El automóvil negro permaneció detenido frente a las dos mujeres, con el motor encendido y las luces iluminando la vieja maleta caída sobre la banqueta.
Elena se colocó delante de su madre por instinto.
Después de lo ocurrido dentro de aquella casa, ya no confiaba en ningún hombre que apareciera dando órdenes.
El desconocido avanzó lentamente.
Tenía unos cincuenta años, el cabello entrecano y un traje oscuro demasiado elegante para aquella calle deteriorada. Sin embargo, no fue su ropa lo que inquietó a Elena.
Fue la manera en que la miraba.
Como si acabara de encontrar a una persona que llevaba años buscando.
—Perdone —dijo ella con firmeza—. Creo que se está confundiendo.
El hombre no respondió de inmediato.
Sus ojos se detuvieron en una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda de Elena. Después miró a la anciana, que apenas lograba sostenerse de pie.
—¿Usted es Teresa Robles?
La madre de Elena palideció.
Su mano se aferró con fuerza al brazo de su hija.
—No conozco a este señor —murmuró.
Pero su voz tembló.
Elena la miró.
—Mamá, ¿quién es?
El desconocido dio otro paso.
—Me llamo Julián Ferrer. Fui abogado de don Arturo de la Vega durante veintisiete años.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
Teresa retrocedió.
—Ese hombre está muerto.
—Murió hace tres semanas.
La anciana cerró los ojos.
Parecía haber recibido una noticia que llevaba décadas esperando y temiendo al mismo tiempo.
Elena observó a ambos, confundida.
—¿Quién era Arturo de la Vega?
Julián metió una mano dentro del saco, pero Elena levantó el brazo.
—No saque nada.
—Solo quiero mostrarle una fotografía.
Lo hizo despacio.
Era una imagen antigua, amarillenta por el tiempo. En ella aparecía un hombre joven junto a una mujer de cabello oscuro que sostenía a una bebé envuelta en una manta blanca.
Elena reconoció a su madre.
Más joven, sonriente y vestida con un uniforme de enfermera.
Pero la niña que cargaba tenía la misma cicatriz que ella.
—¿Esa soy yo? —preguntó.
Teresa comenzó a llorar.
—Vámonos, hija.
—¿A dónde? Nos acaban de echar y no tenemos ni para una habitación.
—A cualquier sitio, pero con él no.
Julián bajó la fotografía.
—Señora Teresa, ya no puede seguir ocultándoselo. Don Arturo dejó instrucciones muy claras.
—No tenía derecho.
—Era su padre.
Elena sintió que el frío de la noche desaparecía de golpe.
—¿Mi padre?
Teresa negó desesperadamente.
—No le creas.
—La fotografía no miente.
—Hay muchas cosas que una fotografía no cuenta.
Desde el interior de la casa llegó una carcajada.
Carlos había abierto una ventana del segundo piso y observaba la escena con una cerveza en la mano.
—¡Elena! —gritó—. Si ese viejo quiere comprarte, dile que primero pague todo lo que me debes.
Julián levantó la mirada.
—¿Quién es ese hombre?
—Mi cuñado —respondió Elena—. El dueño de la casa.
—No es el dueño.
Carlos dejó de sonreír.
—¿Qué dijiste?
Julián se acercó a la reja, pero no entró.
—Esta propiedad pertenece a Inversiones De la Vega desde hace nueve años. El señor Carlos Montes vive aquí mediante un contrato de administración temporal.
El silencio se extendió por la calle.
Elena giró hacia su madre.
—¿Tú sabías esto?
Teresa apretó los labios.
Carlos desapareció de la ventana.
Segundos después abrió la puerta principal y salió con el rostro desencajado.
—Esta casa era de mi hermano.
—Su hermano la perdió por deudas —explicó Julián—. Don Arturo las pagó para evitar que la señora Teresa y su hija terminaran en la calle.
—Eso es mentira.
—Tengo las escrituras en el coche.
Carlos bajó los escalones con los puños cerrados.
—Lárguese de mi propiedad.
—Acabo de explicarle que no es suya.
Elena vio cómo el cuello de su cuñado se llenaba de venas.
Conocía aquella expresión.
Era la misma que había precedido al empujón contra su madre.
—No se acerque —advirtió ella.
Carlos la ignoró y avanzó hacia Julián.
Dos hombres descendieron del automóvil. No llevaban uniforme, pero su postura revelaba que estaban preparados para intervenir.
Carlos frenó.
—¿Ahora vienes acompañada de guardaespaldas? —se burló, mirando a Elena—. Hace diez minutos llorabas porque no tenías dónde dormir.
—No estaba llorando.
—Deberías. Mañana nadie recordará que existes.
Julián abrió su portafolio y sacó un documento.
—Mañana será difícil que la olviden.
Carlos observó el papel.
—¿Qué es eso?
—Una orden de desalojo.
La seguridad desapareció de su rostro.
—No puede echarme.
—La notificación fue emitida hace cinco días. Debía entregarse mañana por la mañana, pero después de lo que acaba de ocurrir, solicitaré que se ejecute esta misma noche.
—¿Qué sabe usted de lo que ocurrió?
Julián miró las manos quemadas de Elena, la ropa manchada de sopa y el rostro dolorido de Teresa.
—Lo suficiente.
Carlos señaló a Elena.
—Ella rompió un tazón, desperdició comida y me amenazó.
—Usted golpeó a una mujer mayor.
—Solo la aparté.
Teresa dio un paso hacia atrás.
Aquel movimiento fue suficiente para que Elena recordara el golpe seco de su cuerpo contra el suelo.
La rabia regresó.
—La empujaste con las dos manos.
—No tienes testigos.
Julián miró hacia el vehículo.
—Nosotros no.
Después señaló discretamente hacia la entrada de la casa.
—Pero la cámara de seguridad situada sobre su puerta sí.
Carlos levantó la cabeza.
Un pequeño dispositivo negro parpadeaba bajo el techo.
Elena jamás lo había visto.
—Esa cámara no funciona —dijo Carlos.
—Fue instalada por la empresa propietaria hace dos meses —respondió Julián—. Transmite directamente a un servidor externo.
Por primera vez, el hombre que había gobernado aquella casa mediante gritos y amenazas mostró verdadero miedo.
Carlos regresó hacia la puerta.
—Voy a llamar a la policía.
—Hágalo —dijo Elena—. Así mi madre podrá denunciarte sin tener que buscar una patrulla.
Él se volvió.
—¿Tú vas a denunciarme?
—Te advertí que no tocaras a mi madre.
Carlos soltó una risa nerviosa.
—Sin mí no eres nadie. No tienes trabajo fijo, no tienes dinero y ni siquiera terminaste tus estudios.
Elena sintió el peso de cada humillación recibida durante los últimos años.
Había abandonado la universidad para cuidar a Teresa cuando enfermó. Después comenzó a trabajar para Carlos y su esposa a cambio de techo y comida.
Cocinaba, limpiaba y administraba una casa que nunca la consideró parte de la familia.
—Tal vez tengas razón —respondió—. Tal vez no tenga nada.
Miró a Julián.
—Pero esta noche descubrí que tampoco tengo por qué seguir obedeciéndote.
Carlos apretó los dientes.
—Vuelve a entrar, Elena.
—No.
—Te estoy dando una última oportunidad.

—Ya no vivo bajo tus órdenes.
Julián abrió la puerta trasera del automóvil.
—Señora Teresa, necesito llevarla a una clínica. Después podrán alojarse en la residencia del señor De la Vega.
Elena no se movió.
—No iremos a ninguna residencia hasta que mi madre me diga la verdad.
Teresa bajó la mirada.
—No aquí.
—Llevo veintiocho años sin saber quién soy. Creo que puedo decidir dónde escucharlo.
La anciana respiró con dificultad.
—Arturo era un hombre poderoso. Cuando quedé embarazada, me prometió que abandonaría a su esposa.
—¿Estaba casado?
—Sí.
Elena sintió una punzada de decepción.
—Entonces fui un secreto.
—Fuiste su hija —corrigió Julián—. Y quiso reconocerte.
Teresa lo miró con resentimiento.
—Después de ofrecerme dinero para desaparecer.
Julián guardó silencio.
Aquella pausa confirmó que la historia era mucho más oscura de lo que Elena imaginaba.
—Don Arturo cometió errores —dijo finalmente—. Pero pasó los últimos años intentando repararlos.
—¿Cómo?
—Protegió esta casa. Pagó los tratamientos de la señora Teresa. Investigó a Carlos y dejó una parte de su patrimonio a nombre de Elena.
Carlos, que fingía revisar su teléfono, levantó la cabeza al escuchar aquellas palabras.
—¿Qué patrimonio?
Julián no le respondió.
Se dirigió a Elena.
—Su padre era dueño de varias propiedades, hoteles y empresas de distribución. Usted figura en su testamento.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cuánto dejó?
—No puedo revelarlo en la calle. La lectura será mañana a las nueve.
Carlos bajó lentamente el teléfono.
—Mañana…
Su voz ya no sonaba furiosa.
Sonaba calculadora.
—Elena, creo que todos estamos alterados. Entra con tu madre. Podemos hablar de lo ocurrido.
Ella lo miró con incredulidad.
Hacía unos minutos había arrojado su maleta a la calle.
Ahora intentaba sonreír.
—Ya hablaste suficiente.
—Somos familia.
—Me echaste descalza después de empujar a mi madre.
—Fue un malentendido.
—No.
Elena tomó la maleta y ayudó a Teresa a acercarse al vehículo.
Carlos corrió hacia ellas.
—¡Espera!
Uno de los guardaespaldas se interpuso.
—No vuelva a acercarse.
Carlos levantó las manos y retrocedió, pero sus ojos permanecieron clavados en Elena.
Julián cerró la puerta del coche.
Antes de subir, se inclinó hacia ella.
—Hay algo más que debe saber.
—¿Qué cosa?
—Su padre no murió por causas naturales.
Teresa lanzó un gemido.
—Julián, no.
El abogado sacó un sobre sellado.
—Antes de morir descubrió que alguien estaba desviando dinero de sus empresas. Creía que esa persona también había localizado a Elena.
Ella observó el sobre.
—¿Quién?
—No alcanzó a escribir el nombre completo. Solo dejó una inicial.
Julián abrió el documento.
En la parte inferior había una única letra escrita con tinta temblorosa.
Una C.
Elena volvió lentamente la cabeza hacia la casa.
Carlos ya no estaba junto a la puerta.
Había desaparecido.
En ese instante, el teléfono de Julián sonó.
Contestó y su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
Escuchó durante varios segundos.
Después miró a Elena.
—La caja fuerte donde se guardaba el testamento acaba de ser abierta.
—¿Quién entró?
Julián apretó el teléfono.
—Alguien que conocía la combinación.
Desde el segundo piso de la casa, una cortina se movió.
Y tras el cristal, Carlos sostenía un documento en una mano y un encendedor encendido en la otra.