Parte 2: EL SÓTANO PROHIBIDO

Los golpes contra la puerta comenzaron a hacerse cada vez más fuertes.

—¡Mamá, abre inmediatamente! —gritó Mauricio.

Doña Teresa abrazó con más fuerza a Valeria.

La niña temblaba.

Tenía los labios resecos y el cuerpo ardiendo.

Del otro lado de la línea, la operadora del 911 hablaba con calma.

—Las unidades ya van en camino.

—No abra la puerta bajo ninguna circunstancia.

—¿Hay otra salida?

Doña Teresa miró la pequeña ventana del cuarto de lavado.

Demasiado alta.

Demasiado estrecha.

—No.

Entonces escuchó la voz de Karla.

Ya no lloraba.

Ya no fingía desesperación.

—Valeria…

—Mi amor…

—Vuelve con mamá.

La niña escondió el rostro en el cuello de su abuela.

—No…

—Ella me ponía las inyecciones.

Doña Teresa sintió que el corazón dejaba de latir.

—¿Qué inyecciones?

Valeria apenas podía hablar.

—Las que me hacían dormir…

—Papá decía que era un juego.

En ese momento la puerta recibió otro golpe.

La madera comenzó a agrietarse.

Las sirenas ya se escuchaban muy cerca.

Mauricio dejó de golpear.

Hubo un silencio absoluto.

Después se oyó el ruido de pasos alejándose.

Doña Teresa no se movió.

Algo le decía que aquello era peor.

Cinco segundos después sonó el cristal de una ventana rompiéndose en otra parte de la casa.

—¡Están escapando! —gritó la operadora al escuchar el ruido.

Las patrullas entraron derrapando frente a la vivienda.

Los policías derribaron la puerta principal.

Encontraron la sala completamente vacía.

El pequeño ataúd seguía abierto.

Las flores estaban tiradas por el suelo.

Pero Mauricio y Karla ya no estaban.

Un agente encontró rápidamente a Doña Teresa.

La ambulancia atendió a Valeria de inmediato.

Mientras los médicos revisaban a la niña, otro grupo comenzó a inspeccionar el ataúd.

Uno de los peritos retiró cuidadosamente el forro de satín.

Todos quedaron inmóviles.

Debajo había un compartimento oculto.

Dentro aparecieron los dos candados abiertos.

La llave envuelta en cinta.

Varias jeringas vacías.

Y un pequeño cuaderno infantil.

El detective lo abrió con cuidado.

Era el diario de Valeria.

Las primeras páginas tenían dibujos de flores, gatos y corazones.

Pero las últimas cambiaban por completo.

Con letra temblorosa podía leerse:

“Hoy papá dijo que debo seguir dormida.”

“Si despierto antes de tiempo, todos se enojarán.”

“Extraño mucho a la abuelita.”

El detective cerró lentamente el cuaderno.

—Esto fue preparado durante semanas.

Otro agente apareció desde el segundo piso.

—Detective.

—Tiene que ver esto.

Subieron inmediatamente.

En la habitación principal encontraron una computadora portátil todavía encendida.

La pantalla mostraba correos electrónicos.

Todos enviados por Mauricio.

Uno de ellos decía:

“El certificado ya está listo.”

Otro:

“El médico aceptó firmar.”

Y un tercero hizo que toda la habitación quedara en silencio.

“Cuando la niña sea declarada oficialmente fallecida, el seguro liberará el pago completo en menos de diez días.”

Doña Teresa sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Seguro?

El detective asintió lentamente.

—Su hijo aseguró la vida de Valeria hace ocho meses por una cantidad extraordinariamente alta.

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces sonó el radio de uno de los policías.

—Tenemos noticias.

Todos levantaron la vista.

—Encontramos la camioneta de Mauricio abandonada a veinte kilómetros.

El detective respiró aliviado.

—¿Y ellos?

El agente negó lentamente.

—No estaban solos.

Frunció el ceño antes de continuar.

—Dentro del vehículo encontramos medicamentos, documentos falsos…

Hizo una pausa.

—Y fotografías de otros cuatro niños.

El silencio fue absoluto.

Doña Teresa sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Quiénes son?

El policía tragó saliva.

—Eso es lo peor…

Le mostró una de las imágenes al detective.

—Los cuatro niños…

—también aparecen oficialmente muertos.

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