Cuando Alexander llegó frente a mi edificio, la lluvia ya había empapado por completo su abrigo.
Golpeó la puerta una vez.
Después otra.
Y otra más.
Nunca antes lo había visto perder la compostura.
Yo permanecía inmóvil al otro lado, con la espalda apoyada contra la pared y el teléfono apagado entre las manos.
Entonces escuché otra voz.
—¿Tío?
Era Emma.
Había llegado pocos segundos detrás de él.
—¿Qué haces aquí?
Alexander se quedó completamente quieto.
No respondió.
Emma frunció el ceño.
—¿Conoces a Claire?
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente él asintió.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Alexander cerró los ojos un instante.
—Desde hace años.
Emma soltó una pequeña risa de incredulidad.
—¿Años? ¿Y nunca dijiste nada?
Yo seguía sin abrir.
No quería escucharlo.
No quería volver a creerle.
Pero cada palabra atravesaba la puerta como si estuviera dentro del apartamento.
—No podía.
Emma dio un paso atrás.
—¿Por qué?
Alexander tardó varios segundos en responder.
—Porque la estaba protegiendo.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
¿Protegerme?
Después de ocultarme que estaba comprometido.
Aquello era absurdo.
Decidí abrir la puerta.
Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Emma me miró sorprendida.
Alexander parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
—Claire…
Levanté una mano.
—No.
No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.
Emma nos observaba completamente confundida.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?
Respiré profundamente.
—Llevo ocho años enamorada de tu tío.
Emma quedó paralizada.
Miró primero a Alexander.
Después a mí.
Luego volvió a mirarlo a él.
—Eso… eso no puede ser.
Alexander bajó lentamente la cabeza.
—Es verdad.
Emma retrocedió un paso.
—¿También tú…?
Él respondió con apenas un susurro.
—Sí.
El mundo pareció detenerse.
—¿Entonces por qué…?
Mi voz se quebró.
—¿Por qué te comprometiste con otra mujer?
Alexander levantó la vista.
Sus ojos estaban llenos de un cansancio que nunca antes había visto.
—Porque nunca tuve elección.
Negué con la cabeza.
—Siempre hay una elección.
Él sacó lentamente una carpeta impermeable que llevaba bajo el brazo.
Me la entregó.
—Léela.
No quería hacerlo.
Pero la abrí.
La primera hoja era un contrato.
Un acuerdo de accionistas.
Había sido firmado ocho años atrás.
Justo cuando nos conocimos.
Alexander comenzó a hablar.
—Mi padre murió dejándome el control del grupo Whitmore.
Había una condición.
Continué leyendo.
“El heredero deberá contraer matrimonio con un miembro de una de las familias fundadoras antes de cumplir los cuarenta años. En caso contrario perderá el control de la compañía.”
Levanté lentamente la cabeza.
—¿Qué es esto?
—La cláusula que ha gobernado toda mi vida.
Emma parecía igual de sorprendida.
—Yo nunca había visto ese documento.
Alexander sonrió con amargura.
—Porque solo los directores lo conocen.
Pasé la siguiente página.
Había otra firma.
Victoria.
La prometida.
El acuerdo estaba fechado apenas tres semanas antes.
—¿Aceptaste esto voluntariamente?
Él negó lentamente.
—La empresa da trabajo a más de treinta mil familias.
Si renunciaba…
Todo quedaba en manos de personas que solo buscaban venderla.
Sentí que el pecho me dolía.

—¿Y yo?
Alexander respiró hondo.
—Tú eras lo único que nunca pude permitirme perder.
Solté una risa amarga.
—Pues lo conseguiste.
Hubo un largo silencio.
Entonces Emma habló por primera vez.
—Espera…
Miró fijamente a su tío.
—Si conocías a Claire desde hace ocho años…
¿Por qué jamás me dijiste que trabajaba contigo?
Alexander permaneció callado.
Fue Emma quien encontró la respuesta.
—Porque sabías que algún día descubriría quién eras.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Emma comenzó a llorar.
—Nos utilizaste a las dos.
Aquellas palabras parecieron golpear a Alexander más que cualquier otra cosa.
Negó inmediatamente.
—Nunca fue mi intención.
—Pero ocurrió.
El silencio volvió a instalarse entre los tres.
Finalmente respiré profundamente.
—No importa cuánto me expliques.
Elegiste.
Y no me elegiste a mí.
Le devolví la carpeta.
—Eso es todo lo que necesito saber.
Di un paso hacia atrás para cerrar la puerta.
Pero Alexander habló una última vez.
—Hay algo que aún no sabes.
No respondí.
—Victoria nunca aceptó casarse conmigo por amor.
Me detuve.
Él sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo.
La abrió.
Dentro no había un anillo.
Había una llave.
—Tu padre trabajó para mi familia hace veinte años.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
Alexander tragó saliva.
—Mucho más de lo que imaginas.
Me entregó la llave.
—Tu padre no perdió su empresa por una mala inversión.
La perdió para salvar la mía.
Abrí mucho los ojos.
—¿Qué estás diciendo?
Su voz apenas era un susurro.
—Mi familia le debe toda su fortuna a la tuya… y Victoria acaba de descubrir unos documentos que demuestran que la verdadera propietaria de una parte del Grupo Whitmore siempre fuiste tú.