Nadie habló durante varios segundos.
Adrián permaneció inmóvil, incapaz de apartar la vista de Rosa.
Su abogado fue el primero en romper el silencio.
—Señor Santillán… ¿continuamos con la firma?
Él ni siquiera respondió.
Se levantó lentamente.
—¿Cuántos meses… tiene?
Su voz había perdido la firmeza que intimidaba a directores, inversionistas y competidores.
—Cuatro —contesté.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Uno de los consejeros dejó escapar un suspiro.
Adrián dio otro paso.
—¿Es…?
—Sí.
No hizo falta decir nada más.
Las fechas.
Mi embarazo.
Nuestro matrimonio.
Todo encajaba.
Se pasó una mano por el rostro.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Respiré hondo.
—Porque cuando intenté hacerlo, ya habías decidido que tu empresa era más importante que cualquier conversación conmigo.
Nadie se atrevía a intervenir.
El abogado cerró discretamente la carpeta del divorcio.
Adrián seguía mirando a Rosa.
Ella bostezó, abrió los ojos por completo y estiró una pequeña mano hacia el aire.
Un gesto completamente inocente.
Pero suficiente para romper la última barrera que él mantenía.
—Dios mío…
Su voz se quebró.
—Tengo una hija.
Quiso acercarse.
Retrocedí un paso.
—No.
Él levantó las manos inmediatamente.
—Solo quiero verla.
—Durante nueve meses tampoco quisiste verme a mí.
Aquellas palabras pesaron mucho más que cualquier grito.
Los miembros del consejo comenzaron a intercambiar miradas incómodas.
Nunca habían visto al presidente de Grupo Santillán en aquella posición.
Siempre controlaba cada negociación.
Cada reunión.
Cada contrato.
Aquella era la primera vez que no tenía ninguna ventaja.
Su abogado carraspeó.
—Señora… este no es el lugar apropiado…

Lo interrumpí.
—Precisamente por eso estoy aquí.
Saqué una carpeta del bolso.
No contenía fotografías.
Ni mensajes.
Ni acusaciones.
Solo facturas.
Estados de cuenta.
Recibos del hospital.
Consultas médicas.
Medicamentos.
No había un solo peso pagado por Adrián.
Los documentos quedaron sobre la mesa de nogal.
—Cuatro meses.
—Ciento veintidós noches sin dormir.
—Una cesárea.
—Y ni una sola llamada preguntando si su hija seguía viva.
Adrián cerró los ojos.
—Yo no sabía…
—Exactamente.
No lo sabía.
Porque nunca tuviste tiempo para escuchar.
En ese instante, la puerta volvió a abrirse.
Entró el secretario particular de Adrián.
—Señor presidente, los inversionistas de Singapur ya…
Se quedó completamente inmóvil al ver la escena.
Miró a la bebé.
Luego a Adrián.
Y comprendió que aquella reunión ya no trataba del divorcio.
Adrián respiró profundamente.
Después hizo algo que nadie esperaba.
Tomó el convenio de divorcio.
Lo rompió lentamente delante de todo el consejo.
—Se cancela esta reunión.
Su abogado abrió mucho los ojos.
—Pero señor…
—He dicho que se cancela.
Miró nuevamente a Rosa.
Con los ojos llenos de una mezcla de culpa y desconcierto.
—Porque antes de decidir si pierdo un matrimonio…
…tengo que descubrir quién me impidió saber que tenía una hija.