Parte 2: EL TRASLADO QUE ÉL NUNCA VIO VENIR

Durante los tres días siguientes no volví a subir al piso veintisiete.

Entregaba todos los documentos por correo interno.

Respondía únicamente lo necesario.

Y evitaba cualquier motivo para cruzarme con Alejandro Shen.

No era por orgullo.

Era porque, después de escuchar lo que realmente pensaba de mí, comprendí que cualquier intento de acercarme solo conseguiría que él sintiera más fastidio.

La solicitud de traslado fue aprobada al cuarto día.

Salida oficial:

Lunes siguiente.

Sede de Hangzhou.

Miré el documento durante varios segundos.

No sentí tristeza.

Solo una extraña sensación de alivio.

Como si por fin hubiera dejado de correr detrás de alguien que jamás caminó hacia mí.


Lucía apareció en mi escritorio esa misma tarde.

—¿Es verdad?

Asentí.

—Sí.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Sonreí levemente.

—Lo decidí hace pocos días.

Ella me tomó de la mano.

—¿Tiene algo que ver con mi primo?

Durante un instante pensé en contarle la verdad.

Pensé en decirle que, por alguna razón imposible de explicar, podía escuchar los pensamientos de Alejandro.

Pensé en repetir palabra por palabra todo lo que había oído.

Pero ¿quién iba a creerme?

Negué con la cabeza.

—No.

Solo quiero empezar de nuevo.

Lucía me observó durante unos segundos.

Después suspiró.

—Él preguntó por ti ayer.

Sentí un pequeño pinchazo en el pecho.

Solo uno.

Nada parecido al dolor de antes.

—¿Ah, sí?

—Le sorprendió que ya no llevaras los documentos personalmente.

Sonreí.

—Ahora tiene menos molestias.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

Cambió de tema rápidamente.

Pero yo ya no tenía fuerzas para fingir.


Mientras tanto…

En el despacho del director.

Alejandro dejó por tercera vez el mismo documento sobre la mesa.

Su asistente, Chen Hao, lo observó con curiosidad.

—Director Shen.

—¿Sí?

—Lleva cinco minutos mirando la misma página.

Alejandro cerró lentamente la carpeta.

—¿La señorita Su envió el informe?

—Sí.

—¿Está correcto?

—Sin un solo error.

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces volvió aquella voz que solo yo podía escuchar desde la distancia.

“No tuvo necesidad de venir.”

Después otra.

“Así es mejor.”

Pero inmediatamente apareció un pensamiento completamente distinto.

“Entonces… ¿por qué la oficina parece tan silenciosa?”

Él mismo frunció ligeramente el ceño.

Como si tampoco entendiera aquella pregunta.


El viernes por la tarde terminé de vaciar mi escritorio.

Solo quedaban una planta pequeña y una taza de cerámica azul.

Mónica se acercó.

—¿De verdad te vas?

—Sí.

—Pensé que cambiarías de opinión.

Guardé la última carpeta en una caja.

—Yo también lo pensé durante mucho tiempo.

Ella sonrió con cierta incomodidad.

—Bueno… mucha suerte.

Escuché claramente su pensamiento.

“Ahora sí terminó.”

“Nunca volverá a perseguir al director Shen.”

No respondí.

Ya no me importaba.


A las cinco y cincuenta sonó el teléfono interno.

—Administración.

Habla Dulce Su.

La voz del asistente Chen llegó inmediatamente.

—El director Shen necesita el contrato del proyecto Aurora.

Abrí el sistema.

—Ya fue enviado a su correo hace una hora.

Hubo una pausa.

—¿Puede subir un momento?

Miré la caja con todas mis pertenencias.

—No.

—¿Perdón?

—Ya terminé mi proceso de entrega.

Si necesita algo más, puede hablar con la señorita Mónica.

Colgué.

Por primera vez en dos años no inventé ninguna excusa para verlo.


A las seis y veinte salí del edificio.

No miré hacia arriba.

No busqué la ventana de su despacho.

Solo seguí caminando.

Pero en el piso veintisiete…

Alejandro dejó el teléfono sobre el escritorio.

—¿Director?

preguntó Chen.

Él permaneció mirando la puerta.

“¿Por qué rechazó subir?”

“Antes siempre encontraba cualquier motivo.”

Tomó un documento.

Intentó leer.

No pudo.

Finalmente preguntó en voz alta.

—¿La señorita Su ya se fue?

Chen respondió sin levantar la vista.

—Sí.

Y probablemente no vuelva.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El asistente lo miró sorprendido.

—¿No lo sabía?

La señorita Su aceptó un traslado.

Sale el lunes hacia Hangzhou.

Durante varios segundos el despacho quedó completamente en silencio.

“¿Traslado?”

“¿Por qué?”

“¿Cuándo lo decidió?”

Por primera vez desde que empecé a escuchar sus pensamientos…

No apareció ni una sola frase sobre lo molesta que era.

Solo preguntas.

Una detrás de otra.


El lunes llegué a la estación de tren con una maleta, una mochila y una caja de cartón.

No llevaba demasiadas cosas.

Solo lo necesario para empezar otra vez.

Cuando el tren anunció el embarque, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Lucía.

“Mi primo vino hoy a buscarte.”

No respondí.

Treinta segundos después llegó otro.

“Cuando supo que ya habías salido de la ciudad, se quedó mucho tiempo mirando tu escritorio vacío.”

Sonreí con tristeza.

Subí al tren.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Entonces entró un último mensaje.

Esta vez era un número desconocido.

Solo decía una frase.

“Director Shen: Necesito confirmar personalmente una información. ¿Puede responder esta llamada?”

Observé la pantalla durante varios segundos.

Después apagué el teléfono.

El tren comenzó a moverse lentamente.

Mientras la ciudad desaparecía detrás de la ventana, no sabía que, en ese mismo instante, Alejandro acababa de descubrir por boca de Lucía el verdadero motivo de mi marcha… y la primera emoción que cruzó por su mente no fue alivio, sino un arrepentimiento tan intenso que ni él mismo logró comprender de dónde había nacido.

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