La caída duró menos de tres segundos.
Para los tres atrapados dentro de la cabina, pareció una eternidad.
El niño dejó de reír.
La mujer lanzó un grito desgarrador y se aferró a la barandilla metálica mientras el suelo desaparecía bajo sus pies. El hombre se golpeó contra una pared, pero consiguió extender el brazo hacia el panel de emergencia.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un sistema de frenos secundarios se activó con un estruendo brutal.
La cabina se detuvo de golpe entre dos pisos.
El impacto lanzó a los tres contra el suelo. Las luces de emergencia se encendieron en un tono rojizo, revelando polvo suspendido en el aire y pequeñas chispas que caían desde el techo.
Durante varios segundos nadie habló.
Solo se escuchaba la respiración agitada de la mujer y el llanto del pequeño.
El hombre se incorporó con dificultad. Tenía una herida abierta sobre la ceja y sangre bajándole por el rostro.
—¿Están lastimados?
La mujer levantó la cabeza.
—¡Esto es culpa tuya!
Él la miró sin comprender.
—¿Culpa mía?
—Desde que entraste no has dejado de asustar a mi hijo.
—Su hijo activó todos los controles al mismo tiempo.
—¡Es un niño!
El hombre apretó los dientes.
—Y usted acaba de impedirme dos veces que activara el freno manual.
La mujer intentó levantarse, pero un dolor agudo en el tobillo la obligó a sentarse nuevamente.
El pequeño se arrastró hasta ella.
—Mamá, quiero salir.
La rabia desapareció de su rostro por un instante.
—Vamos a salir, amor. No pasa nada.
Un gemido metálico retumbó sobre sus cabezas.
La cabina descendió unos centímetros.
El niño comenzó a llorar con más fuerza.
El hombre observó las rendijas de las puertas y después miró el techo.
—No se muevan.
—No vuelvas a darme órdenes.
—Cada movimiento altera el peso. El freno secundario no está diseñado para sostenernos mucho tiempo.
La mujer miró las paredes como si esperara que alguien apareciera para rescatarla.
—Presiona el botón de alarma.
—El panel está muerto.
—Entonces usa tu teléfono.
El hombre sacó el móvil. La pantalla estaba agrietada y no mostraba señal.
—Estamos entre el piso dieciocho y el diecinueve. Las paredes bloquean la cobertura.
La mujer buscó su propio teléfono dentro del bolso. Al encontrarlo, trató de encenderlo, pero el aparato había quedado destrozado por el impacto.
—No puede ser.
El hombre se acercó al pequeño panel situado debajo de los botones. Introdujo los dedos en una ranura y arrancó la cubierta con un movimiento firme.
Detrás aparecieron varios cables de colores.
La mujer lo observó con desconfianza.
—¿Qué estás haciendo?
—Intentando abrir una línea directa con el cuarto de máquinas.
—¿Cómo sabes hacer eso?
Él no respondió.
Separó dos cables, limpió el cobre con la uña y los conectó.
Un altavoz oculto emitió un chasquido.
—Control central, ¿me escuchan?
Solo hubo estática.
—Control central, cabina cuatro. Estamos detenidos entre los pisos dieciocho y diecinueve. El freno secundario está sosteniendo la carga, pero el sistema principal perdió presión.
La mujer abrió los ojos.
—¿Trabajas aquí?
El hombre volvió a intentarlo.
—Necesitamos evacuación inmediata. Hay una mujer herida y un menor.
Una voz distorsionada surgió del altavoz.
—Cabina cuatro, mantengan la calma. El equipo técnico está en camino.
El hombre cerró los ojos con alivio.
Pero la voz continuó:
—No intenten abrir las puertas. Detectamos una anomalía en el contrapeso.
Él frunció el ceño.
—¿Qué clase de anomalía?
Hubo un silencio demasiado largo.
—El contrapeso no responde.
El color desapareció de su rostro.
—Repita eso.
—El sistema indica que el contrapeso está descendiendo por el conducto contrario.
El hombre miró hacia arriba.
Si el contrapeso caía, impactaría contra la cabina con suficiente fuerza para destruirla.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
La voz vaciló.
—Tal vez cuatro minutos.
La comunicación se cortó.
La mujer comenzó a temblar.
—¿Qué significa eso?
Él volvió a colocar la cubierta del panel.
—Tenemos que salir por el techo.
—Acaban de decir que no nos movamos.
—Eso fue antes de saber que el contrapeso viene hacia nosotros.
El niño se aferró al vestido de su madre.
—Tengo miedo.
Ella lo abrazó con fuerza.
—No voy a dejar que te pase nada.
El hombre se colocó debajo de la compuerta superior. Saltó varias veces hasta conseguir golpearla con la palma, pero no cedió.
—Está bloqueada desde afuera.
—Entonces estamos atrapados.
—No.
Se arrodilló y examinó una de las paredes laterales.
—En los ascensores antiguos existía una salida de mantenimiento detrás del espejo. Este modelo se construyó sobre esa estructura.
La mujer lo miró fijamente.
—Dijiste que no trabajabas aquí.
Él comenzó a retirar los tornillos de la barandilla.
—Nunca dije eso.
—¿Quién eres?
El hombre usó la barra metálica como palanca contra el espejo.
—Me llamo Esteban Rivas.
La expresión de la mujer cambió.
—¿Rivas?
Él golpeó el cristal.
—Sí.

—¿El ingeniero que diseñó este edificio?
Esteban volvió a golpear.
Una grieta atravesó el espejo de lado a lado.
—Fui el ingeniero responsable de los sistemas de elevación.
La mujer se quedó inmóvil.
—Pero tú desapareciste después del accidente.
Esteban la miró por primera vez con auténtica atención.
—¿Qué accidente?
Ella tragó saliva.
—El del ascensor de servicio. Murieron seis personas hace cinco años.
El hombre dejó caer la barra.
—Ese accidente nunca fue culpa del ascensor.
Un nuevo golpe sacudió la cabina.
Esta vez descendieron casi medio metro.
El niño gritó.
Esteban arrancó el espejo agrietado. Detrás había una puerta estrecha de metal.
—Ayúdeme a abrirla.
La mujer trató de levantarse, soportando el dolor del tobillo. Entre ambos empujaron la pequeña puerta hasta que cedió.
Al otro lado había un espacio oscuro de mantenimiento y una escalera vertical cubierta de polvo.
—Suba primero con el niño —ordenó Esteban.
—No puedo apoyar el pie.
—Entonces subiré yo y tiraré de él.
El pequeño negó con la cabeza.
—No quiero separarme de mamá.
Esteban se inclinó hasta quedar a su altura.
—Escúchame. Esa escalera es como la de los bomberos. Tú vas a subir primero y yo estaré justo detrás.
—¿Y mamá?
—Ella subirá después.
La mujer sostuvo la mirada del hombre.
—No lo dejes caer.
—No lo haré.
Esteban colocó al niño sobre la escalera y lo ayudó a subir peldaño por peldaño.
Apenas habían avanzado unos metros cuando un ruido profundo comenzó a crecer desde lo alto del conducto.
No era un chirrido.
Era algo pesado descendiendo a gran velocidad.
El contrapeso se acercaba.
—¡Más rápido! —gritó Esteban.
El niño comenzó a subir llorando.
Abajo, la mujer intentó meterse en el túnel, pero su pierna lesionada no respondió. Cayó de rodillas dentro de la cabina.
—¡No puedo!
Esteban miró hacia ella.
Después miró al niño, que seguía trepando hacia la oscuridad.
Tenía que elegir.
Si bajaba a ayudarla, podía perder los últimos segundos necesarios para salvar al pequeño.
Si continuaba subiendo, la mujer moriría sola.
—¡Llévate a mi hijo! —gritó ella—. ¡No regreses!
Esteban apretó la mandíbula.
El rugido del contrapeso se volvió ensordecedor.
Entonces, desde la cabina, se escuchó un nuevo sonido.
La puerta principal se abrió unos centímetros.
Una mano apareció desde el piso dieciocho.
—¡Hay alguien ahí abajo! —gritó una voz masculina.
La mujer comenzó a arrastrarse hacia la abertura.
—¡Ayúdeme!
Esteban descendió un peldaño para verla mejor.
El desconocido logró abrir la puerta un poco más.
Pero en lugar de extenderle la mano, sacó un objeto negro del bolsillo.
Era un control remoto.
Esteban reconoció el dispositivo.
Había diseñado uno idéntico cinco años atrás para desactivar manualmente los frenos de emergencia.
El hombre del exterior sonrió.
—Señor Rivas —dijo—. Llevamos mucho tiempo esperando que regresara a este ascensor.
Luego presionó el botón rojo.