Parte 2: EL HOMBRE AL QUE TODOS TEMÍAN… Y LA MUJER QUE ACABABA DE CAMBIAR SUS PLANES

Valeria apenas logró regresar al salón principal sin tropezar. El ruido de la música volvió a envolverla, pero ya no escuchaba los mariachis ni las conversaciones elegantes. Todo parecía distante.

Solo podía pensar en un nombre.

Adrián Salgado.

Las piernas le temblaban mientras recogía su bolso de una silla. Necesitaba salir de aquel hotel antes de que Esteban volviera a encontrarla o, peor aún, antes de cruzarse otra vez con el hombre al que acababa de besar.

Respiró hondo y caminó hacia la salida principal.

—Valeria.

Aquella voz hizo que el corazón se le detuviera.

Era Esteban.

Apareció junto a la puerta con la misma sonrisa falsa que tantas veces había confundido con cariño.

—Ya basta de hacer escenas.

Ella dio un paso atrás.

—Déjame en paz.

—Solo quiero hablar.

—Hace seis meses que no quiero hablar contigo.

Varias personas comenzaron a mirar discretamente hacia ellos.

Esteban sonrió, pero sus ojos permanecían fríos.

—No seas ridícula. Sabes que siempre vuelves conmigo.

Valeria intentó rodearlo, pero él le sujetó la muñeca.

No con suficiente fuerza para llamar la atención.

Sí con la suficiente para que ella recordara exactamente cómo empezaban todas sus agresiones.

—Suéltame.

—Hasta que conversemos.

Antes de que pudiera reaccionar, una voz grave interrumpió el momento.

—La señorita dijo que la sueltes.

Los dos voltearon al mismo tiempo.

Adrián Salgado caminaba hacia ellos con absoluta tranquilidad.

No levantó la voz.

No parecía molesto.

Y precisamente por eso, todo el ambiente cambió.

Los escoltas permanecían a varios metros, inmóviles.

No necesitaban acercarse.

Su sola presencia bastaba para que el personal del hotel fingiera no mirar.

Esteban soltó inmediatamente la mano de Valeria.

—Esto no es asunto suyo.

Adrián observó primero la muñeca enrojecida de Valeria y luego al hombre que tenía enfrente.

—Ahora sí lo es.

Durante unos segundos nadie habló.

Esteban intentó recuperar la seguridad.

—Ella es mi exnovia.

Adrián respondió sin alterar el tono.

—Precisamente.

Un silencio incómodo cayó sobre el vestíbulo.

Valeria sintió que debía intervenir antes de que aquello terminara peor.

—Señor Salgado, de verdad no hace falta…

Él levantó apenas una mano para detenerla.

—¿Le pregunté si quería seguir hablando con él?

Ella negó lentamente.

—No.

—Entonces el asunto terminó.

Esteban dio un paso al frente.

—¿Quién demonios se cree que es?

La sonrisa casi imperceptible de Adrián resultó mucho más inquietante que cualquier amenaza.

—Pregúntale a cualquiera de este salón.

Esteban miró alrededor.

Nadie intervenía.

Ni los guardias del hotel.

Ni los organizadores.

Ni siquiera los empresarios que hacía unos minutos reían cerca de la barra.

Todos evitaban mirar directamente a Adrián.

Por primera vez, Esteban comprendió que el hombre frente a él no era un desconocido cualquiera.

Retrocedió un paso.

—Esto no se queda así.

Se dio media vuelta y salió apresuradamente.

Valeria soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Gracias.

Adrián la observó unos segundos.

—No me des las gracias todavía.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

Él hizo una ligera señal con la cabeza.

Uno de sus hombres se acercó llevando la carpeta que antes le había entregado.

La abrió frente a él.

—¿Trabajas en Logística Continental?

Valeria sintió un escalofrío.

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Cinco años.

Adrián hojeó lentamente varios documentos.

—¿Conoces las cuentas del departamento financiero?

—Soy contadora.

Claro que las conozco.

Él cerró la carpeta.

—Entonces necesito hacerte una pregunta.

Valeria permaneció inmóvil.

—¿Alguna vez autorizaste transferencias a nombre de Esteban Rivas?

Ella negó inmediatamente.

—Jamás.

—¿Ni siquiera por instrucciones superiores?

Pensó unos segundos.

Entonces recordó algo.

Tres meses antes, su director financiero había pedido registrar varios pagos urgentes porque “un cliente importante no podía aparecer directamente”.

Nunca volvió a pensar en ello.

Hasta ese instante.

—Yo… procesé algunas operaciones.

Pero nunca decidía a quién se pagaba.

Solo seguía autorizaciones internas.

Adrián sostuvo su mirada.

—Eso imaginaba.

El hombre del traje gris se inclinó hacia él y habló en voz baja.

—Señor, los montos coinciden.

Adrián asintió lentamente.

Después volvió a mirar a Valeria.

—Tu ex no te buscó esta noche por casualidad.

Ella sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué quiere decir?

Él respondió con absoluta calma.

—Alguien desvió millones utilizando cuentas de mi grupo empresarial.

Y las últimas operaciones fueron firmadas desde la empresa donde trabajas.

Valeria abrió mucho los ojos.

—¿Está diciendo que creen que fui yo?

—No.

Creo que alguien utilizó tu acceso.

Aquellas palabras la dejaron sin respiración.

Recordó inmediatamente varias ocasiones en que Esteban insistía en recogerla en la oficina.

Las veces que permanecía solo mientras ella iba por café.

Las fotografías que tomaba “porque le gustaba verla trabajar”.

Incluso una noche en que le pidió prestada su computadora para imprimir un boleto de avión.

Nunca sospechó nada.

Adrián pareció leer cada uno de esos recuerdos en su expresión.

—Ya lo entendiste.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—Dios mío…

Él dio un paso más cerca.

—Escúchame con atención.

Si Esteban realmente manipuló esas cuentas, no solo te utilizó durante años.

También dejó suficientes rastros para que, cuando todo saliera a la luz, la principal responsable parecieras ser tú.

El mundo comenzó a girar demasiado despacio.

Su carrera.

Su reputación.

Toda su vida podía quedar destruida por algo que ni siquiera sabía que había ocurrido.

En ese instante sonó el teléfono de Adrián.

Escuchó apenas unas palabras.

Su expresión cambió por primera vez.

Muy ligeramente.

Colgó.

Miró directamente a Valeria.

—Tenemos un problema.

Ella apenas pudo preguntar.

—¿Qué pasó?

Adrián guardó el teléfono en el bolsillo.

—Mis hombres encontraron a Esteban.

Hizo una pausa.

Pero él ya no estaba huyendo… estaba entrando a tu departamento con un juego de llaves que jamás debió seguir teniendo.

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