PARTE 2 – LA CARTA REVELÓ POR QUÉ ESTABA SOLO

El anciano permaneció de rodillas junto al muchacho.

—Perdóname —repitió con la voz rota—. No sabía que estabas herido.

El joven intentó responder, pero un dolor intenso le cerró la garganta.

Una enfermera que viajaba en la parte trasera del autobús se abrió paso entre los pasajeros.

—No lo muevan. Mantengan libre el pasillo.

Se inclinó sobre él y revisó el vendaje.

La expresión de la mujer cambió de inmediato.

—La herida se abrió. Está perdiendo demasiada sangre.

El conductor llamó nuevamente a emergencias mientras varios pasajeros intentaban mantener al muchacho consciente.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la enfermera.

—Samuel.

—Samuel, mírame. La ambulancia ya viene.

El anciano recogió el informe médico que había caído al suelo.

En la primera página aparecía el nombre completo del joven.

Samuel Ortega Ramírez.

El hombre mayor dejó de respirar.

Leyó el apellido una segunda vez.

Después observó el rostro pálido del muchacho con una atención distinta.

—¿Quién es tu madre? —preguntó.

Samuel entrecerró los ojos.

—Se llamaba Elena Ramírez.

El anciano retrocedió como si acabaran de golpearlo.

—¿Se llamaba?

Samuel asintió débilmente.

—Murió hace dos meses.

El papel comenzó a temblar entre las manos del viejo.

Elena Ramírez había sido su única hija.

La misma hija a la que había echado de casa veintitrés años atrás por casarse con un hombre sin dinero.

Desde entonces no había vuelto a verla.

Su orgullo le impidió buscarla.

Pero durante años había dicho a todos que ella lo había abandonado.

—¿Tu padre se apellidaba Ortega? —preguntó.

Samuel abrió los ojos con dificultad.

—Sí. Falleció cuando yo era niño.

El anciano se cubrió la boca.

Aquel joven al que acababa de agredir era su nieto.

—Yo soy Ernesto Ramírez —confesó con lágrimas en los ojos—. Soy el padre de Elena.

Samuel lo miró fijamente.

La tristeza en su rostro se transformó en incredulidad.

—Mi abuelo nunca quiso conocernos.

Ernesto bajó la cabeza.

—Fui un cobarde.

En ese momento, la sirena de la ambulancia se escuchó acercándose.

Antes de que los paramédicos subieran, Samuel apretó con fuerza la carta que llevaba contra el pecho.

—Mi madre me pidió que te buscara.

Ernesto levantó la mirada.

—¿A mí?

—Dijo que debía entregarte esto si algún día te encontraba.

Samuel le dio el sobre arrugado.

Después perdió el conocimiento.

Los paramédicos lo colocaron en una camilla y lo sacaron rápidamente del autobús.

Ernesto subió a la ambulancia sin pedir permiso.

—Es mi nieto. No voy a dejarlo solo.

Durante el trayecto abrió la carta.

Reconoció de inmediato la letra de Elena.

“Papá:

Si Samuel llega hasta ti, significa que yo ya no pude acompañarlo.

No te lo envío para que repares lo que hiciste conmigo. Te lo envío porque está enfermo y necesita una cirugía que no puedo pagar.

No sabe que tú eres su abuelo.

Durante años le dije que eras un buen hombre que simplemente se había perdido de nosotros.

No permitas que descubra que mentí para proteger el recuerdo que tenía de ti.”

Ernesto comenzó a llorar.

La cirugía de Samuel no era reciente por casualidad.

Había sido una intervención de emergencia para tratar una enfermedad cardíaca hereditaria.

El hospital lo había dado de alta antes de tiempo porque no podía seguir pagando la atención.

Viajaba solo para encontrar al hombre que quizá podía ayudarlo.

Y Ernesto lo había golpeado por no cederle el asiento.

Al llegar al hospital, Samuel fue llevado directamente al quirófano.

El anciano entregó sus documentos y exigió pagar todos los gastos.

—Utilicen la mejor atención disponible. No importa cuánto cueste.

Tres horas después, el cirujano salió.

—Logramos detener la hemorragia. Está estable.

Ernesto cerró los ojos con alivio.

—¿Puedo verlo?

—Cuando despierte.

El médico dudó antes de continuar.

—Hay algo que debemos preguntarle sobre el primer procedimiento.

—¿Qué ocurre?

—El informe dice que Samuel fue operado ayer en una clínica privada.

Ernesto asintió.

—Eso llevaba en el papel.

—El problema es que la incisión no coincide con la operación indicada en el expediente.

El anciano frunció el ceño.

—¿Qué significa?

El médico colocó una pequeña bolsa transparente sobre la mesa.

Dentro había un dispositivo metálico.

—Encontramos esto oculto cerca de su corazón.

Ernesto palideció.

—¿Es un aparato médico?

—No.

El doctor negó lentamente.

—Es un localizador.

Alguien fingió operar a su nieto para colocarle un rastreador dentro del cuerpo.

En ese momento, dos hombres vestidos de negro aparecieron al final del pasillo.

Uno de ellos levantó el teléfono y miró la pantalla.

Después señaló directamente la habitación de Samuel.

Ernesto comprendió entonces que el joven no había viajado solo por falta de familia.

Había estado huyendo de alguien desde que salió de aquella clínica.

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