Las esposas acababan de cerrarse sobre las muñecas de Lucía.
Mateo dio un paso al frente.
—¡Espere! Yo también participé en la broma.
El oficial lo miró con seriedad.
—Eso lo aclararán en la comisaría.
Mientras ambos eran conducidos hacia el ascensor, la directora de recursos humanos apareció corriendo por el pasillo.
—¡Deténganse!
Todos giraron la cabeza.
La mujer llevaba una tableta en la mano.
—Acabamos de revisar las cámaras completas.
El jefe frunció el ceño.
—Ya sabemos quiénes fueron.
—No, señor.
La directora negó lentamente.
—Solo revisó los primeros treinta segundos.
El ambiente quedó en silencio.
La grabación continuó proyectándose en la pantalla de la sala de juntas.
Se veía claramente a Lucía y a Mateo colocando un pequeño vaso de agua sobre la puerta de la oficina del jefe.
Era una broma infantil.
Cuando el jefe abriera la puerta, el agua debía caer sobre sus hombros.
Todos los empleados comenzaron a murmurar.
Aquello no tenía nada que ver con la inundación que destruyó los documentos.
El video siguió avanzando.
Después de que ambos se marcharon riéndose, una tercera persona apareció en el pasillo.
Vestía uniforme de mantenimiento y llevaba una gorra que ocultaba parte del rostro.
Miró hacia ambos lados.
Luego entró en la sala de archivos.
Cinco segundos después manipuló la válvula principal del sistema contra incendios.
Un chorro de agua comenzó a salir violentamente del techo.
El hombre abandonó el lugar con absoluta tranquilidad.
La oficina quedó completamente inundada.
Los policías intercambiaron una mirada.
El oficial retiró las esposas de Lucía.
—Parece que la situación es diferente de lo que nos informaron.
El jefe quedó inmóvil.
—Pero ellos iniciaron todo.
Mateo negó.
—Nuestra broma era estúpida, sí. Pero jamás quisimos destruir la empresa.
La directora amplió la imagen.
El supuesto trabajador de mantenimiento llevaba un reloj muy llamativo.
Lucía abrió mucho los ojos.
—Ese reloj…
Todos la miraron.
—Lo vi esta mañana.
—¿Dónde?
—En la oficina del director financiero.
El silencio volvió a caer.
El director financiero, Ricardo Salas, acababa de salir del edificio diez minutos antes de la inundación.
Uno de los agentes pidió revisar el registro de accesos.
Los datos confirmaron algo inesperado.
Ningún empleado de mantenimiento había ingresado ese día.
La tarjeta utilizada pertenecía precisamente a Ricardo.
El jefe comenzó a ponerse nervioso.
—Debe tratarse de un error.
En ese momento, uno de los técnicos informáticos llegó corriendo.
—Encontramos algo más.
Conectó una memoria USB al proyector.
Aparecieron correos electrónicos enviados durante los últimos meses.
Ricardo había desviado millones de pesos mediante contratos falsos.
Los documentos destruidos por el agua eran precisamente los archivos que una auditoría revisaría aquella misma tarde.
Lucía comprendió la verdad.
La inundación nunca fue un accidente.
Había sido un intento de eliminar pruebas.
Y la broma solo le ofreció al verdadero culpable la oportunidad perfecta para culpar a otros.
Los policías salieron inmediatamente en busca de Ricardo.
Pero uno de los agentes regresó pocos minutos después.

—Su vehículo sigue en el estacionamiento.
Todos corrieron hacia el sótano.
El automóvil estaba allí.
Las puertas seguían cerradas.
Cuando las abrieron, encontraron el maletín de Ricardo.
Dentro había pasaportes, dinero en efectivo y un boleto de avión para esa misma noche.
Pero no había rastro de él.
El jefe comenzó a temblar.
—¿Dónde está?
El guardia de seguridad revisó nuevamente las cámaras exteriores.
Ricardo nunca salió por la entrada principal.
Entonces el técnico señaló un plano del edificio.
—Hay un túnel de servicio antiguo que conecta con el edificio de al lado.
Los agentes corrieron hacia el sótano.
Al llegar encontraron la puerta abierta.
En el suelo había un teléfono encendido.
El oficial lo recogió.
La última llamada seguía activa.
Una voz masculina habló desde el otro lado.
—Ricardo, ¿destruiste los expedientes?
El policía guardó silencio.
La voz continuó.
—Si esos dos empleados ya fueron arrestados, nadie sospechará de nosotros.
El oficial activó el altavoz.
Todos escucharon claramente la siguiente frase.
—El presidente del grupo llegará mañana. Cuando firme la venta, nos repartiremos los treinta millones.
El jefe de la empresa sintió que las piernas le fallaban.
Reconoció inmediatamente aquella voz.
No pertenecía a Ricardo.
Era la del presidente del consejo de administración.
El hombre que estaba de vacaciones… y que, según el calendario oficial, ni siquiera debía saber que la inundación había ocurrido.