PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE SU PADRE NUNCA DEBIÓ ESCUCHAR.

Ernesto tardó varios segundos en reaccionar.

Miró el teléfono antiguo como si quemara entre sus manos.

—¿Qué quiso decir tu mamá con eso, hija?

Lucía respiró hondo.

Había pasado semanas prometiéndole a su madre que solo entregaría aquella bolsa si ella ya no podía hacerlo.

—Mamá decía que, si fallecía de repente, no creyéramos todo lo que dijeran los doctores.

Renata abrió el sobre.

Dentro había una hoja escrita con la letra temblorosa de Mariana.

“Papá, si estás leyendo esto, significa que Adrián logró lo que llevaba meses intentando. No permitas que mis hijas se queden con él. Todo está en la memoria.”

Ernesto sintió un escalofrío.

Conectó la memoria USB a la computadora del comedor.

Aparecieron decenas de carpetas.

Fotografías.

Estados de cuenta.

Recetas médicas.

Y una carpeta titulada:

“SI ME PASA ALGO”.

La abrió con las manos temblando.

El primer archivo era un audio.

La voz de Mariana llenó la cocina.

—Hoy es 14 de febrero. Adrián volvió a cambiar mis medicamentos. Dice que el doctor autorizó nuevas dosis, pero cuando llamé al hospital, nadie sabía de ese tratamiento. Tengo miedo…

Abril comenzó a llorar en silencio.

Ernesto apretó la mandíbula.

El segundo archivo era una grabación de video tomada con un celular escondido.

Adrián discutía con una mujer.

La misma que lo esperaba en la camioneta durante el funeral.

—¿Cuánto más tenemos que esperar? —preguntó ella.

—Poco. Los médicos ya entendieron cómo funciona esto. Mientras siga tomando esas pastillas, todo parecerá una complicación normal.

Ernesto dejó de respirar.

La mujer sonrió.

—Y cuando todo termine…

Adrián respondió sin el menor remordimiento.

—Vendemos la casa, cobramos el seguro de vida y empezamos de cero.

El silencio en la cocina fue insoportable.

Renata cubrió los oídos de Abril.

Lucía no apartó la vista de la pantalla.

Era exactamente la prueba que su madre había querido proteger.

Entonces apareció un tercer archivo.

Un documento escaneado.

Era una póliza de seguro de vida por veinte millones de pesos.

Beneficiario único:

Adrián Salgado.

Ernesto comprendió que la enfermedad nunca había sido el único motivo del interés de su yerno.

A la mañana siguiente llevó toda la evidencia a la licenciada Sofía Carranza, una antigua amiga de la familia especializada en derecho penal.

La mujer pasó casi dos horas revisando cada archivo.

Cuando terminó, levantó lentamente la vista.

—Don Ernesto… esto es mucho más grave de lo que imaginaba.

—¿Se puede demostrar?

Ella asintió.

—Si estos audios son auténticos, podemos solicitar la exhumación del cuerpo y una investigación por homicidio.

En ese mismo instante, el teléfono de Ernesto sonó.

Era un número desconocido.

Contestó.

Al otro lado solo se escuchó una voz masculina.

—Deje de hacer preguntas si quiere volver a ver vivas a sus nietas.

La llamada terminó.

Ernesto corrió hacia la sala.

Las tres niñas ya no estaban.

Sobre la mesa solo había una hoja doblada.

Con una letra apresurada decía:

“Las niñas ya están con quien siempre debieron estar. No las busque.”

Ernesto sintió que el mundo se desplomaba.

Y comprendió que Adrián acababa de dar el paso más desesperado de todos.

CONTINUARÁ…

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