Alejandro cerró la puerta de la sala con demasiada fuerza.
Inés lo miró con una mezcla de sorpresa y desaprobación.
—¿Así recibes a la mujer que me ayudó cuando casi me desmayo en la farmacia?
Él no apartó los ojos de Valeria.
—Abuela, déjanos solos.
—No hasta que dejes de hablarle como si fuera una delincuente.
Valeria se puso de pie.
—No hace falta. Ya me iba.
Alejandro bloqueó el paso.
—Primero contesta.
—¿Contestar qué?
—¿Estás embarazada?
El silencio confirmó lo que ella no quería decir.
Inés se llevó una mano al pecho.
—¿El bebé es tuyo, Alejandro?
Valeria levantó la barbilla.
—Eso no le da derecho a acusarme de nada.
—Te encuentro en casa de mi abuela, trabajando en mi empresa y embarazada después de aceptar dinero de mí. ¿Qué debería pensar?
Las palabras golpearon más de lo que Valeria quiso demostrar.
Sacó el teléfono.
Abrió la aplicación bancaria.
—Aquí está cada peso que me transferiste.
Alejandro vio movimientos hacia el hospital, la funeraria y el panteón.
No había joyas.
No había viajes.
No había compras de lujo.
Solo una deuda médica pagada hasta el último centavo y el recibo del funeral de Rosa Cruz.
—No te pedí más de lo necesario —dijo Valeria—. Tampoco sabía que tu abuela vivía aquí. Y mi puesto lo conseguí porque sé hacer mi trabajo mejor que muchas personas con apellido importante.
Inés miró a su nieto.
—Pídele perdón.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Todavía falta explicar el embarazo.
Valeria sintió un cansancio profundo.
—No tienes que preocuparte. Tengo una cita el domingo.
La dureza desapareció del rostro de Alejandro.
—¿Una cita para qué?
Ella sostuvo su mirada.
—Para interrumpirlo.
Él retrocedió medio paso.
—No puedes decidir eso sin hablar conmigo.
—Tú decidiste darme una pastilla sin explicarme qué era.
—Era anticoncepción de emergencia.
—Entonces no funcionó.
Alejandro pensó en el blíster del hotel.
Recordó que lo había encontrado dentro de un cajón que Renata preparaba antes de sus reuniones.
Nunca revisó la caja.
Nunca preguntó.
Simplemente confió.
Inés rompió el silencio.
—Llama al hotel y pide una fotografía del medicamento.
Alejandro hizo la llamada delante de ambas.
Minutos después recibió una imagen.
La doctora de la familia revisó la fotografía por videollamada.
Su respuesta cambió el ambiente de la sala.
—Eso no es anticoncepción de emergencia.
Alejandro miró la pantalla.
—¿Entonces qué es?
—Un suplemento de ácido fólico.
Valeria se quedó inmóvil.
La tableta que él le había dado no podía evitar ningún embarazo.
Alguien había cambiado el contenido del blíster.
—¿Quién preparó esa habitación? —preguntó Inés.
Alejandro no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Renata controlaba sus reservas privadas, sus medicamentos y el acceso a la suite.
Valeria tomó su bolso.
—Eso no cambia mi decisión.
Al hacerlo, el sobre de Rosa cayó al suelo.
Inés se inclinó para recogerlo.
Al ver el sello en la parte posterior, su rostro perdió todo el color.
Era un emblema antiguo: dos aves negras rodeando una letra M.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó.
—Era de mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
—Rosa Cruz.
Inés tuvo que sentarse.
—Rosa Montemayor —corrigió con voz quebrada.
Alejandro la miró.
—¿Qué acabas de decir?
La anciana sostuvo el sobre con ambas manos.
—Rosa era mi hija.
Valeria sintió que alguien le había quitado el aire.
—Mi madre no tenía familia.
—Eso fue lo que le hicieron creer.
Inés explicó que Rosa había desaparecido veintiocho años atrás.
Tenía veinte años y estaba embarazada.
Se había enamorado de un contador de las terminales familiares, un hombre al que el padre de Alejandro acusó de robar dinero.
Rosa defendió su inocencia.
Dijo que los verdaderos responsables estaban dentro de la familia.
Después de una discusión, huyó.
Inés la buscó durante años.
Recibió una única carta en la que Rosa aseguraba que estaba viva, pero no podía regresar porque alguien intentaba encontrar a su hija.
—Esa hija eres tú —susurró Inés.
Valeria abrió finalmente el sobre.
Dentro había una fotografía de Rosa cuando era joven.
Junto a ella aparecía Inés.
Y al otro lado estaba un hombre cuyo rostro Alejandro reconoció de inmediato.
Era su padre.

En la parte posterior, Rosa había escrito:
“Si Valeria llega a leer esto, debe saber que no nació de una aventura ni de un hombre sin nombre. Su padre fue Julián Montemayor.”
Alejandro arrebató la fotografía.
—Eso es imposible.
Julián era el hermano menor de su padre.
El mismo hombre que oficialmente había muerto en un accidente marítimo veintisiete años atrás.
La carta continuaba:
“Julián descubrió que las terminales se usaban para mover cargamentos ilegales. Quiso denunciarlo. Por eso lo silenciaron y me obligaron a desaparecer. Valeria heredó las pruebas sin saberlo.”
Dentro del sobre había una llave diminuta y el número de una caja de seguridad.
Alejandro miró a Valeria como si la viera por primera vez.
Ella no era una camarista que había aparecido por casualidad en su hotel.
Era su prima.
Y también era descendiente directa de uno de los fundadores del grupo.
Inés comenzó a llorar.
—Por eso te pareces tanto a Rosa.
Valeria apretó la carta.
—Mi madre me hizo prometer que nunca confiaría en nadie que llevara ese apellido.
Alejandro sintió una punzada de vergüenza.
Él había demostrado exactamente por qué.
En ese momento sonó el teléfono de Valeria.
Era la doctora Mariana.
—Valeria, revisamos nuevamente tus análisis. Necesito que vengas hoy, no el domingo.
—¿Ocurre algo con el embarazo?
La doctora guardó silencio un instante.
—El embarazo está bien.
El problema es la muestra de sangre que entregaste.
—¿Qué tiene?
—Apareció una sustancia que puede alterar la memoria y provocar pérdida de conciencia.
Valeria miró a Alejandro.
—¿Está diciendo que me drogaron?
—Sí. Y no fue la noche que él recuerda.
La sustancia llevaba acumulándose en tu cuerpo durante varias semanas.
Alejandro se quedó helado.
Cinco semanas atrás, Valeria ni siquiera trabajaba todavía para el grupo.
Eso significaba que alguien la vigilaba desde antes del hotel.
Desde antes de la transferencia.
Quizá desde antes de la muerte de Rosa.
Entonces llegó un mensaje al teléfono de Alejandro.
Era de Renata.
Solo contenía una fotografía.
Mostraba la tumba de Rosa abierta y vacía.
Debajo había una frase:
“La carta ya fue leída. Ahora entréguennos a la heredera.”