso de la fotografía había una frase escrita a mano.

“Este no es tu padre, Valeria. Pero fue el único hombre que intentó salvarnos aquella noche.”

Alejandro levantó la vista.

—Mi padre conocía a tu madre.

Valeria asintió lentamente.

—Eso parece.

Pero aún quedaba una hoja doblada dentro del sobre.

Era una copia de un expediente médico fechado veintisiete años atrás.

En el encabezado aparecía el nombre de una mujer que ninguno de los dos esperaba encontrar.

Inés Montemayor.

La abuela de Alejandro.

Y debajo, una anotación escrita por el médico de guardia:

“La paciente solicita mantener en secreto el intercambio de las recién nacidas realizado durante la madrugada por razones de seguridad.”

Los dos se quedaron inmóviles.

Comprendieron al mismo tiempo que la carta no solo explicaba el origen de Valeria.

También insinuaba que, desde el día en que nació, alguien había cambiado el destino de dos familias enteras.

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