Parte 2: LA TARJETA DE MEMORIA QUE REVELÓ QUE MI MUERTE YA TENÍA FECHA Y FIRMA

Me temblaban tanto las manos que apenas pude sostener la diminuta tarjeta de memoria.

Rosario buscó un adaptador.

La conectamos a la computadora del despacho.

Solo había una carpeta.

“Proyecto Sucesión”.

Abrí el primer archivo.

Era un video grabado por la cámara del tablero de la camioneta de Mauricio.

La fecha correspondía a tres noches antes.

En la pantalla aparecían Mauricio y Beatriz.

—Con catorce dosis será suficiente —decía él mientras sostenía el mismo frasco café que me había entregado esa mañana.

Beatriz sonrió con absoluta tranquilidad.

—El médico dijo que parecerá un paro cardíaco provocado por agotamiento.

Después solo necesitaremos que el notario venga a leer el testamento.

Sentí un frío recorrer todo mi cuerpo.

Mateo comenzó a llorar en silencio.

Lo abracé con fuerza.

—Ya nadie va a hacerte daño.

Te lo prometo.


Llamé inmediatamente a mi abogado de confianza, Ignacio Cárdenas.

Una hora después estaba sentado frente a nosotros revisando cada archivo.

También abrió una de las cápsulas.

—No las toque.

Las enviaremos al laboratorio.

Después levantó la vista.

—No podemos acusarlos solo con esto.

Necesitamos demostrar que intentarán ejecutar el plan.


Esa misma tarde fingí sentirme mal.

Llamé a Mauricio.

—Creo que las vitaminas me están cayendo pesadas.

Él guardó unos segundos de silencio.

—Es normal.

Sigue tomándolas.

En unos días te sentirás mucho mejor.

Su tono era demasiado tranquilo.

Como si ya esperara aquel síntoma.


Siguiendo el consejo del abogado, cada noche fingí ingerir una cápsula.

En realidad las guardábamos en un recipiente sellado.

Al mismo tiempo instalamos discretamente cámaras dentro de la casa.

También informamos a la fiscalía.

Querían esperar un paso más para detenerlos.


Cinco días después llegó el informe toxicológico.

Las cápsulas contenían una mezcla de medicamentos sedantes en dosis peligrosas.

No garantizaban una muerte inmediata.

Pero sí podían provocar una depresión severa del sistema nervioso y hacer pasar el fallecimiento por una causa natural en determinadas circunstancias.

El fiscal cerró lentamente el expediente.

—Ahora entendemos por qué insistía tanto en que solo las consumiera usted.


El séptimo día Mauricio comenzó a llamarme con insistencia.

—¿Cómo sigues?

—Muy cansada.

—¿Has dejado de levantarte?

—Casi no tengo fuerzas.

Escuché cómo respiraba aliviado.

—Descansa.

Ya falta poco para que volvamos.

Aquellas últimas palabras me hicieron estremecer.


Dos días antes de su regreso, Rosario encontró otro archivo oculto dentro de la tarjeta.

Era un documento escaneado.

Un nuevo testamento.

Supuestamente firmado por mí.

En él dejaba la casa, la mayoría de las acciones de la constructora y la administración de todos los bienes a Mauricio como tutor legal de Mateo.

Mi firma era falsa.

Pero la certificación notarial parecía auténtica.

Ignacio frunció el ceño.

—Esto explica todo.

No solo planeaban su muerte.

Ya tenían preparada la sucesión.


La mañana del día catorce recibí un mensaje de Mauricio.

“Llegamos esta tarde. Prepara los documentos porque también vendrá el notario.”

No decía cuál.

Ni para qué.

Pero ya lo sabíamos.

Fingí continuar débil.

Me acosté en la habitación mientras las cámaras grababan cada rincón de la casa.

A las cinco y veinte de la tarde el portón se abrió.

Mauricio entró sonriendo.

Detrás de él caminaban Beatriz y un hombre con traje gris que llevaba un maletín de cuero.

—Valeria…

¿Cómo te sientes?

Respondí con voz apenas audible.

—Muy cansada.

El notario abrió su portafolio.

—Señora Herrera, su esposo me comentó que desea actualizar algunos documentos patrimoniales antes de iniciar un tratamiento médico.

Mauricio colocó varias hojas frente a mí.

—Solo firma aquí.

Es para facilitar cualquier trámite si necesitas hospitalización.

Tomé lentamente la pluma.

Justo cuando iba a tocar el papel, Mateo apareció corriendo.

Se colocó delante de mí y gritó con todas sus fuerzas:

—¡No firmes!

Todos quedaron paralizados.

Mauricio soltó la pluma.

—¿Mateo…?

Era la primera vez que escuchaba hablar a su hijo.

El niño lo señaló directamente.

—Escuché cuando dijiste que, después de matar a mi mamá, me llevarías lejos para quedarte con todo.

El silencio fue absoluto.

En ese mismo instante sonó el timbre.

Ignacio entró acompañado por dos agentes de la fiscalía.

—Nadie firme nada.

Tenemos una orden judicial.

El supuesto notario palideció.

Uno de los agentes revisó rápidamente su identificación.

Después levantó la mirada.

—Este sello no pertenece al Colegio Nacional del Notariado.

Es falso.

Pero aquello no fue lo más grave.

Mientras registraban el maletín encontraron otras seis carpetas idénticas.

Cada una llevaba el nombre de una mujer distinta.

Todas aparecían como propietarias de grandes fortunas.

Y todas tenían preparados testamentos casi idénticos al mío.

Comprendimos entonces que Mauricio y aquel falso notario no estaban improvisando un crimen.

Llevaban años utilizando el mismo método para despojar de su patrimonio a mujeres adineradas antes de hacerlas desaparecer.

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