Rodrigo intentó arrancarme la carpeta de las manos.
La sujeté con tanta fuerza que varios documentos cayeron al piso.
Una hoja quedó boca arriba.
La vi antes que todos.
Mi firma.
O, mejor dicho, una copia casi perfecta de mi firma.
Pero no era mía.
Yo jamás había autorizado un solo peso para aquella cirugía estética.
Levanté lentamente el documento.
—¿Quién firmó esto?
La coordinadora de cobranza palideció.
—Señora Mariana… el expediente llegó hace tres días. Venía con la autorización de la Fundación Robles.
—Yo no la firmé.
El silencio fue absoluto.
Rodrigo dio un paso al frente.
—Debe tratarse de un error administrativo.
—¿Un error? —levanté la hoja delante de todos—. Mi firma aparece aquí. Mi fundación aparece aquí. Y el dinero destinado a niños con cardiopatías termina pagando la nariz de tu amante.
Valeria retrocedió dos pasos.
Por primera vez dejó de sonreír.
La doctora Gabriela Montes salió del área preoperatoria al escuchar la discusión.
—¿Qué está ocurriendo?
Le entregué el programa quirúrgico.
Lo leyó en menos de diez segundos.
Después levantó la vista hacia Rodrigo.
—Yo nunca autoricé mover a Sofía. Su caso es prioritario.
Rodrigo intentó conservar la calma.
—Fue una decisión administrativa.
—No.
La voz de la doctora sonó firme.
—Las prioridades quirúrgicas las decide el equipo médico. No un director de relaciones públicas.
Varios cirujanos comenzaron a acercarse.

También los patrocinadores.
Uno de ellos observaba todo sin decir una palabra.
Era el presidente del comité que cada año aprobaba millones de pesos en donaciones.
Mi celular vibró.
Lucía, mi abogada.
Contesté en altavoz.
—Mariana, ya bloqueamos todas las cuentas de la Fundación Robles. Además, encontramos algo muy grave.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó?
—Hace cuatro meses alguien registró un poder electrónico usando una copia digitalizada de tu firma. Con ese documento aprobaron varios pagos que tú jamás autorizaste.
Miré directamente a Rodrigo.
Él dejó de respirar por un instante.
Lucía continuó.
—Acabo de presentar una denuncia para congelar todos los movimientos. También pedimos que intervengan Auditoría y la Fiscalía especializada en falsificación documental.
Uno de los patrocinadores dio un paso hacia Rodrigo.
—¿Está diciendo que utilizaron fondos de beneficencia con documentos falsificados?
Nadie respondió.
Porque la respuesta estaba escrita en la carpeta que todos podían ver.
En ese momento sonó la alarma del monitor de Sofía desde el área preoperatoria.
La doctora Gabriela reaccionó de inmediato.
—No podemos esperar más. La niña entra al quirófano ahora mismo.
Rodrigo intentó detenerla.
—Un momento…
Ella lo interrumpió sin siquiera mirarlo.
—Usted ya retrasó demasiado esta cirugía.
Las puertas del quirófano se cerraron detrás de mi hija.
Respiré por primera vez en horas.
Entonces dos elementos de seguridad del hospital caminaron directamente hacia Rodrigo.
No iban a protegerlo.
Iban a impedir que abandonara el edificio mientras los auditores revisaban una carpeta que acababa de revelar un fraude mucho más grande que una simple cirugía estética.