A las dos de la madrugada, Mariana entró directamente a quirófano.
La herida de la cesárea se había infectado.
El médico me miró con seriedad.
—Si hubiera esperado unas horas más, la infección habría sido mucho más grave.
Apreté los puños.
Mientras mi esposa luchaba por recuperarse, mi madre brindaba frente al mar con el dinero que yo envié para cuidarla.
No llamé a nadie.
Me senté junto al moisés de Mateo.
Esperé.
A las siete de la mañana, cuando Mariana ya estaba estable, abrí la aplicación bancaria.
Revisé cada movimiento de los últimos quince días.
Transferencias al hotel.
Boletos de avión.
Restaurantes.
Spa.
Excursiones en catamarán.
Compras en boutiques.
Todo pagado con las tarjetas adicionales que yo mismo había entregado a mi madre “por cualquier emergencia”.
La suma final me dejó inmóvil.
Doscientos ochenta mil pesos.
Exactamente el dinero que envié para los cuidados de Mariana y mi hijo.
Respiré hondo.
No marqué el número de mi madre.
Primero bloqueé todas las tarjetas.
Después cancelé los accesos a las cuentas.
Finalmente llamé al gerente del banco.
—Quiero retirar todas las autorizaciones otorgadas a terceros.
—Se hará de inmediato, señor.
Cinco minutos después comenzó el teléfono a vibrar.
“Mamá”.
Rechacé la llamada.
Luego otra.
Y otra más.
La décima llegó acompañada de un mensaje.
—¿Por qué dejaron de funcionar las tarjetas?
No respondí.
Media hora después llamó Lorena.
—Diego, estamos en recepción. Dicen que la cuenta aparece cancelada.

Guardé silencio.
—¿Me escuchas?
—Sí.
—Entonces arregla esto.
Miré a través del cristal de la habitación donde Mariana dormía abrazando a nuestro hijo.
—No.
Del otro lado hubo varios segundos de silencio.
—¿Cómo que no?
—Mi esposa está hospitalizada porque ustedes la dejaron sola once días después de una cesárea.
Lorena comenzó a tartamudear.
—Mamá dijo que estaba perfectamente…
—También dijo que con doscientos ochenta mil pesos podía cuidar de ella.
Colgué.
Diez minutos después recibí una videollamada.
Contesté.
Mi madre aparecía en el vestíbulo del resort.
Detrás de ella había maletas abiertas.
Un recepcionista esperaba con expresión incómoda.
—Diego, hay un malentendido.
—No.
Respondí con tranquilidad.
—Lo que hay son facturas.
Le mostré una fotografía del refrigerador vacío.
Luego otra de la sopa instantánea.
Después la nota que había dejado pegada con un imán.
Por último, la imagen de Mariana conectada al suero.
Mi madre dejó de hablar.
En ese momento el recepcionista se acercó a ella.
—Señora, si el saldo pendiente no se liquida en los próximos minutos, tendremos que proceder conforme al reglamento del hotel.
Mi madre me miró desesperada.
—Hijo, ayúdanos.
Negué lentamente.
—Usen el dinero con el que pensaban alimentar a mi esposa.
La llamada terminó.
Creí que todo había acabado.
Pero mientras guardaba el teléfono, el director administrativo del hospital entró en la habitación con una carpeta en la mano.
—Señor Diego…
Le entregó unos documentos.
—Su esposa figura como beneficiaria de un seguro contratado hace tres semanas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene de raro?
El director abrió la última página.
—Que la póliza fue contratada por otra persona.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
El director levantó lentamente la vista.
—Su madre.
Y la cobertura incluía una cláusula de indemnización extraordinaria… que solo se activaba si Mariana fallecía durante el primer mes después del parto.